Según la última encuesta de Cid Gallup, la gestión del presidente Enrique Bolaños es calificada con una puntuación de menos 24 puntos. Ese resultado no sorprende porque en términos generales un presidente saliente tiende a perder popularidad y a ser blanco de los ataques de los nuevos aspirantes presidenciales que —como parte de su estrategia de campaña— se concentran en los errores verdaderos o supuestos que cometió el primer mandatario de la República durante su ejercicio gubernamental.
Sin embargo, hay varias cosas que llaman la atención y acerca de las cuales vale la pena detenerse. Una de ellas es que, según la misma encuesta, el punto pico de la popularidad del presidente Bolaños fue en agosto del 2002, precisamente cuando denunció la corrupción de su antecesor y hoy reo, Arnoldo Alemán.
Esto nos dice que una gran mayoría del pueblo nicaragüense condenó la corrupción del ex presidente Alemán y apoyó al presidente Bolaños, por haber tenido la entereza y el coraje necesarios para destapar la olla de delitos económicos que hubo en la administración de su antecesor. Sin duda que la intención del presidente Bolaños de abrir la guaca de la corrupción era buena y saludable para la nación, aunque el ex presidente Arnoldo Alemán se había preparado con tiempo para esquivar la justicia, por medio del pacto que hizo con Daniel Ortega, el mismo que le permite hoy día movilizarse libremente por todo el departamento de Managua.
El presidente Bolaños se vio de pronto enfrentado a una maquinaria corrupta que con sus muchos recursos alcanzaba prácticamente todas las esferas del Estado. Su gestión gubernamental se vio entorpecida por una guerra continua contra la dictadura bicéfala que hizo lo posible —con bastante éxito— para impedirle gobernar y hacer muchas más obras sociales. De manera que, a nuestro juicio, la actual impopularidad de Bolaños se debe en gran medida a que tuvo las manos atadas por mucho tiempo, pues lo que la gente califica es su labor como presidente, no su persona.
Por otro lado, los ataques de los adversarios del presidente Bolaños son más bien un elogio de su carácter. Por ejemplo, se dice que traicionó a Arnoldo Alemán y al partido que lo llevó al poder. Pero lo que hizo no fue una traición sino un acto de honestidad. ¿Acaso no era más fácil para él quedarse callado y vender su silencio a fin de beneficiarse económica y políticamente, en vez de arrostrar las consecuencias de denunciar la corrupción? Nadie disfruta ganándose enemigos. Sin embargo el presidente Bolaños decidió hacer lo correcto aunque le costara caro.
También se critica a Bolaños por haber sido un presidente débil, en el sentido que no fue suficientemente firme para enfrentar situaciones como las asonadas de los universitarios y buseros orquestadas por los sandinistas. Sin embargo, la mesurada actitud del Presidente de la República es, en realidad, un rechazo al tradicional recurso de la violencia tan característicos de dictadores de derecha e izquierda.
Hay que reconocer que el presidente Bolaños trató de llegar a un acuerdo legítimo y transparente con sus opositores, por medio de un diálogo nacional que incluyera a todos los sectores sociales, políticos y religiosos del país. Sin embargo, los pactistas manipularon un remedo de diálogo y ante la negativa del Presidente a dialogar a escondidas, solamente con ellos, lo presionaron con todos los medios a su alcance, incluyendo la persecución de sus ministros, amenazas de cárcel, etc. La intención era obligarlo a aceptar los términos de los pactistas.
Por otro lado, también es preciso señalar que una buena parte del descrédito de la gestión gubernamental del presidente Enrique Bolaños, se debe a que, de manera contradictoria, a la par de la lucha a fondo contra los abusos de Arnoldo Alemán mantuvo en su gobierno distintos nichos de burocratismo, ineficiencia y abusos de funcionarios que estuvieron ligados a la corrupción arnoldista.
En todo caso, está completamente claro que los integrantes de las cúpulas orteguista y arnoldista del FSLN y el PLC no tienen la calidad democrática ni la fortaleza moral del presidente Bolaños. Éste, con su comportamiento personal ha demostrado que se puede gobernar sin asaltar el erario y sin vender los principios morales. Lo cual representa un progreso en la historia política nicaragüense.