Orlando López-Selva

Egipto: ¿Se renueva la democracia?

Los egipcios se lanzaron a las calles y plazas a protestar por las cuasi fundamentalistas medidas del presidente Mohamed Morsi y por su indisposición para ceder a las demandas de la oposición.

En menos de tres años derrocaron a dos mandatarios. Primero a Hosni Mubarak, y ahora al régimen del presidente electo Mohamed Morsi. Es cierto, en todo esto, el ejército jugó un papel decisivo.

Cabe preguntarse: ¿Continúa floreciendo la primavera árabe? ¿Es la democracia como la dinámica de las placas tectónicas en geología: que siempre se están acomodando? ¿El derrocamiento de Morsi demuestra que los radicales ya no son atractivos en política?

Morsi, a todas luces, quería instaurar un régimen fundamentalista, antioccidental y autoritario, enfocado más en el poder que en resolver problemas sociales y económicos.

Aunque se discute si lo sucedido era o no golpe de Estado, lo que nos importa son sus repercusiones. Hay muchos aprendizajes, aunque sucedan en países distantes. Y es notorio que la democracia parece estar fluyendo en vasos comunicantes.

Además, Egipto tiene una gigante importancia geopolítica. Es el país mejor ubicado geográficamente del África (¡otros dirán que Marruecos o Sudáfrica!); pues conecta con el Asia, el Medio Oriente, tiene costas frente al Mediterráneo, y con su canal de Suez es un paso vital de tránsito para el comercio entre Europa, el África Norte y Occidental y los países del Índico y Oceanía; es el aliado más importante de los Estados Unidos en África y el mayor receptor de ayuda de Washington; y a la vez un actor fundamental para la diplomacia global, por ser el Estado-equilibrador para resolver el conflicto árabe-palestino en el Medio Oriente o para atemperar el fundamentalismo islámico; es un país pobladísimo con más de 90 millones de habitantes, donde conviven musulmanes y cristianos coptos; y es la cuna de una civilización, que para los árabes del resto del mundo, es como Oxford para los angloparlantes, por el valor de su cultura y lengua, dispersas en tres continentes.

Claro, lo vital será saber qué pasará luego del arresto domiciliar de Morsi, o cuánto podrá hacer el presidente de la Corte Constitucional, bajo el receloso ojo de los militares.

Paralelamente, este evento tiene otros significados y expectativas para la democracia y sus retos.

Primero, el África y los países árabes estaban a la zaga de los avances democráticos que se confirman o transitan en Europa y las Américas. Y con la primavera árabe, los ojos esperanzados del mundo menos desarrollado, se centraron en el Mediterráneo africano y Medio Oriente.

Segundo, los alzamientos en Egipto que condujeron, anteriormente, al arresto de Hosni Mubarak y a su enjuiciamiento en los tribunales de El Cairo, son trascendentales para la justicia en la política moderna.

Paralelo a ello, caía un aliado de los Estados Unidos. Y, nadie dudaba: la Hermandad Musulmana no prometía la misma intimidad y confianza con Washington, mucho menos con Jerusalén.

Pero hay algo más.

Si la democracia había estado mostrando signos de incumplimiento —o agotamiento, para verlo desde una perspectiva patológica— por aquello de que solo parecía limitarse a las urnas, dos nuevos mecanismos se han incorporado recientemente para su fortalecimiento: 1) el ya probado rol de las redes sociales, que sin duda amplían las posibilidades de participación masiva más allá de las limitaciones de desplazamiento y aislamiento ciudadanos, y; 2) el ejemplo de la plaza Tahrir en El Cairo, que contundentemente ha dado más fuerzas a los que se lanzan a protestar a las plazas y calles.

Es cierto, esto justificará que muchos asuman que para cambiar las cosas, va a ser más importante protestar que ir a las urnas.

Pero también confirma que la democracia no es tan débil, a pesar de sus cuestionadas herramientas.

Obvio, un contraargumento a todo esto sería: si los militares no hubieran intervenido, el factor-plaza no tendría mucha validez.

Es verdad. Pero los hechos que a diario se suceden en Aleppo, El Cairo o Damasco demuestran que la democracia es un proceso vivo. Es un método que se renueva, adapta y aumenta las posibilidades para que los pueblos convivan y progresen en justicia y paz.

Finalmente, una mirada rápida a los eventos que derrocaron al régimen Morsi, revelan que: 1) la democracia es como los jardines de invierno, que aunque hayan sufrido por tanta nieve, vuelven a florecer; 2) que la democracia es capaz de estremecer aun a los regímenes que luzcan muy seguros, y; 3) que los radicales hoy-día, parecen tener menos probabilidades de sobrevivir.

Opinión democracia Egipto archivo
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