Algunos lectores de LA PRENSA que son de filiación política sandinista, consideran como ataques personales contra el candidato presidencial del FSLN, comandante Daniel Ortega Saavedra, los editoriales en los que hemos asegurado y demostrado con razonamientos lógicos, históricos y actuales, que no es cierto que dicho líder revolucionario haya cambiado de manera positiva, como dice la propaganda de su campaña electoral.
En realidad, lo que nosotros hemos hecho —y seguiremos haciendo— al respecto, es esclarecer la veracidad o no, en base a los hechos y no de las palabras, de la afirmación de que ahora sí los nicaragüenses que no son sandinistas y la comunidad democrática internacional deben confiar en Ortega. Y entre otros ejemplos hemos puesto el de la llamada “ley Arce” contra los medios de comunicación, que es sin duda una reacción represiva a la crítica al FSLN y refleja la fobia contra la libertad de prensa que prevaleció en los años ochenta. La diferencia es que en aquellos años, el sandinismo controlaba todo el aparato estatal —ante todo los órganos represivos de la Policía, el Ejército y la Seguridad del Estado— y por eso podía mandar a cerrar o suspender los medios que publicaban información que les molestaba. Ahora no pueden hacerlo, pero usan lo que tienen a su alcance, como la creación de leyes por medio de la Asamblea Nacional que controlan en asociación con los liberales arnoldistas.
La agresión a la libertad de expresión tiene sus raíces en el autoritarismo del líder sandinista, en su carácter de ordeno y mando que no admite críticas o cuestionamientos de las propias decisiones, que es la característica de todos los dictadores, ya sean de izquierda o de derecha. La persona autoritaria sencillamente se impone y excluye, expulsa o aplasta a quienes se le oponen.
También tenemos que examinar si es verdad que el candidato sandinista ha cambiado su visión del sistema político democrático que se fundamenta en la economía de libre mercado. Y lo que encontramos es que el comandante Ortega ya se ha alineado con los presidentes populistas de Sudamérica, Hugo Chávez y Evo Morales, y con el presidente comunista sempiterno de Cuba, Fidel Castro, comprometiéndose si gana la elección presidencial a formar un bloque con ellos para enfrentar a EE. UU y poner en riesgo los pocos avances que ha logrado Nicaragua en los últimos años.
El comandante Ortega maneja un doble discurso. Por un lado, dice que los inversionistas no tienen de qué preocuparse si él llega al poder y por otro ataca la economía de libre mercado y aboga por una injerencia del Estado en la empresa privada, a través de un oscuro sistema de economía mixta. Lo más probable es que si Ortega ganara las elecciones, anularía el TLC con EE. UU. y lo sustituiría con el Alba de Hugo Chávez, Fidel Castro y Evo Morales. Las implicaciones de esta decisión son impredecibles, pues la economía mixta busca poner camisas de fuerza a la iniciativa privada, es decir, que el Estado ejerza un control insano en la empresa privada y regular la dinámica del libre mercado, único motor creador de riqueza sostenible.
Para que se le crea que ha cambiado, el comandante Ortega tendría que ser otra persona desde el punto de vista político, ético y espiritual. Políticamente tendría que entender que ninguna revolución vale la pena si el precio que se tiene que pagar es la libertad y la responsabilidad individual, y que ni él ni su partido son infalibles. Éticamente sería necesario que reconociera que el fin nunca justifica los medios.
Que no es cierto que se puedan tirar por la borda los valores tradicionales que ordenan y dirigen la existencia; que como dice Arthur Koestler en su “The Yogi and the Commissar” (1945), “no se puede navegar sin lastre ético porque la meta acaba por perderse entre la niebla”. El candidato sandinista demostró que carece de ética democrática cuando manipulando la situación delictiva del ex presidente Alemán, pactó con él para asegurarse las cuotas de poder que hoy ostenta en todos los poderes del Estado, menos uno. Y este único poder que le ha sido negado sólo podría conseguirlo si tuviera la mayoría de nicaragüenses que siguen creyendo que el comandante sandinista no ha cambiado.