De la fe al fanatismo

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De la fe al fanatismo





El mundo entero se han visto estremecido por la furiosa y destructiva reacción que provocó en varios países islámicos, la publicación en un periódico de Dinamarca de unas caricaturas con la figura de Mahoma, el profeta sagrado de los musulmanes.

E l diario danés Jyllands-Posten publicó recientemente 12 caricaturas sobre el Medio Oriente, una de las cuales muestra la imagen de Mahoma luciendo un turbante en forma de bomba, en alusión a los artefactos explosivos que usan los terroristas musulmanes que dicen actuar en nombre de su religión. Esas mismas caricaturas ya habían sido publicadas por dicho diario danés, en septiembre del año pasado, y en aquella ocasión apenas motivaron algunas protestas aisladas, sin mayor significación. Pero ahora, después que dicho diario las volvió a publicar y que, además, fueron reproducidas por la revista noruega Magazinet, la reacción ha sido desmesurada, con manifestaciones multitudinarias en diversos países musulmanes, destrucción de sedes diplomáticas y negocios occidentales y 14 muertos hasta el jueves de esta semana.

Aparentemente, la furia desenfrenada de estas protestas se debe a que para los musulmanes es prohibido reproducir la imagen de Mahoma, además de que ellos no comparten valores occidentales como el de la libertad de expresión y de prensa. Y decimos aparentemente, porque los gobiernos de algunos países musulmanes —como Irán y Siria— han sido acusados por Estados Unidos de instigar estas protestas con fines políticos anti-occidentales.

Como sea, los violentos musulmanes que siguen protestando contra las caricaturas —que han sido reproducidas en otros periódicos europeos—, no han querido darse por satisfechos con las explicaciones que dio el Primer Ministro de Dinamarca, Anders Fogh Rasmussen, quien pidió perdón públicamente a quienes se sentían ofendidos por las publicaciones pero también dejó claro que “el gobierno no puede influir de ningún modo sobre los medios de comunicación y tampoco puede ser considerado responsable de lo que escriben los periódicos independientes”.

El diario Jyllands-Posten y la revista Magazinet también se disculparon y reconocieron que las caricaturas con la figura de Mahoma “evidentemente ofendieron a muchos musulmanes”. Pero ambos medios igualmente dejaron en claro que no han violado la ley y sólo han ejercido el derecho a la libertad de expresión. En realidad, en los países democráticos de occidente donde reina la libertad de expresión, la caricatura es una forma usual y muy popular de representar situaciones y personajes, sobre todo en forma crítica. Se conoce que ya desde la antigüedad se usaba el dibujo satírico para criticar la política, las costumbres sociales e inclusive la religión y a los religiosos. Pero fue en la época del Renacimiento italiano y europeo cuando el dibujo satírico, ahora conocido como caricatura o viñeta, se desarrolló como medio de denuncia de los abusos de los poderosos y tiranos y por eso fue la primera víctima de la práctica represiva de la censura.

En la actualidad, en la mayor parte del mundo no se concibe una buena publicación periodística que no exprese opiniones críticas y satíricas, por medio de la imagen caricaturizada. Y censurar la caricatura se considera igual que censurar el pensamiento escrito, un artículo, una opinión y el periódico entero. Sin embargo, la libertad de expresión —por cualquier medio que sea, incluyendo las imágenes y entre estas las caricaturas— no es ni puede ser absoluta. La libertad de expresión tiene sus límites en la obligación de respetar los derechos de los demás y, por lo tanto, no puede ser ejercida para lesionar el honor y los sentimientos religiosos o de cualquier otra naturaleza, de las personas.

Al respecto tienen razón los gobernantes de diversas partes del mundo occidental, lo mismo que el Vaticano, que han calificado la publicación de las caricaturas de Mahoma como una ofensa a los sentimientos religiosos de los musulmanes. En realidad, si los mahometanos creen que la imagen de su profeta no debe ser reproducida, nadie debería hacerlo aunque no comparta las creencias islámicas. Y de la misma manera se deben respetar las imágenes y símbolos de cualquier religión, que para sus creyentes son sagradas.

Sin embargo, la publicación de las caricaturas de Mahoma no justifica la orgía de violencia antioccidental, ciega e irracional, de aquellos que confunden la fe con el fanatismo.

Editorial
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