Vidrios quebrados

Sergio Ramírez

Una de las películas de Charles Chaplin que recuerdo con más regocijo, y que me gusta ver de nuevo siempre, es El Niño. Muestra la historia de un vidriero ambulante que entrena a un niño para que vaya por delante tirando piedras a las ventanas. Los dueños de las casas salen a la calle, alarmados por el ruido de los vidrios al quebrarse, y mientras contemplan el destrozo se acerca el vidriero, cargando a las espaldas sus vidrios con aire inocente. Qué alivio. Ha llegado el salvador providencial. Y el que ha mandado a quebrar la ventana recibe el encargo de repararla, mientras el niño, en la cuadra siguiente, ya está quebrando otra.

El lector estará de acuerdo conmigo en que la historia de las ventanas quebradas de la película de Chaplin no es sino una parábola que encaja con la situación cotidiana de Nicaragua, donde vivimos entre el estallido de ventanas quebradas que, cada vez, viene a reparar un milagroso vidriero al que terminamos quedándole agradecido. Y si alguna diferencia hay, es que frente a aquella vieja película en blanco y negro, nosotros tenemos una a todo color, y con efectos especiales.

Tomemos, por ejemplo, la última crisis que le ha tocado vivir al país, la provocada por los empresarios dueños de los buses urbanos, una de esas olas de disturbios y violencia que ya sabemos se sucede de manera cíclica, como las epidemias causadas por los zancudos. Los dueños de los buses deciden, otra vez, sacarlos de circulación. Los pasajeros son obligados a recorrer kilómetros a pie para llegar a sus trabajos, o a viajar hacinados en camionetas de acarreo. Tranques, ataques a vehículos. Todo el mundo se siente indignado, y esa indignación va a dar a las encuestas, que muestran un rechazo masivo al chantaje que tiene por rehén a la población indefensa.

Empezamos a escuchar argumentos y cifras que indignan más. La última vez, los empresarios dueños de los buses recibieron centenares de millones en subsidios de parte del Gobierno, sin haber cumplido uno solo de sus compromisos de racionalizar las rutas, mejorar las unidades, construir terminales decentes. Nos damos cuenta que el precio que pagan por el combustible es menor que el normal. Pero si se va más largo, la primera vez, cuando resultaron beneficiarios de la privatización de los buses, recibieron unidades nuevas, repuestos, combustible, lubricantes, herramientas, y además, talleres, instalaciones y terrenos de lo que nunca pagaron un solo centavo.

Ha subido el petróleo y las tarifas están congeladas, verdad sin discusiones. Pero al Alcalde de Managua, que tiene por ley la atribución de regular el transporte de la ciudad y fijar las tarifas, lo único que le hemos oído decir el año pasado, y seguramente ahora querrá que se olvide, es que traería combustible de Venezuela, regalado por el presidente Chávez en beneficio de los empresarios de buses.

Viajó incluso a Caracas el Alcalde para traer el primer embarque, pero aparentemente la cobija populista no alcanzó a estirarse tanto, sabido seguramente Chávez que los empresarios dueños de buses que manejan el negocio del transporte en Managua, de lo que menos tienen es de proletarios, como los que habitan las casas de cartón de los cerros de Caracas.

De repente, la película tiene un giro que no puedo atreverme a llamar sorpresivo. Las cámaras de televisión nos enseñan una toma larga que registra una caravana de vehículos que salen raudos de los predios del palacio presidencial. Adelante, un Mercedes Benz donde viaja ¡adivinen quién! El vidriero, el mismo que surge de manera providencial cada vez que se multiplica el estallido de los vidrios rotos, y cuando ya parece que no sobrevivirá una sola ventana. Acaba de darse una reunión sorpresiva donde los empresarios de buses se han sentado con el presidente, con el infaltable Cardenal, y con el reparador de ventanas, que ofrece, otra vez, cambiar los vidrios destrozados a pedradas.

Para evitar el subsidio, la solución está en crear un nuevo impuesto al combustible, dice el Alcalde. Pero el ciudadano común no necesita ser economista consumado para darse cuenta de que un subsidio no se define por la fuente, es decir, de dónde se saca, sino por su destino, es decir, a qué manos va a dar.

Y por fin, lo que se decide es poner un impuesto especial a las petroleras, mágica solución sacada del sombrero del mago. Ese impuesto lo terminará pagando de todas maneras el consumidor con lo que, otra vez, los empresarios dueños de los buses han triunfado en toda la línea. Como siempre. O ha triunfado, más bien, el miedo que les tienen quienes aseguran siempre que nunca volverán a ceder.

Son los mismos que quebraron la ventana la vez pasada, y ahora el reparador providencial ha aparecido para poner un vidrio nuevo, a costillas de todos los que viven en la casa, sin que eso signifique que no vendrán nuevas pedradas, y que no habrá más vidrios rotos.

¿Qué se acabará primero, las ventanas, o la paciencia?

El autor es escritor/ Masatepe, febrero 2005.

www.sergioramirez.com

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