El injerencismo imperial de Chávez

Las relaciones entre los gobiernos reflejan muchos aspectos de las relaciones interpersonales. Así como hay personas que ayudan a otras por el único interés de servir, también existen las que se aprovechan del amigo al que ayudan y ofenden la dignidad del ayudado. Hay gente respetuosa pero también la hay abusiva. En el plano internacional, asimismo, existen gobiernos respetuosos y gobiernos abusivos. Las naciones europeas, por ejemplo, son un ejemplo típico de relaciones internacionales respetuosas. Esto se debe al alto desarrollo cultural y democrático que han alcanzado estos países en donde las instituciones funcionan sin personas imprescindibles y al margen de quién sea el que está al frente del Estado. Sin embargo, hay otros gobiernos rústicos, como el del dictador venezolano, Hugo Chávez, cuya asistencia va acompañada de injerencismo y de manoseo de la dignidad nacional porque no son las instituciones sino un individuo el que determina el quién y el cómo de las ayudas que ofrecen.

Gracias al enorme ingreso que le produce la venta de petróleo, Chávez pone en las manos de sus vecinos latinoamericanos cientos de millones de dólares. En sus discursos dice que lo hace por solidaridad y para ayudar a estos países a conseguir su libertad del “odioso imperio norteamericano”. Sin embargo, en la práctica, busca conseguir el apoyo latinoamericano para crear su propio imperio a través de un dislocado proyecto personal que llama “socialismo del siglo XXI”. Por lo tanto, su ayuda no es incondicional sino que Chávez se va a cobrar con creces cada dólar que desembolse. En Nicaragua todavía el mandatario venezolano no ha hecho gran cosa, aparte de grandes promesas y, sin embargo, ya comenzó a cobrar por adelantado. Viene al país con la actitud del que visita su finca privada. Trae hasta su propio equipo de protocolo que organiza su arribo al aeropuerto, desde el sistema de audio y la posición en que deben estar ubicados los parlantes hasta la manera en que los cadetes nacionales deben sostener las banderas. Sus funcionarios de seguridad ordenan e incluso regañan a los nicaragüenses, cuando no hacen las cosas de acuerdo a sus instrucciones. A los danielistas que asisten a escuchar sus discursos llama a “evitar que las fuerzas internas de la derecha, de la reacción y de la contrarrevolución, apoyadas por el imperio (EE. UU.), logren detener el proyecto sandinista”. Al mismo tiempo, insta al presidente de Nicaragua, Daniel Ortega a que se apresure a copiar el modelo venezolano de gobierno y dice que ambos, el gobierno venezolano y el nicaragüense, constituyen uno solo. Esto último, tal vez una forma subliminal de afirmar que se propone mandar en Nicaragua así como en su país porque siente que sus promesas de millonaria ayuda al actual gobierno, le dan el derecho de manosear la soberanía nicaragüense.

Ahora bien, que Chávez hable y actúe de esta manera no debe sorprender a nadie. Ya hemos dicho que el mandatario venezolano es una copia al carbón de los muchos dictadores que han avergonzado la historia latinoamericana. Peor todavía, porque en su megalomanía tiene apetitos imperiales, busca cómo extender su influencia a otros países del área. Lo preocupante es la docilidad de Daniel Ortega y su círculo de “revolucionarios” que lo acompaña, hacia el mandatario venezolano; su disposición de entregar el país a cambio de ayuda económica. ¿Acaso hay unos injerencismos mejores que otros? ¿Son buenas las declaraciones políticas de Chávez en territorio nacional, acerca de cómo se debe gobernar el país y quiénes deben gobernarlo, y malas las del embajador de Estados Unidos, Paul Trivelli? ¿Cuál es la diferencia? ¿Está Nicaragua en venta al mejor postor?

Aparte de la hipocresía política gubernamental, tal vez lo más grave de todo sea que el presidente sandinista Daniel Ortega se está dejando arrastrar por Hugo Chávez hacia una innecesaria confrontación con Estados Unidos. ¿Por qué tiene Ortega que meterse con la gira del presidente George Bush por Latinoamérica? ¿Cuál es la necesidad de eso, desde el punto de vista de los intereses nacionales? Los diputados en la Asamblea Nacional que representan a la mayoría democrática de los nicaragüenses (68 por ciento) deben unirse para evitar que el país sea conducido hacia el ojo del huracán. Después será demasiado tarde.

Editorial
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