Tal a como lo habíamos advertido en nuestro artículo publicado en LA PRENSA del 4 de noviembre pasado, el fraude electoral se ha consumado. El mundo y primordialmente los nicaragüenses estamos conscientes de que antes, durante y después de esas elecciones, el Frente Sandinista confabulado con el Consejo Supremo Electoral (CSE) han perpetrado, una vez más, una burla sangrienta en contra de nuestra Constitución (Arto. 147); en contra de la decencia y lo que es peor, en contra de la voluntad mayoritaria del pueblo nicaragüense.
En los anales de nuestra historia lo acontecido no es algo que nos sorprenda. Lo mismo hizo la dinastía somocista, una y otra vez, hasta que el pueblo se cansó y los mandó al basurero de la historia. Así terminaron quienes inspirados en Maquiavelo solo buscan el poder por el poder para mantener sus privilegios, sin importarles el dolor, la sangre y la muerte que ocasionan sus desmedidas ambiciones.
Lo grave de este asunto es que en el concierto de las naciones se comenta con acritud el círculo vicioso que vivimos los nicaragüenses, por falta de una sólida institucionalidad democrática. Porque casi todas están de acuerdo en señalar que con el fraude del 6 de noviembre pasado lo que ha habido es un gran retroceso de la democracia en Nicaragua y esto no augura nada bueno para las inversiones extranjeras que necesitamos, para superar el estado de pobreza en que se debate la gran mayoría de nuestros conciudadanos.
La verdad es que todos los pequeños avances que habíamos logrado en la década de los noventa del siglo pasado, están en franco retroceso, con la imposición arbitraria del régimen sandinista.
Es triste decirlo, pero la democracia ha entrado nuevamente en crisis en Nicaragua. Vistas así las cosas, ¿qué podemos hacer los nicaragüenses para enderezar el rumbo del barco que amenaza con encallar definitivamente? Podemos hacer dos cosas:
Primero: en el orden internacional debemos basarnos en el Informe de la Comisión de Observadores de la OEA, en el que se señalan una serie de irregularidades así como fallas de carácter estructural en todo el proceso electoral nicaragüense. Hay que elevar el caso, valiéndose de gobiernos amigos, hasta el Consejo Permanente de la OEA para denunciar el fraude y demandar nuevas elecciones con un nuevo CSE que además de ser imparcial, garantice el respeto de la voluntad popular libremente expresada por los nicaragüenses. Los Artos. 18, 19, 20 y 21 de la Carta Democrática de la OEA expeditan la oportunidad de realizar este cometido, ya que estamos ante la violación del orden constitucional notoriamente comprobado. Lo mismo debe hacerse con el Informe de la Comisión de Observadores de la Unión Europea (UE) ante el Parlamento de ese organismo de prestigio mundial.
Segundo: en el orden interno no hay más recurso que la resistencia pacífica activa ya anunciada por los dirigentes políticos de la Alianza PLI encabezada por Fabio Gadea Mantilla. Es necesaria la participación patriótica de las organizaciones cívicas, los ONG, las cámaras empresariales; los sindicatos independientes; la Conferencia Episcopal de Nicaragua; y principalmente la Juventud, que es la que más pierde porque está de por medio su futuro y el de sus hijos. En fin, todos aquellos nicaragüenses de buena voluntad que amamos a nuestro país y que nos consideramos dignos de vivir en libertad y democracia. Resistir, hasta que las cosas se orienten por el buen camino, esa debe de ser nuestra más firme determinación en esta difícil coyuntura de nuestra historia. Si no lo hacemos ahora, el costo será mayor adelante, con las funestas consecuencias que ya hemos sufrido en el pasado.
El autor es Secretario General de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).
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