Los noticieros, las películas e incluso las telenovelas han difundido en el imaginario social la existencia de reinas y baronesas del narcotráfico. Así, las historias se enmarcan en esta subcultura y se fundamentan en construcciones fabulosas en donde los sueños, las ambiciones, el poder, el odio y la belleza son condiciones inherentes en la vida de las protagonistas. Personajes como la Reina del Sur o Teresa Mendoza, inspiran telenovelas y pegajosos narcocorridos, mujeres que muestran un cierto sentido de omnipotencia e invulnerabilidad, es decir un flirteo con el poder que seduce a vivir la ilusión de una vida ostentosa y emocionante. Muy lejos de estas mujeres personajes, creadas por la imaginación, se encuentra la realidad de miles de mujeres del narcomundo.
Hoy en día los delitos de drogas no solo constituyen la principal causa de criminalización de la mujer en Latinoamérica, sino que la proporción y cantidad de mujeres recluidas por este delito ha ido aumentando, siendo el grupo de las “mulas” el más visible.
El desempleo, la precariedad laboral, la desigualdad, baja escolaridad y la exclusión social que enfrentan numerosas mujeres son factores que inciden en su participación en redes de comercialización de drogas ilegales, representando así una “alternativa laboral” buena o atractiva debido a las ganancias económicas que pueden obtener en poco tiempo. La venta de droga es una labor que se adapta con facilidad a las tareas típicamente femeninas, basta con pensar en la preparación de las dosis, en el corte y el embalaje de la droga; o en la venta y distribución, favorecida, especialmente en el menudeo, por la red doméstica o vecinal, la mayoría de estas mujeres criminalizadas están perfectamente socializadas, cumplen sus roles en la sociedad basados en los valores de la misma, son esposas, madres o abuelas, por lo que el sistema penitenciario en ellas no cumple los objetivos de reinserción y resocialización, por el contrario, agudiza la pobreza, perpetúa la exclusión, el etiquetamiento y victimización de este colectivo.
Los grupos criminales saben aprovechar los intersticios culturales y los vacíos sociales y canalizarlos a su favor. Reclutan a mujeres vulnerables en sentido económico, convirtiéndolas en subordinadas, por lo que se ven enfrentadas a asumir los costos del narcotráfico, lo que no ocurre con otros grupos que participan activamente y se benefician enormemente con esta actividad ilícita.
La prisión es para la mujer un espacio doblemente discriminador y opresivo, es internada en un sistema que ha sido pensado y creado a partir de las necesidades de los hombres y la mujer, es una especie de apéndice que se agrega a dicho modelo, la excusa es siempre la misma: las mujeres solo representan un dos por ciento de la población penitenciaria. Pero el número, por supuesto, no justifica que sus necesidades específicas no sean tomadas en cuenta o pasen a un segundo plano.
La mayoría de las veces, detrás de estas mujeres hay crueles historias de pobreza. En ocasiones son usadas como señuelos, otras veces son reducidas a meros objetos de ornato y uso, aprovechadas por quienes controlan sus vidas convirtiéndolas en mercancías.
La construcción social que tenemos, acerca del fenómeno de la mujer dentro del narcotráfico, no es del todo real ni del todo ajena, es una construcción formada y alimentada, por los libros, telenovelas, y el sensacionalismo de algunos medios, más allá de la realidad y de reflexionar que nos encontramos frente a una grave descomposición social que arrastra a hombres y mujeres, siendo esta última la que presenta un mayor padecimiento por su condición de mujer. El autor es ExJuez Suplente Juzgado Distrito Penal de Juicio de Rivas. Máster en criminología por la universidad de Cádiz, España. Experto en Crimen Organizado.
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