Recuerdos del padre Caballero S.J.

Por Ricardo Serrano Quant

La muerte reciente del padre Caballero me ha impactado mucho. Yo siempre sentí un gran cariño y respeto por este personaje, quien fue toda una institución. De los curas verdaderamente excepcionales del colegio fue al que más respeté y admiré. Definitivamente se encuentra en un lugar muy especial de mi mente y de mi corazón. Me atrevería a pensar por mis condiscípulos y aseverar que ellos también comparten el mismo sentimiento.

Siempre me acordaré de su sotana de lino impecable, su barba cerrada nítida y discretamente perfumada, zapatos negros relucientes; erguido, de caminar rápido y elegante; con firmeza y personalidad. Seguro de sí mismo, con una mirada severa irradiando no sólo respeto y nobleza, también infundiendo temor. Pero detrás de todo esto sabíamos que había un corazón grande y bueno, un profesor que sobre todas las cosas quería enseñarnos a pensar, a discernir, a cuestionar, a nunca generalizar. Un hombre que buscaba la belleza en todas sus expresiones, enseñando con una elocuencia insuperable, exigiendo lo máximo de sus alumnos, inculcándonos valores básicos de integridad, disciplina, y perfeccionismo. Siempre queriéndonos alejar de la mediocridad y acercarnos a la excelencia.

Un hombre que descargaba con facilidad extrema comentarios llenos de una ironía impresionante e incomparable cuando hablaba de eventos, personas, y de los gringos. De personajes históricos, de viejas gordas, de jóvenes bonitas, de políticos y fiestas en las que él había participado. Enemigo acérrimo de la cursilería que estaba presente en casi todo lo que nos rodeaba.

Caballero fue un consumado profesor y perfeccionista en sus clases de Historia y Literatura. Siempre pareció tener como audiencia a candidatos a doctorados y no simples alumnos de secundaria. Daba mucho más de lo requerido y por eso fue muy admirado, respetado y digno de ser imitado.

En sus clases él se montaba en su “Clavileño” a volar por el espacio sideral. También nosotros nos remontábamos juntos con él, a otras épocas, siglos y personajes; en una vivencia tan espectacular que la podíamos vivir como una película llena de color y sonido, sin aire acondicionado y con chayules; contrastando con la realidad de un aula del Centro América con escritorio y asiento de dura madera. Él siempre nos trató como adultos porque quería que fuéramos hombres en el sentido más amplio de la palabra; exigiéndonos disciplina militar prusiana, estudio, respeto, responsabilidad individual; pero sobre todo que aprendiéramos a pensar y que nunca generalizáramos, que no fuéramos borregos y que valoráramos los valores democráticos y nos alejáramos de ser seducidos de cualquier tipo de dictadura. Éstos, a mi criterio, fueron los ejes fundamentales de sus enseñanzas.

En las misas de los sábados a la hora del evangelio, enfrente al micrófono estaba el padre Caballero, impresionante, misterioso y revestido de un aura intemporal, ajeno a todo lo que le rodeaba, su mano derecha se acercaba lenta y elegantemente a la altura de la faja de su reloj en la izquierda, que era rotada suavemente con movimientos leves. El silencio era absoluto, eran segundos que tardaban siglos. Nosotros en la capilla estábamos absortos a la expectativa del sermón y con voz suave, pero segura y cogiendo una fuerza gradual de seguridad y conocimiento, Caballero decía: El evangelio de mañana… y después comenzaban los comentarios llenos de sabiduría y sentido común, en un recorrido inolvidable, elocuente y lleno de enseñanzas en los asuntos de Dios y los hombres.

Debo confesar que iba a la Misa de los sábados por lo sermones del padre Caballero. “El evangelio de mañana…”

Padre Caballero, tu recuerdo será imperecedero. Gracias por tu ejemplo, enseñanzas y bravura de torero español; que Dios te tenga a su lado.

El autor es ex alumno del colegio Centro América, de Granada. Promoción de 1966.

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Opinión
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