Dedicado a Simeónsito Úbeda, que tuvo la dicha de servir de lazarillo a Odorico.
Viajé al norte del país a San Rafael, pueblecito precioso de la topografía nicaragüense, entretejido de leyendas de todo tipo entre las que descuellan el haber sido el “Cuartel General de Augusto César Sandino”, ese general de hombre libres, y al mismo tiempo centro de evangelización de un mensajero de Dios, el Padre Odorico D´ Andrea. O.F.M., quien dedicase treinta y seis años de su vida para plantar la palabra de Dios en esas montañas.
El motivo principal de mi jornada lo constituía visitar la vieja finca sanrafaeleña conocida como El Molino, en donde hace muchos años un campesino descendiente de españoles, nacido en Nicaragua, Fidel Úbeda, hombre de hierro, conocido como “El Tata”, introdujo la devoción a la Virgen Morena, La Guadalupana, mandando a traer en ese tiempo a México una estampa que hasta el día de hoy se conserva y que es venerada en una gruta en medio de la montaña.
Todos los 10 de diciembre se celebra una vela a la imagen de la Virgencita del Tepeyac, se oficia una misa, se le canta sones norteños y mejicanos, entre los que sobresalen la famosa canción: “La Guadalupana, La Guadalupana, La Guadalupana desde el Tepeyac”.
Mazurcas, guitarras, acordiones y violines, pero sobre todo fe viva campesina, hombres y mujeres que caminan a pie por los senderos tortuosos de la Patria, únicamente para rezar una Ave María, o un Padre Nuestro, ante la imagen de la Virgencita de los Indios. Todo es alegría, devoción y sencillez, transitando por esos caminos que Chuno Blandón, nieto del fundador de esta promesa, ha descrito en su fascinante novela Cuartel General me ha perecido poder recorrer los caminos de Belén como los Reyes Magos, en búsqueda del Verbo hecho Carne que vino a habitar entre nosotros.
La imagen es trasladada a la Iglesia que Odorico construyese y que tiene como referencia la famosa iglesia de la Porciúncula de Asís en Italia. Ahí se vuelve a velar, y el domingo pasado fue la procesión por el pueblo, que se vistió de huipiles e indios en honor a María; para luego volver a su gruta en la finca El Molino, llamada así porque antiguamente había ahí un molino de trigo al estilo de los que narra Cervantes en El Quijote, cuya piedra ya no muele trigo, sino sirve como pieza principal del altar, en donde el sacerdote celebra el sacrificio de la Santa Misa.
A la muerte de “El Tata”, la tradición se mantuvo gracias a la perseverancia de doña Agustina Úbeda Arauz, y hoy es conservada gracias a los esfuerzos del profesor Augusto Zelaya Úbeda, autor de ese bello libro Y Vamos al Norte .
La obra de la Virgen se ve en muchas partes, María de Guadalupe ha cuidado con esmero a San Rafael, pueblo bendecido por el Altísimo y premiado por Él, en la persona de Odorico, ese siervo de Dios cuyo cuerpo incorrupto después de 20 años de muerto descansa en el santuario del El Tepeyac de San Rafael del Norte, donde campanas traídas de Italia, por los franciscanos, nos recuerdan el horror de nuestras guerras, la miseria de los hombres y el aroma de la oración que sube ante el Altísimo, como incienso pidiendo misericordia por todos nosotros.
El autor es abogado.
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