No fue un buen día para el Presidente Daniel Ortega. Las calles se las tomó la oposición que le cantó un viejo himno contra los dictadores y lo exhibió como un enorme caimán en las pancartas, una jornada cargada de humor contra el poder que cada vez queda más desnudo.
La gente podía ver los servicios ofrecidos por la Daniel Card, esa innovativa tarjeta de crédito usada en la política nicaragüense, con la que se pueden comprar judiciales, turbas, votos y todo cuanto la imaginación quiera, excepto una cosa.
“Un país libre no tiene precio”, se leía en una pancarta cargada por un joven barbado vestido de camiseta crema, entre las muchas que decoraron todo el panorama que se miraba desde la tarima de la oposición.
Desde ese sitio, en uno de los costados de Plaza El Sol, se escuchaban los morteros. Más de dos kilómetros y medio fueron llenados por pobladores que marcharon contra la reelección presidencial y contra el fraude electoral que hizo que el Gobierno se quedara con 109 alcaldías de 154 en noviembre pasado.
Es la primera demostración de fuerza que hace la oposición desde el ascenso de Ortega al poder en enero de 2007, la primera vez que las tropas de choque del Gobierno se quedaron únicamente en amagos.
LA FILOSOFÍA DEL MORTERO

Más de 300 metros hacia el oeste, donde se concentró la oposición, está la rotonda de Metrocentro.
Ahí hubo más de 500 personas vinculadas con el oficialismo, celebrando la “victoria electoral”. Separaban a ambos grupos tres cordones policiales.
- La vieja canción del maestro Peñaranda que le tocaban a Somoza García en 1947 volvió a sonar, pero esta vez dedicada al presidente Daniel Ortega.
La gente la repetía durante la marcha que convocó ayer a miles de ciudadanos en Carretera a Masaya, que llegaron sin miedo, pese a las amenazas proferidas por altos funcionarios.
Las calles no tienen dueños como el Gobierno aseguró. La oposición llenó aproximadamente dos kilómetros y medio y demostró así su rechazo al gobierno de Ortega, su inconformidad con la falta de libertades y el fraude electoral de las municipales de 2008.
No importaron las amenazas de las fuerzas de choque gubernamentales. La multitud se fue engrosando. Los asistentes vestían de azul y blanco, aunque habían algunos del Movimiento Renovador Sandinista, otros de Vamos con Eduardo y algunos más del Partido Liberal Constitucionalista. Las pancartas repetían que se vaya.
A su paso los saludaban. Nos tienen miedo, porque no tenemos miedo, dijo uno.
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En la rotonda de Metrocentro, jóvenes encapuchados y “cachorros” de otras épocas cumplían la misión de “defenderse” como dijo uno.
Ahí estaba Rolando, 15 años, estudiante de un colegio de Managua, moreno, a lo sumo cien libras, camisa roja y pantalón celeste. Ahí estaba él disparando un mortero.
El poder en las calles del FSLN podía resumirse en los encapuchados que agarraron su mortero y dispararon al cielo.

Lo hicieron varias veces, formando antes un arco humano alrededor de las rayas ocupadas para dividir los carriles de la rotonda.
—¿Qué se siente disparar un mortero —le preguntamos a Rolando.
—Es rico, es sabroso, una liberación, yo hasta lo hago con una mano para que veás —dice.
—Es más rico que jugar futbol, que beber cerveza —corrige Juan, también de 15 años y amigos por lo que se ve.
Rolando estudia gracias a una beca que le da el Presidente, comenta. Está agradecido.
Es pobre y su padre abandonó el hogar. No hay tiempo para conversar mucho esta mañana.
BAJO ORDEN DE LA DGSE

A media plática pasa él. Es Luis Armando “El Chiri” Guzmán, camiseta roja, antiguo miembro de la Seguridad del Estado.
De hecho, uno de los hombres de más confianza del coronel retirado Lenín Cerna Juárez, el asesor militar del mandatario.
Guzmán apurado les grita: “¡En dos minutos otra vez!” Mira el reloj.
Otro, un barbudo que carga un palo, les grita a los jóvenes que revisen si tienen alguna viruta en el tubo del mortero. Otro les ordena que se separen a un brazo de distancia.
Rolando obedece a todo, igual el resto, donde se mezclan viejos vestidos de verde olivo cargando garrotes y una bonita mujer que le pega gritos a los medios y les reclama que digan la verdad. ¿Cuál verdad? Pues que el gobierno de Ortega ha hecho mucho por los pobres, que por eso lo quieren reeligir.
Ése es el mismo argumento de Luis Barbosa, representante de los trabajadores en la Central Sandinista.

Para él, el mortero es un símbolo de luchas pasadas, donde han perdido compañeros.
No lo ve como una amenaza, como una intimidación a los que no comparten sus ideas, a esos grupos de la oposición que se ven a lo lejos.
“El mortero es un símbolo de lucha. No es culpa nuestra que le tengan miedo. A veces este mortero no es tan dañino como las cosas que se dicen a través de los medios de comunicación, que destruyen personas. El mortero se ha usado por siempre, hay algunos caseros que se usan en la Purísima y éste es manual, lo usamos cuando nos enfrentamos a la Policía con el gobierno de doña Violeta (Chamorro)”, aseguró Barbosa. Lo rodean los lanzamorteros.
A lo lejos, pese a la intimidación otra historia se escribe. Por primera vez se oyó la protesta en las calles que mantiene bajo férreo control del FSLN.
El Gobierno hizo más tarde su contramarcha, pero fueron menos. Al fin y al cabo, los peces y el pan se multiplican una vez como el milagro bíblico.
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