Humberto Belli Pereira

El asalto a la Policía

Varias voces externaron recientemente que la comisionada Aminta Granera, directora de la Policía Nacional, no le quedaba otra alternativa que poner su renuncia, ya que las órdenes de Daniel Ortega, el Jefe Supremo de la Policía según la Constitución, le impedían usar con efectividad las fuerzas del orden. Entendemos el dilema que esta situación representa para la primera comisionada. En su fuero interno, y en vistas de su larga trayectoria, sabemos que es una persona de principios deseosa de manejar un cuerpo policial profesional e independiente, protector del derecho y el orden. Pero en su fuero externo, y por preceptos legales de alto rango, está obligada a obedecer las órdenes de su jefe, el Presidente de la República.

Esta situación la pone en un dilema límite: si hace que la Policía imponga la ley y el orden entra en contradicción con su jefe constitucional a quien ha jurado obedecer. Si cumple con su jefe entra en contradicción con principios y valores que, en ciertas circunstancias, pueden estar por encima del mandato presidencial.

Este dilema entre obedecer las órdenes del poder o la conciencia es tan viejo como la historia. Cuando los miembros del Sanedrín ordenaron a Pedro y sus apóstoles dejar de predicar, éste les ripostó: “Díganme ustedes si está bien dejar de obedecer a Dios por obedecer a los hombres”. Otro personaje que vivió este dilema hasta las últimas consecuencias fue Thomas More. Como canciller del reino estaba obligado a obedecer las órdenes de Enrique VIII, que quería legitimar su divorcio. Pero como católico, súbdito espiritual del Papa, estaba obligado a obedecer a éste y su doctrina. Su fidelidad a Roma y sus creencias le costó la vida.

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Está claro que quien está destruyendo el prestigio, profesionalismo y dignidad de la Policía Nacional es su jefe supremo, Daniel Ortega Saavedra

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Pero en la vida los dilemas se ven complicados por otras complejidades. Hay personas que han actuado éticamente permaneciendo en estructuras de poder viciosas, pero con la esperanza de poder hacer algo desde adentro. A veces lo han logrado y otras veces no. Uno de los elementos complicantes que enfrentan funcionarios en estas situaciones límites son los costos y beneficios relativos que pueden derivarse de su ruptura o su permanencia. Para esto no hay respuestas fáciles. Mucho depende de qué se conseguirá con una actuación u otra, de qué bienes o males colectivos podrán cosecharse a raíz de su acción. Quien actúa en dichas circunstancias tiene que analizar tanto la moralidad o inmoralidad de las acciones u omisiones que se le ordenan, como las repercusiones a mediano y largo plazo de lo que decida. Son dilemas siempre más complejos y difíciles de lo que parecen desde afuera.

Por ejemplo, ¿qué pasaría con la Policía Nacional tras la renuncia de la comisionada Granera? ¿Aumentaría su independencia y eficacia, o caería en las garras de subordinados inescrupulosos, deseosos de convertirla en un instrumento abiertamente partidario, capaz de perseguir y hostigar adversarios y promover la agenda dictatorial de su jefe? El análisis de las consecuencias de cambios importantes en instituciones tan sensibles debe hacerse con mesura y equilibrio. Cabe preguntarse si la presencia de Granera en la Policía es freno para su partidarización, o si es estímulo, o si es indiferente.

La comisionada Granera no está sola en su laberinto. Hay otros funcionarios, más o menos notorios y en posiciones de distintas envergaduras, que enfrentan dilemas parecidos, aunque quizás no tan agudos. ¿Qué dudas enfrentará el vicepresidente de la República? ¿El fiscal general? ¿El director de escuela?

Lo que es indudable es que una administración como la de Ortega, profundamente despectiva de la ley, la moralidad y el orden, impone un dilema ético tremendo a miles de sus servidores. Pero lo que debe estar claro es que el principal culpable de los desafueros que hoy campean en nuestro país no son las flojeras, indecisiones o acciones de los mandos subordinados, sino aquél de quien irradian todas las irregularidades como cascada pestilente que envicia todo. Quien está destruyendo el prestigio, profesionalismo y dignidad de la Policía Nacional es su jefe supremo, Daniel Ortega Saavedra. Él es quien está echando por la borda años de institucionalización y avances que tanto han costado. Él es quien está empeñado en hacer de los cuerpos de orden instrumentos pretorianos al servicio de sus ambiciones, exactamente como en tiempos de Somoza. Él es quien está desvirtuando la sangre de miles de jóvenes idealistas que murieron por construir una sociedad sin los vicios del pasado. A él, primero que nadie, hay que pedirle la renuncia. [email protected]

Opinión asalto Ortega Policía presidente archivo

COMENTARIOS

  1. CARLOS BONILLA DIAZ
    Hace 16 años

    Belli, ¿Cual Asalto a la Policia? si estos Siempre son los mismo Piricuacos Chapuceros de los 80.90 y del 2010…De Que Dudas…?

  2. Leanbien
    Hace 16 años

    La analogia de este articulo explica claramente lo que le pasa a la Aminta, por el contrario de Thomas Moore. Ella prefiere mantener sus prebendas presentes y futuras despues de su retiro. Y no piensa en el pueblo a quien debe de proteger por razon de su puesto, y no a un «jefe» a quien debe «obediencia» recuerde Aminta que la validez de esa obediencia esta enmarcada dentro del orden Constitucional y respeto a la Ley, cuando todo esto es violado por su «jefe» no hay juramento que cumplir.

  3. Jaime Pasquier Romero
    Hace 16 años

    La orden que da el Jefe al subordinado tiene que adaptarse estrictamente a la disposicion legal que la autoriza. La facultad de tomar una decision no es mas que el mecanismo operativo que permite materializar una preexistente concepcion valorativa que sirve de base a la comunidad. Ergo, el subordinado tiene que obedecer directamente la decision constitucional; el Jefe es unicamente el instrumento que indica la oportunidad de hacerlo.

  4. jose david laguna
    Hace 16 años

    Habria que preguntarle a Cristiana Chamorro que fue lo que plati
    caron en privado en la entrevista que tuvieron tiempo atras. Y yo
    creo que a lo mejor seria peor el remedio que la enfermedad, por
    que si ahora ella esta aguantando el aguacero y sin paraguas es
    porque si renuncia, el tal Francisco Diaz que dicen es consuegro
    de Ortegra enseguida el bachiller lo premia con ese puesto. Cons
    te que lo ascendieron a Comisionado sin merito y sin razon, solo
    por los nexos con el bachiburro

  5. guille
    Hace 16 años

    Humberto: Muchos Nazis siguieron esa linea de pensamiento que vos planteas, me quedo o me voy? puedo hacer algo desde adentro? Igual muchos Sandinistas en los 80
    AL final nada lograron, solamente fortalecer al regimen con su presencia y complicidad de hecho.

    Un argumento ilogico totalmente el que planteas. Deberia renunciar

  6. suje
    Hace 16 años

    SENORES altomando de policia , comicionada , granera no se dejen manipular por esto tridores del pueblo , ustedes ahora son un cuerpo profesional , decidan y no se dobleguen ya que el pueblo y dios los jusgara.

  7. Leanbien
    Hace 16 años

    Los que todavia siguen pensando que la Comisionada Granera es una victima, que se ve obligada a seguir las ordenes de su jefe, en contra de su voluntad. Olvidense, la Granera esta igual de quemada que el padre Chontaleño de la UNICA. La comisionada esta vendida desde hace muchas lunas. Para ella el pueblo le vale, primero estan sus intereses personales, ignorantes aquellos que todavia la miran presidenciable. que ya se descare como todos los corruptos, y deje de fingir que esta atada de manos

  8. El Norteño
    Hace 16 años

    No puede existir de parte de un funcionario publico dilema como el que se plantea en este articulo, solo existe una decision estar o no estar con el pueblo, con la ley, con la democracia. En este sentido, o avala a Ortega o Renuncia. Si cree en la democracia deberia renunciar y desenmascarar a Ortega, es decir, decidirse con quien esta.

  9. legolas
    Hace 16 años

    El dilema de Aminta? su dilema es aguantar hasta el fin de su período o renunciar y perder la jugosa pensión vitalicia. Es el mismo dilema del Fiscal General, de los Contralores, etc., etc.

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