Megalomanía sin límite

Los medios de comunicación no le concedieron importancia al reciente fallecimiento del presidente de Turkmenistán, Saparmurat Niyazov, seguramente porque lo que ocurre en ese lejano país asiático a nadie le importa en Nicaragua.

Turkmenistán, en efecto, está ubicado en el Asia Central, a orillas del desierto de Gobi, junto al Mar Caspio y es fronterizo con Kazajstán, Irán y Afganistán. Turkmenistán formó parte de la extinta Unión Soviética y se proclamó independiente cuando el imperio comunista ruso se disolvió, en 1991. Pero lo más interesante del caso de Niyazov es que demuestra que la megalomanía política y la estupidez humana no tiene límites, como decía Albert Einstein, y este es un problema de dimensión universal.

Niyazov tenía casi 66 años de edad. Se afilió al Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) en 1962 y se graduó en 1967 en Física y Matemática, en el Instituto Politécnico de Leningrado, que ahora es San Petersburgo. En 1985 Niyazov fue designado jefe del gobernante Partido Comunista en Turkmenistán y Presidente de esa república soviética. Pronto estableció una férrea dictadura personal y, en 1990, poco antes del desmoronamiento de la URSS, se hizo reelegir Presidente de Turkmenistán con el 98.3 por ciento de los votos. En 1999 el Parlamento turkmeno lo proclamó presidente vitalicio del país.

Niyazov impuso un demencial culto a su personalidad que, según diplomáticos extranjeros acreditados en Ashjabad, la capital de Turkmenistán, sobrepasó las dimensiones del culto a Hitler en la Alemania nazi, a Mussolini en la Italia fascista, a Lenin y Stalin en la Unión Soviética comunista, a Ho Chi Minh en Vietnam, a Kim Il Sung en Corea del Norte y, todavía hoy, a Fidel Castro en Cuba.

Niyazov se cambió el nombre y pasó a llamarse Turkmenbasy (que significa padre de los turkmenos), imprimió su rostro en todos los billetes de la moneda nacional (llamada Manat) y estableció la fiesta nacional el 19 de febrero, el día de su cumpleaños. Los monumentos de Niyazov se erigieron en todas partes del país, siendo el principal de ellos el que se alza en la plaza central de Ashjabad: una gigantesca estatua cubierta con oro que gira sobre sí misma, para que el sol siempre ilumine el rostro del tirano. Y para demostrar que él, como un dios, todo lo puede, Niyazov hizo construir en las afueras de Ashjabad —que está situada en uno de los lugares más calurosos y secos del mundo— un palacio de hielo para practicar deportes de invierno.

Otras extravagancias de Niyazov fueron las de mandar a colocar en todas partes retratos de su madre, a quien le erigió también una estatua en Ashjabad; cambió los nombres de los días y los meses (por ejemplo, enero ahora se llama Turkmenbashí, en honor a su propio nuevo nombre; abril es Gurbansoltamedzhe, el nombre de su madre; y curiosamente, Niyazov murió un jueves, que ahora se llama Sogap gün y significa “día bendito”); prohibió a los jóvenes usar barba y pelo largo; clausuró los teatros de ópera y ballet, salas de conciertos y espectáculos circenses; eliminó las bibliotecas; cerró los hospitales y dejó únicamente el de Ashjabad; prohibió escuchar la radio en los automóviles y nadie puede ponerse piezas de oro en la dentadura, entre muchas otras locuras impuestas por Niyazov.

En el aspecto propiamente político, Niyazov impuso una brutal tiranía. En Turkmenistán no se respetan los derechos humanos (a pesar de que el país es miembro de la ONU y ha suscrito todos los tratados de derechos humanos), no existen medios de comunicación independientes ni hay partidos de oposición y los diputados han sido designados personalmente por Niyazov. Incluso, en el año 2002 el tirano inventó un atentado contra su vida para justificar la expulsión del país de todas las personas que estaban identificadas como opositoras al régimen.

El caso de Saparmurat Niyazov, o Turkmenbasy, es una clara demostración de que la megalomanía política —y la estupidez humana que la permite y la reconoce— es ilimitada. Por supuesto que lo de Niyazov en Turkmenistán ha sido un caso extremo, pero la megalomanía es perniciosa en todas partes del mundo y en todos los tamaños, hasta en el de los pequeños caudillos y ladrones del erario en nuestra América tropical, que se hacen llamar comandantes supremos o jefes de jefes y a quienes sus serviles seguidores les rinden estúpidas pleitesías.

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí