Mi mamá siempre contaba que el día de su boda el cura comenzó a hacer chistes porque pensaba que iba a oficiar cinco bodas, pues resulta que mi padre se llamaba Jorge Antonio José Eulogio de la Caridad. Este último nombre era el aporte cubano a una familia descendiente de españoles, que replicaban los mismos nombres durante generaciones, con el toque del santoral para variar un poco.
Mi padre sólo usaba Jorge y nadie sabía de su frondoso nombre, así que mi madre fue la primera que se asombró cuando oyó al cura decir la retahíla aquella.
Si bien los nombres en español son muy variados, los apellidos no se quedan atrás, la mayoría de ellos según su origen se clasifican en apellidos patronímicos, toponímicos, derivados de oficios, descriptivos y castellanizados.
Los apellidos patronímicos se originan a partir de un nombre propio, se utiliza principalmente la desinencia -ez, por ejemplo González es el hijo de Gonzalo y Fernández de Fernando. Algo semejante ocurre con los apellidos ingleses y los rusos, entre otros.
Ciertos apellidos patronímicos no se transformaron y son el nombre que los originó como Alonso o García, mientras hay otros que se forman por sintagma preposicional: Del Greco (hijo del griego).
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Los apellidos toponímicos son muy abundantes en el mundo hispano; constituyen casi el 80 por ciento de los apellidos navarros o vascos. Su origen tiene que ver con el nombre del lugar de donde procedía la persona o donde tenía propiedades, terrenos, etc.
Estos son algunos ejemplos: Alameda, Arroyo, Aragonés, Asturias, Barceló, Cárdenas, Madrid, Miranda, Pineda, Rivas, Saravia, Toledo, Sevilla, Torres, Soto.
Hay apellidos que tienen que ver con elementos de la naturaleza, árboles, colores, edificaciones o accidentes geográficos, como Cerro, Colina, Cuevas, Lago, Montes, Castaño, Olmo, Robles, Palacios, Cabeza de Vaca, Aguilar, Fuentes, Puente, Blanco, Pardo, Rojo.
Están los apellidos derivados del oficio o profesión que se ejercía en la familia como Cantero, Ballestero, Barbero, Botero, Carretero, Correa, Escrivá, Guerrero, Hidalgo, Ferrer, Jurado o Manzanero.
También tenemos los apellidos de apodos o de descripciones que proceden de una descripción o un apodo de la persona o familia que se asocia con el apellido, como Aguado, Alegre, Calvo, Cabeza, Cabello, Bravo, Delgado, Gallo, Cortés, Hermoso, Leal, Moreno, Matamoros, Lozano.
Por último están los apellidos castellanizados, los cuales no tienen un origen hispano, pero con el tiempo se fueron transformando acercándose a la fonética española. Esto ocurrió con personas de otros países radicados en las colonias españolas y algunos apellidos indígenas.
Dentro de este grupo están: Guiñón, del francés Guignon; Gallardo, del francés Gallard; Jara, del árabe “lleno de vegetación”; Moctezuma, emperador azteca; Medina: voz árabe; Acuña, del portugués Cunha.
Es curioso que en casi todos los países hispanohablantes las personas tenemos dos apellidos: el de la madre y el del padre, a excepción de Argentina, que sólo usaba el paterno hasta el 2008, cuando un proyecto de ley trató de igualar esta situación al resto de países.
Nuestra identificación está compuesta del nombre de pila (puede ser más de uno), apellido paterno y apellido materno, en ese orden, y claro está, una persona tiene tantos apellidos como quiera, aunque sólo se permite generalmente registrar dos apellidos. En todo caso, mi padre con sus cinco nombres, solo tenía dos apellidos: Izquierdo Roque.
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