Conocer la historia de nuestro país es el punto de partida para comenzar a cambiarla. Pero antes es preciso escribirla. Hasta ahora, buena parte de la historiografía existente está falseada por la herencia de confrontaciones que, en cada etapa, han dejado marcados los sellos de los vencedores.
De ahí el valor de testimonios como el de don Arturo Cruz Porras, quien, bajo el título Crónica de un disidente rescata y retrata ásperos retazos de la historia nicaragüense.
El primer mérito de las memorias de don Arturo es la entereza. En un país donde la mayoría se considera a sí mismo “la mamá de tarzán”, presentarse con sus debilidades, vacilaciones, desaciertos y arrepentimientos, merece un reconocimiento. Ante la inminencia de participar en el levantamiento armado de 1954, don Arturo confiesa: “Además de escrúpulos, me invade el miedo, simplemente miedo: no quiero morir Recurro al sentimentalismo: mi madre cardíaca ¿Quién va a cuidar de los hijos nuestros?” Y el miedo le salvó la vida.
Es curioso, por otra parte, que dos “casi contemporáneos” (don Fabio Gadea y don Arturo) inicien sus memorias narrando cómo vivieron el episodio del ajusticiamiento de Anastasio Somoza García. Alguna explicación de psicología social habrá para que ambos evoquen los momentos de terror, más con acentos cómicos que trágicos.
Hay otros puntos que merecen ser subrayados porque alumbran borrones en nuestra historia: 1.— Las primeras rebeliones contra el somocismo provinieron de oficiales de la Guardia Nacional. En 1947 una, y la otra en 1954. Don Arturo incluye una extensa lista de nombres de oficiales que “no pasaron a la historia” aunque sí hicieron historia. Rescato dos citados en el libro: Alberto Ramírez, oficial que sufrió cárcel y destierro, ingresó a la Legión del Caribe y murió luchando contra Trujillo, en República Dominicana. Alejandro Selva siguió el mismo camino. ¿Quién los menciona? 2.— La injusticia histórica con los héroes de abril de 1954. Entre la larga lista de masacrados por el régimen somocista destacan las figuras de los hermanos Báez Bone, en particular Adolfo, militar de carrera y de ideas progresistas. Prisionero primero, exiliado después, torturado y masacrado al final. Quienes anidamos un compromiso con la democracia tenemos una deuda con la gesta de aquellos héroes. 3.— El mismo ciclo nefasto. Como miembro de la Unión Nacional de Acción Popular don Arturo publicó, a los 26 años, algunos párrafos que parecieran escritos para hoy. “¿Podrá haber obra que redunde en mayor beneficio de toda una nación que aquella que se realiza con el propósito de luchar por la realización de una verdadera justicia social y por hacer prevalecer el interés nacional sobre egoístas intereses de individuos y partidos?”. 4.— La vida sigue igual. Pero también don Arturo nos cuenta cómo se hacía negocios con el régimen: “Yo mismo fui testigo de un gran abuso empresarial bajo el capitalismo salvaje que los Somoza y capitalistas habían concertado tácitamente para su coexistencia bajo la asesoría de un catedrático de Harvard formamos un cartel . El objetivo era deprimir el costo de la materia prima (semilla de algodón) y elevar el precio del producto terminado (aceites y mantecas) era este ejemplo de un esquema en beneficio nuestro y a costas del productor y del consumidor”. ¿Se repetirán hoy los mismos esquemas? 5.— Unas esperanzas chiquitas. En su “hora crepuscular y de retiro” don Arturo comparte sus reflexiones y sus esperanzas. “Parte de esas esperanzas reposan en las niñitas de los escombros ”. Estas muchachitas cortan hojas secas de las palmeras circundantes para realizar con ingenio y laboriosidad infantil la asombrosa confección de imitaciones de saltamontes, las cuales venden a los transeúntes “Un chapulincito por lo que usted quiera darme .”. Esas niñitas ya no están. Donde se encuentren esas niñas ahora, florecen o marchitan también las esperanzas de don Arturo.
El autor es diputado MRS.
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