Editorial: Cuchillos contra la propia carne
La agresión que sufrieron los periodistas de LA PRENSA, Martha Vázquez y Manuel Esquivel, el viernes 24 de mayo en las instalaciones del poder judicial, tuvo repercusión internacional. El hecho fue denunciado en el trigésimo octavo (38vo.) congreso de la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), que precisamente en esos días se realizaba en Turquía y en el cual participó una delegación del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh), la que también denunció la arbitraria detención y expulsión del país del fotógrafo chileno de la agencia AFP, Héctor Retamal.
Es que además de injustificada —como lo es cualquier impedimento al ejercicio de la libertad de prensa y ataque a personas que cumplen su misión de informar— la agresión contra nuestros periodistas fue grotesca, como se pudo apreciar en las fotografías que se tomaron durante el incidente y recorrieron el mundo por medio de la web. Además, es insólito que el instigador de la violación al derecho de informar y de la agresión física contra los periodistas sea otro periodista, el cual se desempeña como vocero del poder judicial y, por lo tanto, es el encargado de las relaciones de este poder del Estado con los medios de comunicación y los periodistas.
Por la misma naturaleza de su función, el vocero institucional debe de facilitar el acceso de los periodistas a la información generada en la entidad que representa, y resolver con inteligencia y amabilidad las contradicciones que de manera inevitable surgen entre las agendas de los medios y de los periodistas y los intereses de la institución pública. En cualquier manual para la formación de los portavoces institucionales se enseña que el vocero debe ser asertivo y empático, amable y confiable, y que debe de cuidarse de no proyectar una imagen de superioridad y arrogancia, mucho menos ser agresivo contra los periodistas y el público, de los cuales es servidor.
Pero en Nicaragua, al menos en algunas instituciones estatales como el poder judicial (y el poder electoral, ¡cómo no!) al parecer se escoge a los voceros institucionales más bien porque tienen defectos opuestos a las cualidades y virtudes antes mencionadas, es decir, porque son antipáticos y negativos, groseros y agresivos.
El sábado 25 de mayo corriente, cuando consignamos nuestra enérgica protesta por la agresión que sufrieron nuestros periodistas en el complejo judicial, de parte de empleados de esa institución, recordamos el dicho popular de que “no hay peor cuña que la del mismo palo”. Al respecto debemos decir también que, según se dice popularmente, siempre hay quienes actúan como cuchillos contra su propio cuerpo, personas que cuando alcanzan un puesto público de cierta importancia, se llenan de soberbia y se comportan con sus compañeros y colegas de manera prepotente; como es el caso del vocero institucional que en vez de ser amable con los periodistas y asegurarles las mejores condiciones para que cumplan su trabajo, los agrede u ordena que sean ultrajados.
De personas que son cuchillos de su propia carne se conocen incluso casos extremos. Los nazis, en los guetos y campos de concentración reclutaban esbirros entre los prisioneros judíos para que vigilaran y maltrataran a sus mismos congéneres. Y aunque algunos de los esbirros judíos aprovechaban esa posición para hacer pequeños favores a ciertos prisioneros, en general eran más crueles con su propia gente que los mismos hitlerianos.
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