Recientemente se ha revivido el debate entre religiosos y personas que se autollaman ateos o agnósticos. Los últimos cuestionan a los primeros y, para demostrar la pretendida verdad de sus argumentos, citan hechos históricos que desvirtúan la religión —como si las ideologías jamás hubieran tenido dioses y producido atrocidades.
Más allá de los actos erróneos de individuos a lo largo de la historia política y religiosa, se puede afirmar que todo ser humano —lo sepa o no— posee un tipo de fe. Lo que demuestra la verdad de la sustancia de un tipo determinado de fe es, por un lado, su permanencia a través de los tiempos y, por otra parte, su utilidad específica en los momentos críticos de la vida individual. Lo que pasa de moda y se olvida no puede ser fundamento confiable para la existencia. Lo que no ayuda a resolver las incógnitas más hondas ni da consuelo ante la tragedia, ni ante hechos desconcertantes como la muerte o la expansión del universo, no puede ser real.
Así como hay fe religiosa hay fe ideológica y en una y otra esfera se pasa forzosamente a través del proceso de conversión. Jürgen Baden, lo dice bien: “La conversión ideológica constituye la variante ‘mundana’ de la religiosa; pues, el fenómeno de la conversión se ve trasladado del plano religioso al ideológico-político”. Este autor alemán recoge la experiencia de individuos prominentes que experimentaron conversiones religiosas e ideológicas y establece que la militancia político/ideológica refleja en gran medida la vida religiosa.
Por ejemplo, el político asume como verdad la ideología/doctrina que profesa y que determina su práctica. Rinde fidelidad a un dios/partido y a un líder/profeta que lo conduce. Está consciente que es parte de una membresía/hermandad con la cual mantiene una relación cerrada y excluyente. Busca adeptos. Se reúne en asambleas/cultos periódicamente. Experimenta migraciones/apostasías de sus miembros/hermanos. Cree en la posibilidad de una sociedad justa/Cielo en cuyo seno los ciudadanos gozarán de plenitud de vida/salvación.
Martin Buber decía que el ser humano aspira a la construcción de una “casa-mundo” para entregarse en ella a una imperturbable seguridad”. Esta “casa-mundo” representa a un sistema estable que, sin embargo, está sujeto a ser destruido y sustituido por otro. Así que todos van en busca de esa “casa-mundo”, sea a través de una fe ideológica que aspira a la construcción de un paraíso sobre la tierra o de la fe religiosa que tiene esperanza de vida eterna en el Cielo.
No es, pues, el hecho de tener fe lo que diferencia a las personas sino más bien el tipo de fe que cada cual profesa y su objeto. Aquellos que se niegan a admitir que creen, por lo general utilizan su postura como un escudo, porque no tienen el valor de comprometerse con algo o con alguien y resulta más cómodo vivir del ataque.
Pero lo cierto es que cuando se deja de creer en algo, es porque se ha comenzado a creer en otro algo. Se deja de creer en la creación para creer en la evolución o viceversa. Y aun cuando el agnóstico afirma que no está equipado para saber qué creer, al menos sabe que cree eso.
En todo caso, se vale dejar una fe por otra que se considera superior, cuando nuestra inteligencia nos dice que la fe que tenemos no está ayudándonos a crecer como personas. Este es el fondo del asunto en cuanto a la validez de una fe determinada, y se necesita coraje y honestidad para aceptar la desilusión, para conservar la capacidad de duda y de crítica y escapar a tiempo de los dioses que no lo son, para seguir buscando una “casa-mundo” construida de mejores materiales.
Sin embargo, hay una diferencia sustancial entre la fe religiosa y la fe ideológica/política: los hombres y sus ideas no son trascendentes ni eternos sino que están sujetos a surgir y desaparecer; a hacerse y deshacerse; a ponerse de moda y pasar de moda. Dios en cambio, es trascendente y en consecuencia, permanece después de que las ideologías envejecen y las doctrinas políticas son olvidadas.