Haciendo lo suyo y lo ajeno

El famoso periodista, escritor, político y parlamentario italiano, Gaetano Mosca (1858-1941), a quien se le reconoce haber creado el concepto de Clase Política, sustentó la tesis de que siempre se impone “una minoría organizada sobre una mayoría desorganizada”. Esa regla utilizaron líderes totalitarios que aparentemente eran contrarios ideológicamente, pero en realidad idénticos en sus fines y métodos políticos —como Vladimir Ilich Lenin en Rusia y Adolfo Hitler en Alemania—, para tomar el poder político apoyados en partidos bastante minoritarios, pero muy bien organizados y con militantes fanatizados. Y es la misma regla antidemocrática que aplican ahora políticos aventureros y autoritarios como Hugo Chávez en Venezuela y Daniel Ortega en Nicaragua. Éstos, apoyados en movimientos o partidos políticos evidentemente minoritarios, pero muy bien organizados y carentes de escrúpulos políticos y morales, se han adueñado del poder y dominan o tratan de dominar a sus países de manera absolutista, con un discurso populista, pero con desprecio total a los principios democráticos, a los valores de la libertad y a los derechos humanos.

El FSLN es un partido minoritario, sin dudas de ninguna clase. Si se considera que las elecciones populares constituyen la mejor medida de la fuerza o debilidad de los partidos políticos, hay que reconocer que todos los comicios electorales que se han realizado desde 1990 hasta ahora demostraron de manera incuestionable que el partido de Daniel Ortega es una minoría y que la población democrática es contundentemente mayoritaria. La verdad es que Ortega sólo pudo recuperar el poder gracias al pacto con Arnoldo Alemán y el Partido Liberal Constitucionalista (PLC), a los que garantizó una cuota permanente aunque variable de participación en los poderes del Estado, a cambio de la reforma constitucional que bajó el umbral electoral al 35 por ciento, justamente lo necesario para ganar la elección presidencial. Y ahora que está en el poder gracias a la traición a la democracia que ha significado el pacto libero-sandinista, Daniel Ortega, quien no es un verdadero demócrata y sólo aprovecha los mecanismos de la democracia para alcanzar sus fines autoritarios, atropella la ley, pisotea los principios democráticos y, por medio de la fuerza, el chantaje y el soborno, trata de quedarse para siempre en el poder.

Pero mientras Daniel Ortega está en lo suyo y hace de las suyas, la oposición pareciera estar dedicada a hacer lo ajeno, es decir, a facilitar con sus pleitos y sus divisiones el insidioso objetivo orteguista de falsificar el sistema electoral, de eliminar la forma democrática de gobierno, de restringir o suprimir las libertades y los derechos de los nicaragüenses, de imponer una nueva dictadura.

La experiencia política universal enseña que los políticos democráticos deben cumplir la regla no escrita, de que la unidad hay que buscarla cuando sea necesaria, pero que la libertad hay que procurarla todo el tiempo y en todas las circunstancias. Esto significa que los políticos que se dicen demócratas y forman parte de la Asamblea Nacional, deben unir allí sus votos siempre que sea necesario, para aprobar una ley o una disposición parlamentaria de contenido e interés democrático. Y que en la defensa de la libertad y el esfuerzo por evitar la pérdida de la democracia, es decir, en la lucha contra Daniel Ortega y sus propósitos continuistas, todos los partidos, grupos políticos, gremios y movimientos sociales democráticos, deben unirse para enfrentar la insana pretensión del inveterado y obsesivo dictador sandinista.

Es cierto que las luchas de fracciones y de personas entre la oposición son comprensibles e inclusive inevitables, como los pleitos de familia. Pero no deben impedir el consenso y la unidad, que se logran precisamente a partir del disentimiento y la división, sin imposición, ni arrogancia de nadie. Así debería de resolverse la disputa que hay ahora en el interior del Partido Liberal Independiente (PLI), el cual es una esperanza para la población democrática, que sin embargo, podría malograrse si sus dirigentes no manejan las contradicciones internas con sentido de responsabilidad.

En realidad, más que una obligación política es un deber patriótico de los dirigentes del PLI y de toda la oposición democrática, dialogar, ceder, buscar y alcanzar las grandes coincidencias que están a la vista, aunque algunos no quieran verlas. Se trata de la defensa de la libertad, la reconquista de la democracia, la recuperación de la República, la imperiosa necesidad de derrotar al orteguismo.

Editorial
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