“Nihil desperandum”

En su mensaje de Navidad de este año, el Arzobispo de Managua y presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, monseñor Leopoldo Brenes, ha animado al pueblo nicaragüense a tener fe y no perder la esperanza, a pesar de todas las graves dificultades y adversidades que sufre actualmente. “No podemos negar que hemos vivido momentos muy duros en las últimas semanas y que muchas heridas que ya iban cicatrizando se han abierto nuevamente”, expresa monseñor Brenes en su mensaje navideño. Y agrega: “Pronósticos nada positivos en el plano económico, producto de la crisis mundial podrán golpearnos a todos sin excepción. Sin embargo somos un pueblo de fe profunda que confía en Dios, que nunca nos abandona, y que al igual que a los apóstoles en medio de la tormenta que zarandeaba la barca, a los que temieron el Señor les dice: Hombres de poca fe, si confían en Él no hay dudas que los llevará a puerto seguro”.

El llamado que hace monseñor Brenes al pueblo de Nicaragua, a tener esperanza en medio de la tormenta que zarandea el barco de la nación y la vida de cada nicaragüense, tiene una gran importancia. Y es muy oportuno, porque en los actuales momentos no pocas personas pierden la confianza en las instituciones democráticas y se llenan de pesimismo por el avance aparentemente incontenible de la dictadura de Daniel Ortega.

En realidad, son muchos los nicaragüenses que, como votaron en las elecciones municipales del 9 de noviembre pasado con la convicción de que su voto valía y que su voluntad política electoral sería respetada, pero les robaron sus votos, han perdido la confianza en las elecciones, en la validez de la lucha cívica y en las instituciones de la democracia. La esperanza y la fe del pueblo nicaragüense en los principios y valores de la libertad y la democracia —que son tan caros a la condición humana y condición indispensable para la vida civilizada—, han sido destrozados por un gobierno de gente irracional que lanza a la calle a turbas enardecidas por el resentimiento social y el odio político, gobernantes que claman que el amor es más fuerte que el odio mientras mandan a sus partidarios a disparar morteros contra personas pacíficas, a apedrear y apalear a ciudadanos indefensos ante la pasividad cómplice de la “autoridad” policial.

Pero la dictadura no se impone sólo por medio de la fuerza bruta, de la violencia callejera, de la violación de las leyes, del atropello a los derechos humanos, del fraude electoral y del insulto vociferante a la comunidad democrática internacional. Para imponerse la dictadura también apela a la desesperanza y al derrotismo de la gente, que se derivan de la falsa creencia en que el maligno es invencible y que nada se puede hacer para detenerlo.

De manera que es sumamente importante tener esperanza, confiar en las propias fuerzas y fortalecerse con la fe en que con ésta se puede incluso mover montañas, ya no digamos frenar o derribar a un dictador. Y en este campo los líderes religiosos, políticos y sociales así como los formadores de opinión, tienen que infundir la esperanza en la conciencia de los ciudadanos, con la certeza de que tal como lo dijera el apóstol norteamericano de los derechos humanos y la igualdad racial, Martin Luther King, quien ayuda a una sola persona a tener esperanza, no habrá vivido en vano.

“Nihil desperandum”, no hay que perder la esperanza, escribió Horacio Quinto Flaco, el gran poeta latino de la antigüedad quien fuera hijo de un esclavo romano y el mismo que con su célebre y motivadora expresión “Carpen diem”, animó a las personas a no perder el tiempo, a aprovechar cada oportunidad que se presenta en la vida. Y de ese mismo modo, como un llamado a no perder la fe, a mantener viva la esperanza y a aprovechar toda oportunidad de defender la libertad y la democracia, entendemos el mensaje navideño del Arzobispo de Managua.

En realidad, no se debe olvidar que la dictadura de Daniel Ortega ya fue derrotada en 1990, cuando era mucho más poderosa. ¿Y cómo no va a poder el pueblo democrático derrotar ahora a un orteguismo que no tiene autoridad moral y por el fraude electoral ha perdido toda legitimidad política, en Nicaragua y ante la comunidad internacional?

Editorial
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