Estas reflexiones no son dogmáticas, porque están respaldadas por hechos comprobados, muchos de ellos tomados de la estupenda obra de mi amigo Adolfo Díaz Lacayo: Gobernantes y gobernados , que considero una suma historia de la bibliografía nicaragüense. Agrego, además, acontecimientos políticos que he presenciado durante 60 años, y algunos más del documentado y ameno libro en su cuarta edición de Chuno Blandón. Todos los autores citados son miembros de la prestigiada Academia Nicaragüense de Geografía e Historia.
Por otra parte, no pertenezco a partido político, aunque alguna vez lo fui del Partido Conservador. Mi objetivo es demostrar la vinculación estrecha entre las reelecciones (convertidas en dictadura) de los presidentes de Nicaragua y las guerras civiles que provocan.
Apartando el período de la anarquía (1821-1856), la primera reelección de un jefe de Estado, la de Fruto Chamorro, que había sido electo legalmente en 1853, sin embargo, a mitad de su mandato convoca a una constituyente que lo reelige en 1854, bajo la protesta opositora que declara su reelección fraudulenta. Esto provoca una sangrienta guerra fratricida, la que remata con la contratación de una falange filibustera, restablecida la paz por el acuerdo patriótico en 1856, entre Tomás Martínez y Máximo Jerez.
Sin embargo, Tomás Martínez promovió su reelección arbitraria al cumplir sus cuatros años de gobierno. Esta decisión activa una rebelión armada de Máximo Jerez, que fracasó.
Posteriormente al finalizar el período de los 30 años conservadores, donde hubo alternabilidad presidencial, el presidente Roberto Sacasa busca su reelección y la impone, y de nuevo se produce un levantamiento de sus propios correligionarios en 1893, que conduce a la dictadura militar de José Santos Zelaya, quien instala un gobierno que dura 17 años. Esta vez el truco del dictador es el uso de constituyentes en 1893, 1896 y 1905, para quedarse en el mando, sin que haya concurrido nunca a una elección directa. Finalmente la oposición conservadora y disidentes liberales derrocan al dictador con la complacencia y respaldo del gobierno norteamericano. No obstante, la restauración conservadora pudo mantenerse en el poder a pesar de sus reyertas internas, gracias al apoyo de la infantería de la marina estadounidense.
Esa época de paz fue interrumpida por el Lomazo de Emiliano Chamorro, el 25 de octubre de 1925. Eso conlleva a la revolución constitucionalista de 1926, que encabeza el general José María Moncada. En ese momento el gobierno mexicano, que había armado a la revolución, les notifica que ellos ya se han arreglado con Estados Unidos y recomienda que los líderes liberales hagan lo mismo. Se produce entonces el pacto del Espino Negro, que garantiza la supervisión electoral por la marina estadounidense, y da origen al regreso al poder del Partido Liberal. Asume el general José María Moncada en elecciones honestas, pero al final de su período pretende reelegirse encontrando el veto del Departamento de Estado, que no acepta se reforme la Constitución que prohíbe la reelección presidencial.
Asciende a continuación el doctor Juan Bautista Sacasa, pero de nuevo surge en 1933 la figura del ambicioso Somoza García, quien propina a su tío político un golpe de Estado incruento que lo lleva a la presidencia de la República, a pesar de la abstención del conservatismo. Se instala así una nueva dictadura convertida en dinastía durante cuarenta y tres años. Esa larga permanencia fue posible por tres factores: El control de la Guardia Nacional y la Policía; la colaboración del Partido Conservador y la simpatía del gobierno norteamericano, que escoge a Anastasio Somoza García como una ficha de su política continental.
La eliminación por asesinato del general Augusto C. Sandino remueve al único adversario peligroso que quedaba, pues el caudillo opositor estaba en el exilio y la opinión pública permanecía indiferente a los acontecimientos. Ya con el transcurso del tiempo reitera sus planes reeleccionistas y por la negativa del Departamento de Estado de reconocer su permanencia en el poder, es entonces que recurre al líder opositor en el exilio, Emiliano Chamorro, para celebrar en abril de 1950 un pacto cuyo meollo es que en 1956 no repita el período Somoza.
Este último reniega de su compromiso y lanza su candidatura de nuevo. Esa actitud provoca en Emiliano Chamorro el plan de un levantamiento en armas que se concreta con la asonada del 4 de abril de 1954, que termina con la desbandada de los invasores que fueron ultimados después de su captura. Sin embargo, esa represión alevosa pone en marcha el plan de Rigoberto López Pérez, que lo ejecuta exitosamente y causa la muerte de Somoza García en Panamá. Esa ausencia facilita el inicio de un gobierno dinástico en que sus dos hijos, Luis y Anastasio, se suceden con el intervalo entre ellos del gobierno de René Schick Gutiérrez. Cuando ya Anastasio hijo llega a la jefatura de gobierno, con el partido opositor abstenido, consigue al finalizar su período la oportunidad de regresar al poder negociando un pacto con el líder conservador Fernando Agüero Rocha. Surge entonces lo imponderable, porque el terremoto de 1972, al producir inestabilidad, Somoza Debayle recoge las riendas del poder. Ante esto, Agüero se opone siendo poco después sustituido por una convención conservadora financiada por el capital granadino. Entretanto se ha reformado una guerrilla en el norte del país dividida en tendencias, que con coraje y perseverancia consigue constituirse en una alternativa tentativamente.
Es hasta que se cohesiona el FSLN bajo la presión de Fidel Castro, que se convierte en una alternativa para suceder a la dictadura, en espera de una coyuntura favorable. Esta se presenta cuando el gobierno norteamericano le retira su apoyo a Somoza Debayle, desprestigiado por la sangrienta represión que efectúa. La tardanza en implementar esa medida por el Departamento de Estado que origina el fracaso de la diplomacia norteamericana por conseguir una transición negociada, obligó finalmente a los Estados Unidos a entrar en pláticas con los representantes de los revolucionarios radicados en San José, Costa Rica.
Una vez más, la inesperada negativa de Urcuyo Maliaños anula el protocolo provisional del traspaso del poder que habían negociado los Estados Unidos con el FSLN en el exilio. El FSLN viene bajo el paraguas de una junta supuestamente pluralista, pero en el fondo dominada por los comandantes guerrilleros.
Es en ese momento que la revolución triunfante robustece su asociación internacional con la Unión Soviética y sus aliados. Tal conducta provoca que el gobierno norteamericano impulse el financiamiento de una revolución que mantiene una lucha durante dos años seguidos con tenacidad y amplias bases campesinas. La contienda causa 50 mil muertos y al final termina en un empate. Este es resuelto con el desmantelamiento de la guerra fría dispuesto por Ronald Reagan y Mijail Gorbachov, en Reikiavik (Islandia), que notifica a su ahijado que ya no pueden seguir financiándolos. Esa nueva situación hace posible el diálogo de Sapoá, que entra en un estancamiento. Es entonces que Adolfo Calero Portocarrero y Humberto Ortega Saavedra acuerdan un cese temporal de fuego que termina a través de pláticas posteriores, que remata la celebración de comicios libres ganados por la Unión Opositora, que llevó como candidata a doña Violeta Barrios de Chamorro.
A pesar de los esfuerzos del FSLN de desestabilizar a los gobiernos de Violeta, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños, estos logran efectuar la transición en paz. Ya en el 2006 el Partido Liberal se divide y como consecuencia regresa al poder el FSLN. El viejo espectro de la dictadura surge en la presidencia del comandante Daniel Ortega, quien monta una maquinaria bien aceitada y financiada por su amigo Hugo Chávez. Se abre entonces en el 2011 un período electoral donde la candidatura inconstitucional de Ortega logra ser inscrita abriendo un abanico de incertidumbre.
¿Tendremos alguna vez un almácigo de estadistas que interrumpan el círculo vicioso de dictaduras y guerras civiles que nos amenaza de nuevo?
Esta es una empresa de largo plazo que exige una educación continua, una unión fuerte de todos los sectores democráticos y la incorporación de las nuevas generaciones, porque tarde o temprano la ola democratizante que ha surgido en Nicaragua va a prevalecer. Debemos empezar sembrando una semilla de honestidad, escogiendo a un ciudadano idóneo que tenga espíritu de nación compartida. Esa es la puerta que conduciría a elecciones libres, honestas y eficientes, pilar de la democracia representativa.
Conclusión. Primero: las reelecciones siempre terminan mal; Segundo: nuestras fallas se deben a valores de cultura política obsoletos; Tercero: la democracia representativa es la única que asegura estabilidad, justicia y desarrollo.
Analista político nicaragüense
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