Los nicaragüenses nos hemos acostumbrado a vivir soñando en que algún día se construirán grandes proyectos de infraestructura que nos sacarán de la pobreza. Desde la época de la colonia se consideró la construcción del canal por Nicaragua, el proyecto insignia de nuestros delirios.
En los años de Somoza se hablaba de Promulbrito y de Copalar. Ahora, con gran fanfarria el Gobierno actual anuncia importantes inversiones en infraestructura: Tumarín, Brito, el puerto de Aguas Profundas en Monkey Point, el dragado del río San Juan, el gran canal, y por supuesto, la refinería que soñó Bolívar, (no sé cómo la soñó si no se había descubierto el petróleo en esa época ). Todos, macroproyectos que estarán concluidos a la vuelta de la esquina. La realidad es que en 191 años de vida independiente solo se han construido en el país tres grandes proyectos que se pueden calificar como macroproyectos: el Puerto de Corinto y el Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua en el siglo XIX y el proyecto hidroeléctrico de Apanás en los años cincuenta, estando Somoza en el poder.
Los grandes proyectos solo pueden convertirse en realidad cuando los países logran por mucho tiempo mantener un clima de estabilidad, crecimiento sostenido, formalidad y respeto por las libertades y derechos. Eso en Nicaragua no se ha dado y menos ahora que estamos iniciando de nuevo el ciclo con la ilegítima presidencia de Daniel Ortega, con la consecuente destrucción de las instituciones democráticas.
Muchos empresarios y otros ilusos están creyendo en que pronto se ejecutarán todos esos proyectos que con bombos y platillos anuncian los personeros del Gobierno. Nada más lejos de la realidad. Como decía un funcionario de un organismo internacional al referirse a las posibilidades de un canal seco: “Los nicaragüenses deben de pensar en arreglar primero la casa para que después los inversionistas se decidan a construir proyectos de gran magnitud”. Cualquier inversionista serio sabe que las implicaciones y consecuencias negativas de los fraudes electorales recientes están por verse. El daño que ha causado al país la dilatada intervención de Ortega en la vida nacional, por más de 33 años, es inconmensurable; primero en los 10 años del desgobierno popular sandinista, después 17 años “gobernando desde abajo”, lo que se tradujo en no dejar que el país progresara, y luego los últimos cinco años destruyendo las instituciones democráticas y fomentando el clientelismo, la corrupción y el caudillismo, culminando con los fraudes electorales del 2007 y 2011. Todo lo anterior no hace más que confirmar que Nicaragua padece de una inestabilidad histórica.
Los recursos necesarios para ejecutar megaproyectos, o inversiones serias en general, solo se obtendrán después de un largo periodo de disciplina, democracia y formalidad, en el cual el país garantice los retornos necesarios para hacer atractivas las inversiones. Nos hemos acostumbrado a que por razones políticas algunos gobiernos han entregado sumas importantes para inversiones, las que a la postre han resultado en soberanos fracasos. La década de los ochenta fue un ejemplo de inversiones fracasadas: el megaingenio Timal, el proyecto lechero Chiltepe, el ferrocarril al Atlántico Infer, del cual solo se construyeron dos kilómetros, el aeropuerto de Punta Huete, en el que se gastó todo el cemento del país. Los fondos utilizados para esas obras nunca fueron pagados y en algunos casos sirvieron para enriquecer a algunos que lograron aprovecharse durante su ejecución o de lo que quedó de ellos. El autor es ingeniero. Fue Ministro del MTI
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