Alfonso Dávila Barboza

UNAN de León en su bicentenario

En 1948, cuando centenares de estudiantes recién ya teníamos en nuestras manos el diploma que nos acreditaba bachilleres y egresados, la mayoría del prestigiado y muy reconocido Instituto Nacional Central Ramírez Goyena, por su rigurosa enseñanza con profesores extranjeros y nacionales, comenzamos en la segunda quincena de mayo de 1948 los estudios universitarios que se identificaron por una definida vocación… y llegamos a León, llamada Ciudad Universitaria que simboliza ciudad de brazos abiertos de sentimientos muy familiares, tradicionales y era muy visible la corriente de simpatía que nos ligaba en total reciprocidad con las autoridades universitarias y con nuestros profesores.

Para ese entonces, en 1948, la centenaria universidad ya tenía marcado en su calendario sus primeros 136 años bien escritos en su partida de nacimiento, ya que por gestiones del reverendo sacerdote Rafael Agustín Ruiz Ayestas, que tuvo bajo su tutela el Seminario Conciliar San Ramón, fundado en 1680 y con el apoyo de sus compañeros profesores del citado seminario, se tuvo como logro que el rey Fernando VII de España accediera gustosamente a dar su aprobación para que en Nicaragua y precisamente en León funcionara la universidad de orgullo nacional.

En ese entonces nos enteramos que también estaban matriculados estudiantes de El Salvador, Honduras y Costa Rica realizando estudios de Medicina y Derecho. Por razones de espacio pero con mucho entusiasmo y recuerdos gratos me sumo como exalumno de la Facultad de Derecho, recordar la entrega, el dominio y la señalada pedagogía de los profesores de mucha experiencia, de profuso estudio y con una metodología en que corrían paralelas la teoría y discusión de casos propios de las diversas materias; y vale conmemorar como homenaje vivo a los queridos maestros Pallais Godoy, Ortega Aguilar, Roberto Buitrago, Ernesto Barrera, Juan de Dios Vanegas y Mariano Fiallos Gil, responsable de la asignatura de Filosofía del Derecho, entre otros.

Lo escribo y solicito que se valore tener como muy memorable el esfuerzo de los nombrados catedráticos que siempre estuvieron atentos a brindarnos sus ilustres conocimientos igual que orientarnos en las responsabilidades fortalecidas por un profesionalismo de mucha seriedad y notoria moralidad. No puedo obviar la sinceridad familiar que como trato cotidiano recibimos de distinguidas personas de León y de estudiantes de años superiores que resultaron muy fraternos y dadivosos. En mi caso particular tuve la gran oportunidad de desempeñarme como maestro en educación primaria en la Escuela Elemental del reverendo padre Zapata Guerrero, luego en el colegio de monseñor Agustín Hernández Fornos y finalizando el quinto año de mis estudios de leyes, fui nombrado por la Corte Suprema de Justicia que tenía como Presidente, en 1953, al doctor Antonio Barquero, Juez Primero Local del Crimen, lo que me resultó en definitiva de gran beneficio para ingresar al inmenso campo del Derecho Penal.

Disfrutemos en grande estas festividades del bicentenario a realizarse del 10 al 14 de este mes y año en curso apuntando mi abrazo y congratulaciones a quienes hicieron mucho por nuestra Alma Mater.

El autor es Miembro de la Academia de Juristas y Ciencias Políticas de Nicaragua.

Opinión
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