¿Qué platicarían entre sí los ex presidentes de Nicaragua, si pudiesen volver de la muerte? Pablo Antonio Cuadra (PAC), nuestro intelectual más lúcido del siglo XX, imaginó este escenario en su extraordinario ensayo Mesa redonda al otro lado de la historia, escrito el 22 de febrero de 1970.
PAC inicia su escrito sugiriendo lo enriquecedor que sería poder ver la vida con la formidable lucidez de los muertos. “¿No sería útil —se pregunta— leer la historia no con las pasiones de los vivos, sino con el total y sabio desprendimiento de los muertos?” Luego imagina un sueño donde ve reunidos a varios de los personajes históricos más importantes del país. El diálogo que sostienen, resumido con ciertas libertades, discurre así:
El primero en hablar es el General Tomás Martínez, presidente del primer gobierno después de la Guerra Nacional de 1857, “el más unánime, fraterno y fructuoso período político de la historia nicaragüense”,… hasta el momento de su reelección. “¡Ah”, exclama el General Martínez señalando al líder leonés Máximo Jerez: “Tú Máximo fuiste el que me murmuró al oído: ‘Tu candidatura es esencialmente conciliadora. No debes convocar a elecciones porque no conviene alterar la paz’”. Se oye entonces el comentario mordaz de José Santos Zelaya (dictador de 1893 a 1909): “Siempre hay quien nos aconseje lo que queremos oír”. El General Martínez asiente aunque agregando: “Pero fui a la reelección y gané”. A lo que otro de los presentes, el historiador Tomás Ayón, le riposta: “Pero inmediatamente tu propio consejero se levantó en armas. La guerra de 1863. Primera reelección: primera revolución. Jerez invade con dos mil hombres. Otra vez la sangre”. Los personajes regresados de la muerte se quedan meditativos, como asintiendo, hasta que Ayón resume su discurso con frases lapidarias: “En nuestra política la subversión siempre comienza desde arriba. Usted General venció a Jerez pero no los odios que volvieron a encenderse para siempre. ¡Toda la dolorosa ganancia (la unidad y la reconciliación) de la Guerra Nacional la echó a perder una sola reelección!”
Efectivamente, y aunque PAC aquí no lo mencione, el período posterior, conocido como el de los treinta años, fue sepultado abruptamente por los odios regionales latentes que estallaron en forma de guerra tras la reelección de Roberto Sacasa en 1891.
Con voz cortante y experimentada entra ahora al diálogo el General Zelaya: “Después de una reelección sólo se puede gobernar el país con las armas… mis tres reelecciones provocaron otras tantas revoluciones. La represión a esas revoluciones produjo nuevas subversiones… una última me hechó del poder en 1909. Caí y arrastré la caída de mi partido”.
El doctor Ayón le recuerda entonces el artículo I de la Constituyente que eligió al General: “Elígese Presidente de la República al General J. S. Zelaya sin lugar a reelección. ¿No estaría allí el subconsciente de la historia gritandole ¡Peligro! y usted lo ignoró? Hay leyes que son largas y costosas experiencias convertidas en normas. Violarlas no es saltar sobre una inofensiva palabra, sino trastornar todo un sistema y destruir todo un vasto tejido de relaciones humanas. ¿Qué opina General Chamorro?”
Emiliano Chamorro, el caudillo conservador que retomó el poder por un golpe de estado en 1925, sonríe cazurramente: “Para volver al poder yo usé otros medios[ dice, mientras mueve el dedo índice como disparando. El Lomazo; después hice que el Congreso me eligiera, aunque la ley designaba al Vice Presidente Sacasa para sucederme”.
“Y estalló la guerra”, advierte desde la penumbra la voz del General Moncada, líder de la posterior revuelta, “una sangrienta revolución”. “La vuelta al poder de Emiliano”, acota Ayón, “le costó el poder a su partido”. Entonces los concurrentes miraron al unísono a un personaje sentado en la esquina. Era el General Anastasio Somoza García: “A mí me costó la vida”, dijo, y todos callaron, quizás recordando el día que cayó abatido mientras celebraba su nueva postulación.
PAC cierra la historia de su sueño en forma magistral: “Entonces desperté. ‘Dios mío —pensé— ¡Lástima que haya sido yo el que soñó este sueño y no el Presidente de la República’”.
Lástima verdad, porque el entonces Presidente Anastasio Somoza Debayle —que no escuchó este sueño pero sí las voces que le susurraban “Somoza forever”, se reeligió. Decisión que terminó causando la revolución más sangrienta del siglo veinte. Y que también le costó la vida.
¡Ojalá escuchase este sueño el Presidente de la República!
El autor es sociólogo y fue ministro de educación entre 1990 y 1998.
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