- El testimonio de los obispos
El jueves 13 de agosto de este año, el Obispo de Estelí, monseñor Abelardo Mata, denunció que había sido amenazado de muerte. Fue “por meterme en cosas que no me competen y expresaron específicamente que era sobre la vida nacional”, explicó el prelado esteliano a LA PRENSA. Por cierto que en esos días también fueron objeto de amenazas de muerte los obispos de Granada, monseñor Bernardo Hombach, y de Chontales, monseñor Sócrates René Sándigo, después de que la Iglesia católica había condenado la agresión que algunos partidarios del Gobierno perpetraron contra miembros de organizaciones de la sociedad civil, cuando éstos iban a realizar una actividad cultural en los predios de la Catedral de Managua, con la debida autorización.
Sin embargo, en aquella ocasión la Iglesia católica le restó importancia a las amenazas de muerte recibidas por los tres obispos. El Arzobispo de Managua y presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, monseñor Leopoldo José Brenes Solórzano, declaró que: “La amenaza no nos preocupa, nosotros seguimos trabajando, estamos muy comprometidos con el año sacerdotal”. Y el mismo monseñor Abelardo Mata utilizó la expresión popular de que “perro que ladra no muerde” y de manera filosófica dijo simplemente: “Estamos advertidos”.
Ahora que el presidente Daniel Ortega ha atacado públicamente a monseñor Abelardo Mata porque aceptó la invitación que le hicieron para desempeñar la función de mediador en las pláticas por la unidad entre las principales facciones del partido liberal de Nicaragua, que encabezan Eduardo Montealegre y Arnoldo Alemán, el Obispo de Estelí le ha dado más importancia a las amenazas.
Con toda razón, monseñor Mata ha advertido que es muy peligroso que Ortega manipule subliminalmente la palabra de su apellido, Mata, para decirle a sus seguidores que el Obispo “está matando. Mata la confianza del pueblo, la mata. Mata la confianza en su labor pastoral”. Tales fueron las palabras que usó Ortega en su ataque contra monseñor Mata, el sábado pasado, durante un acto político para entregar títulos de propiedad en un barrio de Managua. “Está vendiendo la idea subliminalmente, (pues) que la venda. Si mi sangre abona a la paz social y en beneficio de la República, de algo servirá”, aseguró el prelado de Estelí, quien es uno de los más vigorosos críticos de los abusos gubernamentales, las violaciones de los derechos humanos de los nicaragüenses y la paulatina supresión de la libertad y la democracia que está perpetrando el régimen de Daniel Ortega.
Pero los que amenazan a monseñor Mata y a otros obispos de Nicaragua, están muy equivocados si creen que de esa manera los van a atemorizar y obligar a dedicarse exclusivamente a rezar dentro de las sacristías, como el mismo Daniel Ortega les ha recomendado hacerlo. Estamos seguros de que no es por eso, ni por nada, que los obispos dejarán de clamar por los agredidos, por los sedientos de libertad y de justicia. Y si los que amenazan a los obispos están dispuestos en realidad a pasar de las palabras a los hechos, tampoco así van a cambiar el rumbo de la Iglesia católica, cuyos sacerdotes y obispos están consagrados y han sido formados para soportar lo peor, incluso la tortura y la muerte, por dar el testimonio de su fe.
En realidad, desde su formación en los primeros años de nuestra época la historia de la Iglesia católica ha estado señalada por el ejemplo de los obispos mártires. Y no sólo de “mártires blancos”, como se les llama a los que dan testimonio de la fe con su santidad ascética y su compasión cristiana, sino también de “mártires rojos”, que son aquellos que igualmente por dar el testimonio de la fe mueren violentamente a manos de criminales de cualquier clase. Inclusive en los tiempos actuales hay obispos mártires, ya sea que han sido víctimas de dictaduras comunistas como por ejemplo el obispo Gao Kexian, de China continental, asesinado en la cárcel en enero de 2005, o de criminales ultraderechistas como fue el caso del Arzobispo salvadoreño, monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado a balazos el 24 de marzo de 1980 mientras oficiaba la eucaristía en la capilla de un hospital de San Salvador.
Ojalá que quienes amenazan a los obispos no se atrevan a atentar contra ellos, ni contra ninguna de las otras personas que han sido amenazadas de muerte. Pero en todo caso, si quieren pasar de las palabras a los hechos tienen que saber que en la sangre de un obispo se ahogarían los mismos asesinos, junto con el régimen que representan.