La celebración de María

  • La Iglesia católica y los católicos de Nicaragua celebran en estos días dos aniversarios memorables, relacionados con el culto a la Virgen María. Uno es el 150 aniversario de La Gritería, que se inició el 7 de diciembre de 1857 en la ciudad de León, por iniciativa del cura franciscano Gordiano Carranza; y la otra es el 25 aniversario de la Consagración de Nicaragua a la Virgen María, en 1982, cuando la nación sufría una angustiosa situación de intolerancia, persecución religiosa, autoritarismo político, penuria económica e instigación de odios sociales, en el marco de una revolución que decía ser emancipadora pero que en realidad era esclavizante.

    La celebración de estos dos aniversarios marianos es propicia para reflexionar sobre la situación crucial en la que vive actualmente Nicaragua, y acerca de la función de la Iglesia católica como institución y del catolicismo como fuerza social. Al respecto es necesario considerar ante todo que de nuevo el gobierno de Daniel Ortega está manipulando la celebración de La Purísima y el culto a la Virgen María —igual o peor que lo hizo en los años ochenta— con descarados fines de clientelismo político. El régimen de Ortega está desvirtuando la imagen de la Virgen María, quiere convertirla en un icono de santería política y ofende así la conciencia y la fe de los verdaderos creyentes católicos. Y es preciso señalar muy claramente que es inadmisible y condenable cualquier manipulación de la imagen de la Virgen María y de la religión en general, quien quiera que sea el manipulador y cualquiera que sea su motivo.

    La religión católica, como es muy bien sabido, es una fe, una dogmática teológica y un sistema moral. Pero es también un hecho cultural que tiene extensas y profundas proporciones históricas, el cual se manifiesta en múltiples y diversos comportamientos individuales y colectivos de los nicaragüenses, que definen y perfilan la personalidad de nuestra sociedad. Tal es el caso del culto a la Virgen María y su singular celebración popular que entusiasma y moviliza prácticamente a toda la nación.

    Sin perjuicio del respeto que merecen las otras confesiones religiosas y denominaciones eclesiales, y del derecho que tiene cada nicaragüense a profesar la religión que mejor le parezca — o a no profesar ninguna—, es innegable que la Iglesia católica está profundamente arraigada en la sociedad nicaragüense y que el catolicismo de la mayoría de los nicaragüenses —militante o pasivo— es una realidad. Y sin duda que la jerarquía católica de Nicaragua está sumamente preocupada por la situación difícil y aflictiva en la que se encuentra el país actualmente. Así lo demuestra el Mensaje de la Conferencia Episcopal que se dio a conocer este 6 de diciembre en la Basílica Inmaculada Concepción de María, en El Viejo.

    Es propio de la Iglesia católica encarar situaciones como la que hay actualmente en Nicaragua, con voluntad y actitud dialoguista. Pero también con firmeza de principios, como cuando consagró Nicaragua a la Virgen María, en 1982, mientras el país sufría el lacerante rigor de la primera dictadura sandinista. Ahora el país afronta la grave amenaza del renacimiento y retorno de la dictadura. Y a nuestro juicio, en estas circunstancias la Iglesia católica debe actuar en el mismo sentido e igual propósito que cuando consagró Nicaragua a la Virgen María, y fue merecedora del reconocimiento de la opinión pública democrática del país y la comunidad internacional por su compromiso con el derecho de todos los nicaragüenses a vivir en libertad y democracia.

    La Iglesia católica no es una institución política. Pero eso no significa que la política sea ajena a ella. En los momentos cruciales de la historia de Nicaragua la Iglesia católica siempre ha iluminado al pueblo con su doctrina liberadora y ha puesto su enorme potencial motivador y transformador al servicio de las mejores causas nacionales. Está en el ámbito de las obligaciones religiosas y morales de la Iglesia católica propiciar el diálogo y predicar la reconciliación nacional, pero auténtica, o sea fundada en el reconocimiento sincero y explícito de las culpas y errores y con verdadero propósito de enmienda. Y así también es deber de la Iglesia católica infundir en los nicaragüenses los valores que sustentan la vocación de libertad y la conciencia democrática de la nación.

Editorial
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