Me quiero referir, con absoluto respeto, al artículo publicado en un prestigioso diario local por mi apreciable amigo y colega, profesor Cefas Ascencio.
Cefas indica que la eficiencia del sistema educativo “se puede medir por la capacidad de promover, en el plazo definido, a la mayor cantidad de estudiantes que ingresan a un nivel educativo en condiciones de mejor calidad y optimizando la inversión”. A continuación Cefas cita el caso de Costa Rica y Cuba como ejemplos similares en cuanto a “eficiencia”, dado que, en ambos países, el porcentaje de promoción es muy alto.
Hace unas semanas, durante una reunión con profesores de universidades, yo les preguntaba qué entendían por “Demanda Educativa”. La mayoría indicó que “eran los miles de jóvenes que desean estudiar una carrera universitaria”. Sorpresa para ellos: les indiqué que, Demanda Educativa es “La cantidad y calidad de puestos de trabajo que ofrece el mercado de trabajo, la sociedad”; en otras palabras, la cantidad de puestos de trabajo que demandan profesionales preparados. Eso, desde luego, cayó como un balde de agua fría en los universitarios porque, pone en evidencia la ineficiencia de nuestras universidades que forman “profesionales” que no pueden ejercer su profesión; y esa situación gravísima no sólo es muestra de ineficiencia (aunque gradúe 100 jóvenes de 100 ingresados), sino también de ineficacia, al subir los costos de la educación invirtiendo en algo inútil a la sociedad.
No se puede comparar la eficiencia de la educación en Cuba con la de Costa Rica, por el hecho de que ambas promuevan el 90 por ciento de alumnos. Los egresados de Costa Rica se insertan con muchísima facilidad al mercado de trabajo, en y fuera de Costa Rica. Por el contrario, en Cuba los jóvenes no tienen opciones de trabajar en sus profesiones por el modelo económico que restringe la creación de puestos de trabajo. Cefas me da la razón cuando afirma que, para que la educación sea eficiente “se requiere establecer vínculos fuertes entre los sectores económicos, sociales y culturales con el sistema educativo”. Un sistema educativo que gradúa a jóvenes que no pueden encontrar trabajo es ineficiente.
Quiero agregar a las recomendaciones que Cefas hace para mejorar el sistema educativo:
—Modernización de los recursos: entre otros, la Informática generalizada. Es éste, precisamente, uno de los factores por el que no se puede comparar Cuba con Costa Rica. Los alumnos ticos tienen acceso a la computación en más de un 80 por ciento; en Cuba entera no hay 100 cibers y la mayoría controlados por el Estado; las escuelas son un reflejo de ese defecto.
—Establecer el currículo por demanda, o sea, que los posibles empleadores indiquen contenidos de los programas de estudios. Así se establece el mejor y útil vínculo entre la educación y los otros sectores de la sociedad, tal como pretende Cefas.
Finalmente, no creo que con asignar el 7 por ciento del Presupuesto Nacional a educación se va a superar la situación actual. El problema es sistémico. Hay que establecer honestidad en el Mined; el Mined se ha convertido en una copia, no sólo de ineficiencia, sino de la corrupción campante en el Gobierno. Es una “poza azul” como se dice en el norte; la “claridad” de las inversiones no las conoce ni el ministro. Ya vimos cómo se compraron miles y miles de camisetas y de . Y mi amigo Miguel ni cuenta se dio. ¡Y yo creo que Miguel De Castilla no es ladrón! Además, el uso partidario de los recursos no permite seguridad de que el 7, u 8, ó 100 por ciento va a ser usado correctamente.
En 1991 tuve la oportunidad de trabajar en un caso de educación similar a Nicaragua, en Irlanda. Llegué a una conclusión: El problema de la planificación de la educación no hay que dejárselo solamente a los maestros —yo soy maestro—. Hay que tener un Plan de Desarrollo Nacional y de ahí derivar el Plan de Educación. No funcionan, ni mucho menos, estos parches inútiles que se están haciendo ahorita. Aquí destaca otra falencia: la ignorancia. Como concluíamos con un connotado maestro amigo mío: la ignorancia es más cara que la corrupción. Y, si a esto le añadimos “ineficiencia” tenemos un pastel educativo incomible para los nicaragüenses.
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