Moisés Absalón Pastora
Si seguimos insistiendo en ver el pasado como condicionante del futuro estamos muertos. Si nada de lo ocurrido antes ha sido bueno cómo entonces pretender que el mañana sea diferente si hoy seguimos cometiendo los mismos errores.
Hoy debatimos si los gigantescos megaproyectos que el Gobierno anuncia son un sueño o una realidad, un caramelo o una estafa. En el pasado estas ofertas ni siquiera merecieron una mención porque nuestras guerras, dependencia geopolítica, economía de cuarto mundo, polarización política e ideológica y otros factores consumían la agenda de los nicaragüenses al extremo que cualquier otra cosa no tenía ninguna importancia.
Ese enfermizo espíritu de contienda antes de atizarse debería ponernos a meditar con detenimiento y mucho cuidado, porque en la imperfección política, social y económica que vivimos, —de seguir así— dejaremos ir en el contexto de la realidad presente muchas oportunidades que si no son hoy no serán nunca.
Es comprensible que la caricatura de “oposición” que tenemos esté alarmada, porque si Daniel Ortega la hace sacando de su sueño la refinería, poniendo en órbita el satélite, generando la primera descarga eléctrica de Tumarín y poniendo sobre aguas el primer barco sobre el Canal Interoceánico, se habrá consagrado ante la historia como el mejor de nuestros gobernantes, pese a sus pecados.
Para nuestra “oposición” y otros archipiélagos que la gravitan esto sería mortal pero estando divididos, sin capacidad para proponer, en constantes pleitos y en el suelo de las preferencias electorales según todas las encuestas, me pregunto: ¿Vale la pena por la incapacidad de nuestros “demócratas” condenar a los nicaragüenses a no intentar cambiar nuestra historia?
Hay índices económicos que aseguran que vamos mejorando, pero aun así seguimos anclados en el penúltimo lugar de las naciones más empobrecidas de América. Eso significa que no podemos seguir llenando el buche de nuestras metas exportables de grano en grano y que para combatir la miseria tenemos que dar pasos de gigantes, así sea que el gigante sea Daniel Ortega.
En el tema específico del gran Canal hay tres formas posibles de hacerlo:
1. Aportando los 40 mil millones de dólares de nuestros propios recursos: ¿los tenemos?
2. Prestando al Banco Mundial esa cantidad: ¿los prestarían?
3. Buscando un chino que gestione la plata para hacerlo posible sin invertir nosotros nada.
De estas tres solo una es posible y aunque nos represente comprometer por una centuria parte de nuestra soberanía es algo que debemos ver como un proyecto de nación si queremos a nuestra Nicaragua en la escala del primer mundo.
El tema de la soberanía a estas alturas es relativo porque no la tenemos sobre el desempleo, el analfabetismo, las enfermedades, la educación, la cultura, la vivienda y la pobreza, pero en la medida que tengamos esos megaproyectos y vayamos saliendo de estos nudos de miseria iremos construyendo la verdadera república, no la de derecha o de izquierda, no la sandinista o liberal, sino la Nicaragua que todos queremos, la que no es de nadie y es de todos.
Antes no quisimos darnos la oportunidad de romper esas cadenas de odio que por generaciones arrastramos y no lo hacemos aun por orgullos y caprichos que están negando a nuestros relevos sentirse orgullosamente nicaragüenses. “Reflexionemos” que ayer perdimos mucho y mañana podemos ganar todo. El autor es periodista.