Por José Rizo Castellón
En las elecciones presidenciales que tendre- mos en noviembre próximo podremos los nicaragüenses decidir entre tener a un país esclavizado por una dictadura disfrazada de socialismo del siglo XXI, o una Nicaragua libre y democrática.
Hay dos fuerzas políticas que tienen actualmente profundas raíces en nuestro país. Un sandinismo, que las grandes mayorías perciben hegemonizado por el FSLN. Y un liberalismo, que se presenta ahora dividido más que nunca, en cuatro casillas diferentes, bajo las banderas de diversos partidos, pero sin embargo, todos liberales. Además, cuatro candidatos presidenciales que se dicen amigos entre sí y que han mantenido en el pasado cercanas relaciones políticas entre ellos mismos.
Los liberales tenemos la extraordinaria oportunidad y obligación a la vez de convertir las próximas elecciones en un parte aguas para la historia de Nicaragua, con una muestra de sensatez y de elevado patriotismo. La necesaria unidad es el primer paso para ello y si todos nos involucramos, las dirigencias harán lo que la mayoría democrática demande.
La Internacional Liberal, consciente de que se trata de diferencias entre miembros de una misma familia política, podría ayudar a organizar para el domingo 11 de septiembre próximo una encuesta imparcial para determinar cuál de los candidatos goza de mayor simpatía dentro de la población votante. Podría también utilizarse el sistema de la Caja Negra o elección parcial simulada, con las necesarias garantías de fiscalización para los participantes y los filtros adecuados entre los votantes. Sobre este particular, ya he hablado con el vicepresidente de la Internacional Liberal, el prestigioso escritor Carlos Alberto Montaner.
Los resultados se conocerían al día siguiente, como un homenaje al conocido Pacto Providencial del 12 de septiembre de 1856, cuando Jerez y Martínez se pusieron de acuerdo para expulsar entonces, al filibustero extranjero.
El candidato que resulte con mejores posibilidades de ganar, después de este ejercicio, recibiría el espaldarazo y apoyo de los otros tres liberales, quienes, sin renunciar a sus postulaciones, pedirían a sus seguidores, simpatizantes y afiliados partidarios, que por Nicaragua, voten en la casilla que ofrece el candidato ganador.
Esta inducción en los votos daría el triunfo a un candidato demócrata y liberal, ante un sandinismo que siempre ha demostrado ser minoría en todas las elecciones recientes. Esta actitud no significaría ni renuncia, ni debilidad, ni traición de ninguno de los candidatos. Sería simplemente patriotismo.
El candidato ganador se comprometería, previamente, a dar participación en su gobierno a las otras fuerzas liberales y aliadas, en la misma proporción del respaldo individual obtenido en la encuesta o la elección parcial. Podría ser, además, la semilla inicial en Nicaragua para formar un necesario partido nacional.
Para los parlamentarios, se votaría libremente de acuerdo con las preferencias personales del elector, en cualquiera de las listas para diputados que hayan presentado los partidos del sector democrático. Al iniciar su mandato, el presidente tendría de esta forma una bancada capaz, representativa y coherente para impulsar su programa de gobierno.
La meta de reconquistar el poder político es tan grande que necesitamos a todos y de todos. La responsabilidad de administrar el Estado de Nicaragua es muy compleja e importante; todos los demócratas alcanzamos en el nuevo Estado, a contar del 2012. Convirtamos a quienes hoy erróneamente consideramos importantes adversarios liberales, en formidables aliados liberales.
De no ganarse las elecciones, que todos debemos exigir sean libres, honestas, transparentes y observadas, la oposición contaría para ser representada en la Asamblea Nacional, con la mejor batería de diputados que trabajarían bajo el esquema de una verdadera coalición democrática. Evitaríamos llevar al hemiciclo legislativo, a lo que se conoce como “pesos muertos” en los partidos políticos, que no son otra cosa que aquellos elementos, inservibles algunos, con que cuenta toda lista de diputados que se presenta en el menú parlamentario electoral.
Algunos candidatos se han inscrito para salvar, supuestamente, la personalidad jurídica y la casilla electoral de sus partidos. Nicaragua es más importante que todo eso. No es una tarea fácil; nunca las cosas trascendentes lo han sido. Se requiere de un esfuerzo racional y patriótico; con una dosis alta de sinceridad, honestidad y generosidad. ¿Será tan escasa la circulación de esa moneda, en el mercado político nicaragüense?
Si no actuamos ahora y la pasividad nos invade, iremos derechamente a un suicidio colectivo. ¿Será posible que hubiese más sensatez, más patriotismo, más visión de país, hace 155 años, cuando estábamos en 1856, amenazados por el filibustero de entonces?
El problema no es hoy solamente de partidos, ni de candidatos. El problema es nacional y siendo así, requiere que nos involucremos todos.
El autor fue Vicepresidente de Nicaragua
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