En medio de los dos festejos partidistas del mes de julio —de los liberales el 11 y de los sandinistas el 19— se encuentra establecida legalmente una celebración que compete a todos los nicaragüenses: el Día de la Bandera Nacional, hoy 14 de julio.
El Día de la Bandera Nacional fue establecido mediante el Decreto 1908, aprobado el 23 de agosto de 1971 y publicado en La Gaceta, Diario Oficial del Estado, en su número 194 del 27 de agosto de ese mismo año. Y aunque el texto de dicho decreto legislativo y presidencial no dice por qué se escogió el 14 de julio como Día de la Bandera Nacional, se conoce que fue porque en esa misma fecha se abrogó del Tratado Chamorro-Bryan. Este Tratado, que pesaba como un vergonzoso baldón sobre la soberanía nacional de Nicaragua, fue suscrito en 1914 por el entonces embajador nicaragüense en Estados Unidos, Emiliano Chamorro y el Secretario de Estado norteamericano William Jennings Bryan, y concedía a Estados Unidos derechos a perpetuidad sobre el territorio nacional para la construcción de un canal interoceánico, cuando a la parte estadounidense se le ocurriera hacerlo.
Sin duda que la abrogación del Tratado Chamorro-Bryan, lograda por el gobierno del general Anastasio Somoza Debayle, fue una de las más significativas realizaciones del régimen somocista. Y siendo que fue una conquista de auténtico interés nacional, a pesar de los sentimientos antisomocistas de gran parte de la población prácticamente todos los sectores políticos y sociales de Nicaragua dieron como bien establecida la celebración del Día de la Bandera Nacional, el 14 de julio de cada año.
Cabe aclarar que el Decreto 1908 aprobado en agosto de 1971 no creó la Bandera Nacional, sólo estableció legalmente el día de su celebración. En realidad, la Bandera Nacional existe desde que Nicaragua se constituyó como Estado independiente. Primero, el país adoptó como propia, en 1823, la Bandera de la República Federal de Centroamérica. Después de la disolución de la Federación Centroamericana, en 1938, Nicaragua siguió usando la misma bandera federal, hasta que en abril de 1854, al constituirse como República, Nicaragua “adoptó una bandera formada por tres franjas horizontales de color blanco, amarillo y escarlata, respectivamente…”, según consigna el maestro e historiador José S. Pérez Palma en su libro Divulgaciones acerca del uso de los símbolos patrios.
Posteriormente, el 4 de septiembre de 1908, el gobierno de José Santos Zelaya creó mediante ley la bandera nacional azul y blanco que desde entonces quedó determinada como es actualmente. Y 63 años después, en agosto de 1971, el Congreso Nacional y el Presidente de la República crearon mediante el decreto-ley arriba mencionado, la celebración institucional y popular del Día de la Bandera Nacional que por las razones antes apuntadas es el 14 de julio de cada año.
Cabe señalar que la celebración del Día de la Bandera Nacional, organizada por el Ministerio de Instrucción Pública y con participación de la población, se hizo fervorosamente hasta 1978. En 1979 fue imposible celebrarlo porque el país se encontraba en guerra civil y la dictadura somocista estaba a punto de caer; y a partir de entonces el régimen sandinista ignoró la celebración del Día de la Bandera Nacional —aunque no derogó el decreto-ley que lo creó—, pues oficialmente se consideró que la bandera más importante del país era la roja y negra del FSLN porque había “liberado” a la azul y blanco de Nicaragua. Por eso, durante los años del régimen sandinista, en los actos oficial y en todas partes la Bandera Nacional era colocada en una posición de inferioridad con respecto al pendón partidista del Frente Sandinista, al que se subordinaba.
Aún tuvieron que pasar cuatro años más, después del derrocamiento cívico del régimen sandinista, para que en 1994, por disposición del Ministerio de Educación, cuyo titular era el doctor Humberto Belli Pereira, se restableciera la merecida celebración del Día de la Bandera Nacional, la cual, aunque no tiene todavía la resonancia que debería tener en los sentimiento y las acciones de los nicaragüenses, al menos disminuye los efectos de las celebraciones partidistas de julio, que por sus características caudillistas son ominosas demostraciones de fuerza autoritaria.