Con el triste triunfo del mal llamado sandinismo, el folclórico hospital San Vicente de León llegó a su final después de cumplir una de las más grandes humanitarias labores en la historia de Nicaragua, vivida y por vivir.
Fundado por el esfuerzo desinteresado de una de las más relucientes figuras de nuestra historia sanitaria, el doctor Luis Henry Debayle, de la ya olvidada Sor Marie Therese Lautoing y de don Narciso Lacayo, fue testigo silencioso y también activo de gran cantidad de hechos históricos en nuestra patria.
En él y por él se salvaron y se siguen salvando miles de vidas humanas.
Lo llamo folclórico porque es alrededor de ese espíritu auténtico y profundo del nicaragüanismo que cumplió con su función, donde la risa y el llanto se combinaron en un juego azaroso de amor, aprendizaje, servicio, dedicación, enseñanza y sanación sin medir estatus social, económico, político o racial.
En este hospital, Debayle pone en práctica el Canon de la medicina de Avicena y con ello arrastra a los griegos, egipcios y zoroastrianos al poner el sello francés de la enseñanza médica por primera vez en nuestra historia, aun cuando ya se enseñaba medicina en el colegio Tridentino San Ramón desde décadas atrás.
Con su ejemplo se producen galenos de la talla de Alfonso Argüello Cervantes, sabio sin honores que fue condecorado por el gobierno francés por dilucidar el drenaje linfático de la glándula prostática, que en ese entonces es un gran avance científico para el tratamiento del cáncer de la próstata.
Y se da un Humberto Tijerino que con su neurología hace neurólogos por años de años y un Luis Alberto Martínez que nunca se retira de las salas de medicina interna, martillando con su sabiduría día a día, domingo a domingo a cientos de futuros doctores que serían y son orgullo de Nicaragua. Y, martilla hasta que la muerte lo doblega sin que la vejez lo haya logrado.
Luego, vemos cómo surge un dominó de lumbreras no por sus conocimientos solamente; pero también por su entrega total y sin interés que brotan como manantiales de agua pura. Un Uriel Guevara, un Emilio Vargas, un Ariel Marín, un Rigoberto Sampson, un René Meléndez, un Wiron Valladares, un Arnoldo Toruño, un Jaime Granera, verdadero sacerdote desde antes de ser ordenado, un Gustavo Sequeira Madriz y su sobresaliente hermano Alejandro, unos Filibertos Herdocias (padre e hijo), unos hermanos Taboada, unos Berríos que van desde mi padrino Apolonio hasta Gastón mi estimado profesor de cirugía, un Joaquín Solís Piura, una Ofelia Rojas en un sinfin de gotas que hacen un océano que calma la sed y alumbran en la oscuridad. Y cuantos más que no se vienen a mi mente y que me apena no poder mencionarlos aquí y que llenan las páginas limpias de la historia de Nicaragua sin que nadie los reconozca como se debe reconocer a los verdaderos héroes sin fusil de la patria.
La última gota de Debayle se da durante la revolución perdida del 79, cuando cientos acuden al hospital a refugiarse, a curarse de la masacre que se vive en especial durante los meses de mayo, junio y julio, cuando todos se han ido y solo queda incólume con sus residentes e internos, y sus heroicas enfermeras (que también hay que grabar en letras de oro), el San Vicente de León.
Sin inmutarse por las bombas que caen a su alrededor, por los rumores de asalto y asesinatos cometidos por la guardia en otros hospitales del país, sabiendo que es objetivo militar de los sangrientos aviones de la FAN y de la artillería del Fortín de Acosasco, atiende a civiles, guerrilleros y guardias somocistas sin medida y sin descanso, con hambre, ya que no había que comer; pero con el espíritu de Debayle, de Avicena, de Pasteur, Galeno e Hipócrates.
Como destino trágico, el bemaristán, que nace después del terremoto del 29 de abril de 1898, empieza a morir con otra desgracia al sonar lejano del himno vergonzoso de un partido corrupto y las risas enajenadas de un triunfo incierto y apesadumbrado, sin dejar de servir hasta que el abandono ignorante y resentido social de los nuevos oligarcas dejó que sus paredes de taquezal cayeran para quedar sus escombros como testigos mudos de lo que fue la última gota de un soñador brillante.
El autor es médico y cirujano
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