Silvio Méndez Navarrete

La tiranía y sus vasallos

Vemos con frecuencia en nuestros países cómo la fuerza de un solo hombre, tan pronto como adquiere el título de gobernante, se convierte en un abusivo demandante de poder. Evento desafortunado para una nación, cuando sus seguidores contraen el hábito de obediencia y dependencia al punto de concederle prerrogativas que generalmente lo llevan a considerarse indispensable, avanzando a una posición donde su comportamiento se vuelve maligno y cruel en cualquier momento.

Quisiera entender cómo sucede que tantas personas, tantos pueblos, ciudades, naciones, muchas veces sufren bajo un tirano que no tiene otra fuerza más que la que se le otorga, alguien que es capaz de causar daño en la capacidad que se le permite y acepta, que no puede causar más daño si no están dispuestos a concederle la autoridad para eso. Situación complicada y sorprendente.

Característica debilidad humana es frecuentemente obedecer a la fuerza, hacer concesiones, no ser siempre fuertes. Vemos una multitud de gente no obedeciendo sino conducida al servilismo, no gobernada sino tiranizada. Sufrimos el asalto, los caprichos y crueldad no de un ejército barbárico que expone y sacrifica nuestras vidas, sino de un pequeño hombre solamente y quizás a veces débil, extraño a los calores de la batalla. Someterse a un líder de esa clase es cobardía y los que le sirven también son cobardes. Si dos, tres, cuatro no se defienden de esa persona que los subyuga, podríamos llamar a esa circunstancia sorprendente pero concebible o, justificablemente, falta de coraje. Pero si cien, mil, un millón soportan el capricho de un solo hombre, diríamos que no es falta de coraje sino falta de deseo de levantarse contra él. Una actitud así denota indiferencia, no cobardía. Un tirano no es tirano para aquellos que contribuyen con él a tiranizar al pueblo. Un tirano es tirano para aquellos que no participan en la libación de las mieles de la corrupción y la opresión.

Cuando no cien, no mil, pero cien poblados, mil ciudades, un millón de personas rechazan atacar un hombre de quien el más noble trato que reciben es sujeción en servidumbre y esclavitud, ¿cómo llamaríamos a eso? ¿Es cobardía? Dos, diez podrían tener miedo, pero cuando cien, mil, un millón de personas fallan en protegerse contra la dominación de un solo hombre no le podemos llamar cobardía, porque cobardía no se baja a tan hondo nivel. Entonces, ¿qué monstruo será ¿este que no le podemos llamar cobardía, un hombre para el que no hay término suficientemente vil, que la misma naturaleza desautoriza nuestras lenguas a ponerle nombre?

Si tuviéramos un ejército de cinco mil soldados y al otro lado otro con la misma cantidad de soldados, un lado luchando por mantener su libertad, el otro por quitársela, ¿cuál supondrías saldría victorioso? ¿cuál ejército marcharía más gallardo al combate? Los que anticipan como recompensa por su sufrimiento el mantener su libertad o los que esperan ninguna otra recompensa por los golpes intercambiados que el esclavizar al enemigo.

No sorprende escuchar historias del valor que la libertad levanta en los corazones de los que la defienden, sin embargo, sabemos que un pueblo se esclaviza a sí mismo y corta su propio cuello cuando teniendo una escogencia entre ser un vasallo y ser una persona libre, abandona sus libertades y se ajusta al yugo, da consentimiento a su propia miseria o aparentemente la recibe con agrado. Sin embargo, no hay nada que un ser humano pueda tener en mayor estima que la restauración de sus propios derechos naturales, de cambiarse a sí mismo de una bestia de carga a ser una persona que vive en libertad, bendición tan grande y deseable que cuando se pierde se cae en un infierno y las bendiciones que quedan pierden el sabor y gusto por su corrupción y servilismo.

Quien que te domina tiene solamente dos ojos, dos manos, un cuerpo, igual a la más sencilla de las personas que viven en nuestra sociedad; él en realidad no tiene nada más que la fuerza que se le otorgue para que te destruya. De toda estas indignidades, a como no lo soportaría ni la bestia salvaje del campo, vos te podés liberar si lo tratas, no necesariamente tomando acción frontal sino con solo desear ser libre.

Si resolvemos no volver a servirle seremos libres de inmediato. No sugiero ponerle las manos encima al tirano para botarlo, sino simplemente que no se le apoye en nada; luego vos lo observarás que, como un gran coloso que le han quitado su pedestal, caerá por su propio peso y se quebrará en pedazos.

El autor es ingeniero.
[email protected]

 

Opinión tiranía archivo

COMENTARIOS

  1. DenisSomarriba
    Hace 15 años

    Interesante tu articulo Silvio;yo tambien me he hecho esas preguntas de como algunos pueblos se comportan como las manadas de wildebis africanas,que siguen a un lider a donde los lleve,aunque tengan que lanzarse a un rio lleno de cocodrilos que significa hasta la muerte;pero creo que la clave del asunto es que el orteguismo es un clan de gente mala y mafiosa,y eso los hace fuertes;ortega es el lider de ellos;y mientras el los este alimentando con el dinero del pueblo;alli estaran;quieran o no

  2. JOSE DAVID LAGUNA
    Hace 15 años

    UNA dictadura es como un cancer que se extiende. Tan pronto vea
    mos que un futuro gobierno toma rumbo equivocado, hay que po
    nerle un alto para que no siga y nos lleve al despeñadero. Porque
    si lo dejamos seguir nos llevara a la situacion actual con el pacto
    de estos dos matones Ortega/Aleman, y entonces ya el pueblo no
    estara pagando sus impuestos en beneficio propio, sino para que
    dos saqueadores se roben el dinero del estado. Entonces tene
    nos que crear leyes muy duras para combatirlos

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