Invernadero

Invernadero Al llegar de la oficina me llamaste. “¿Quieres salir a cenar?”,me preguntaste. Ofuscado, mi respuesta tambaleó, mas imposible fue alegar que no. “Vamos al invernadero”, propusiste. Y sin más decir me convenciste. Pasé por tu casa y en la puerta estabas. Ataviada en elegante seda, me esperabas. Tu camisa era roja como el infierno, […]

  • Invernadero


Al llegar de la oficina me llamaste.

“¿Quieres salir a cenar?”,me preguntaste.

Ofuscado, mi respuesta tambaleó,

mas imposible fue alegar que no.

“Vamos al invernadero”, propusiste.

Y sin más decir me convenciste.

Pasé por tu casa y en la puerta estabas.

Ataviada en elegante seda, me esperabas.

Tu camisa era roja como el infierno,

dejaba gris a mi marrón atuendo.

Era café, con corbata verde.

Explicativo de mi condición rebelde.

Llegamos al sitio, aquel con brillo mas no fulgor,

donde pedimos algo “thermidor”.

Sin luces, las estrellas eran lámpara,

era imposible conseguir la tártara.

Mi traje era demasiado banquero,

más no era yo quién apestaba a dinero.

Con tus tacones a la moda,

a aquél imbécil le dijiste: “hola”.

El aire del invernadero apestaba a vapor.

Mi billetera sólo sentía dolor.

Las cornetas reproducían a Beethoven,

y tú visitando a todos los que me molestan.

Me amargué contigo y tu vida feudal

que sólo iba a acabar con mi capital.

Incoherencias conversabas al comer,

mientras te levantabas por sólo estorbar.

Cuando hablabas de tus viajes y de Prada,

otro imbécil nos interrumpía y decía nada.

De tus amigos me cansé y te lo hice saber.

Molesta dijiste que ese era el mundo del placer.

Con pocas premisas te mandé a llamar,

pues cansado estaba ya de explicar,

que no es esta la vida que quiero llevar.

Aquí esta relación debe terminar.

Aquí Entre Nos

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