En los últimos años he trabajado mucho con los diferentes grupos de teatro del país y me preocupa el abandono que sufre nuestro lenguaje en muchas de las representaciones que he visto. Muchos de los parlamentos del repertorio clásico, tanto internacional como nicaragüense, tienen fuerza, vigor y belleza; sin embargo, tales cualidades languidecen ahora olvidadas en un desván.
El empleo de vulgarismos, improperios y malas palabras es parte del arsenal que se utiliza en las tablas. Si bien en ocasiones funciona como catalizador de emociones o para provocar jocosidad, a veces deprime la sarta de vulgaridades inconexas.
Sería hermoso disfrutar el mensaje de una obra a través de un lenguaje poético, elaborado, coherente. Reflexionando sobre este tema, considero que ni la mitad de las creaciones que he visto, no sólo en Nicaragua, sino en varios países, tiene futuro; jamás estarán en el estante de una biblioteca ni podrán ser estudiadas en las universidades.
Es importante rescatar el valor literario, la calidad estética del lenguaje dramático, gestar monólogos que impacten y permitan a los actores demostrar sus destrezas histriónicas.
Es un reto que se puede asumir, porque talento sobra y poetas también; el nicaragüense lleva la poesía en su alma, y sólo necesita ponerla en blanco y negro en un papel para que sea apreciada.
No olvidemos los aportes de Pablo Antonio Cuadra, José Coronel Urtecho, Octavio Robleto y muchos más que supieron cultivar el género dramático con elocuente calidad artística.
Usemos bien el lenguaje en las tablas y tratemos además de lograr una correcta emisión de la cadena fónica para que sea escuchada por el auditorio. Recordemos que actuamos para un público, no para nosotros. Un actor es un comunicador, sin eso su labor es inútil.
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