La grandeza de un boxeador se define por la estatura de sus rivales. Y eso es lo que podría privar a Román “Chocolatito” González, de construir un legado que le haga perdurar en el tiempo.
Discutir el talento de Román, es necedad. El chavalo está dotado de un envidiable instrumental físico, que no ha requerido de mayor esfuerzo para ser pulido y convertido en habilidad.
Lo que le falta en su trayectoria, son combates grandes, esos que ponen a prueba no solo el talento físico o técnico, sino el corazón, y que resisten consistentemente al paso del tiempo.
González se está desperdiciando. Su material es para ser exhibido en los mejores escenarios del boxeo mundial, pero en lugar de eso, ha tenido que dedicarse a aporrear rivales discretos.
Y no es culpa de Román. Además que la mediocridad de sus rivales tampoco opaca su nivel. Simplemente destruye y deja constancia de su superioridad, pero el tiempo no se detendrá por ello.
Quizá tampoco sea culpa de sus manejadores, los más beneficiados si el pinolero se mantuviera en acción constante y con bolsas de nivel. Pero algo hay que hacer para cambiar la situación.
González ha vapuleado al que le han puesto enfrente, desde púgiles locales, hasta ranqueados y campeones del mundo, como Yutaka Niida, su más calificado oponente, pero necesita ser exigido.
La grandeza se construye cuando el oponente obliga a ir al máximo, y para ello, a lo mejor Román tendrá que ir tras John Riel Casimero en 108 libras, o Tyson Márquez y Brian Viloria en 112.
El mismo Moisés Fuentes puede ser un duelo atractivo, aunque se afirma que va hacia 112, sin dejar por fuera a Edgard Soza o el mismo Adrián Hernández, pero ya veremos qué sucede.
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