Ha pasado un cuarto de siglo desde que un hecho trascendental cambió el rumbo del mundo. Es bueno no olvidar las lecciones de la historia como aquella, llamada la perestroika.
Cuando Mijaíl Gorbachov asumió el poder en la Unión Soviética estaba convencido de que la inmensa y poderosa nación que le tocaba gobernar necesitaba cambios radicales y urgentes para continuar siendo una gran potencia y que sus ciudadanos pudieran tener un futuro mejor, efectivas oportunidades de superación y plenas libertades.
La URSS había logrado en setenta años de comunismo una mejor distribución de los ingresos que con el zarismo, pero la falta de libertad, de propiedad privada y de libre mercado impedían generar una economía eficiente y próspera. Aquella nación inmensamente rica tenía cada vez menos ingresos que distribuir a los trabajadores. La URSS se había estancado.
En 1921, cuatro años después de la Revolución Bolchevique, Lenin comprendió que no era posible construir un “paraíso comunista” como lo teorizó Marx y decidió impulsar la Nueva Política Económica (NEP, por sus siglas en ruso). Comenzó entonces la modernización de la economía con mentalidad más abierta. La NEP, entre otros cambios, permitió trabajar a buena parte de la industria privada, respetó el derecho de propiedad de los campesinos y propició algunas inversiones extranjeras. Pero luego vino Stalin aboliendo la NEP e implementando un comunismo radical con una feroz tiranía. Posteriormente Krushchov y Brézhnev suavizaron en parte el rigor estalinista, pero no lograron evitar que la URSS cayera en el estancamiento.
Gorbachov en 1987 inició la perestroika —una reforma económica— que iría acompañada de la glasnot —liberalización, apertura, transparencia—. Se propuso transformar la URSS en un Estado socialdemócrata combinando el libre mercado y la propiedad privada con una menor intervención estatal, impulsando una democracia liberal: separación de poderes, partidos políticos, elecciones pluripartidistas, libertades públicas pasando del Estado ateo al laico. Para ser exitoso, el plan de Gorbachov suponía un proceso gradual, por etapas; pero fue boicoteado por la poderosa burocracia privilegiada que formaba la nomenclatura y la vieja guardia comunista que trataba de derrocarlo. En el otro extremo se desataron fuerzas incontroladas que precipitaron cambios demasiado rápidos. Así las cosas era imposible evitar el caos económico cuando ya no funcionaba el viejo sistema medio desmantelado, pero no maduraba todavía el sistema nuevo que hiciera funcionar debidamente a un país tan grande —el mayor del mundo—.
El líder de la perestroika asumió sobre sus hombros todo el peso de su causa. Se responsabilizó de los indeseables efectos transitorios que no sucedieron por su culpa, pero logró abrir un nuevo camino a las quince repúblicas de la ex URSS y a las naciones de Europa del este. ¡Una gesta monumental!
Gorbachov fue el artífice de la perestroika y de la emblemática caída del muro de Berlín. Contemporáneo de Reagan y de Juan Pablo II logró con el presidente de EE. UU. convenios importantes para evitar la confrontación nuclear entre las dos potencias; mientras Juan Pablo II, aunque no influyó en Rusia —territorio de la Iglesia ortodoxa— sí influyó en los cambios políticos de la católica Polonia.
El autor es abogado, periodista y escritor.
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