Jorge A. Huete*[email protected]
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Galileo contra Frankenstein
Jorge A. Huete*
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El quehacer científico ha dejado enormes beneficios para la educación ya no exclusiva de la élite sino de todos los ciudadanos, imprimiéndoles una visión científica y emancipándolos de la superstición. El avance de la ciencia, sin embargo, ha sido siempre contrarrestado por una corriente oscurantista que rechaza los nuevos conocimientos y, a veces, incluso los sataniza. Al borde de la hoguera, Galileo llegó a simbolizar la lucha por las libertades de la investigación científica.
Hoy día, a casi cuatro siglos de Galileo, los nuevos descubrimientos científicos continúan despertando en algunos, si no temor, una actitud de suspicacia. La confianza en la ciencia sigue siendo minada por varias formas de irracionalismo fanático.
Para ilustrar este fenómeno de rechazo a lo novedoso, consideremos el tema de los transgénicos. La tecnología de transgénesis aplicada a los alimentos ha encontrado en ciertos grupos ambientalistas a sus más férreos detractores. Desde megacorporaciones ambientalistas hasta grupos de activistas que operan incendiando plantíos.
Se han aducido probables impactos a la salud humana. Pero después de veinte años de investigación, la evidencia científica, abundante y contundente, demuestra la inocuidad de estos nuevos alimentos. Las academias de ciencias del mundo no lo pudieron poner más claro en su reporte de 2001: “Los productos transgénicos actualmente disponibles en el mercado no presentan ningún riesgo para la salud humana o animal”.
También se ha especulado sobre daños al ambiente. Más bien la intención es que estos cultivos disminuyan el uso de agroquímicos. Tal es el caso del algodón transgénico en la China comunista, en donde el uso de este nuevo algodón ha reducido los niveles de intoxicaciones hasta en un 80 por ciento. Y como no hay daño intrínseco asociado a los transgénicos convendría que las mismas obligaciones ambientales se aplicasen también a los cultivos convencionales.
Por supuesto, como con cualquier tecnología nueva, lo apropiado siempre es considerar los posibles impactos. Por esto, en el caso de la biotecnología, los científicos realizan ensayos toxicológicos, pruebas y análisis composicional, experimentos de laboratorio confinados y de liberación ambiental, además de cumplir con estrictas medidas de bioseguridad en la evaluación, monitoreo y análisis de riesgos.
A estas alturas, los países que han incorporado la biotecnología como factor de competitividad paralelamente han establecido también sus reglamentos y normas de bioseguridad, de tal suerte que, al promover el desarrollo científico, se protege también la seguridad biológica en la salud y el ambiente. Dos casos emblemáticos son Cuba y Venezuela, en donde, además de afirmar su papel de promotor del desarrollo biotecnológico, los Estados se han convertido en defensores de la biodiversidad y la bioseguridad.
También Nicaragua, a pesar de su incipiente desarrollo biotecnológico, cuenta ya con sus propias normas de bioseguridad plasmadas en la Ley 291. Se ha establecido también un comité de expertos de varios ministerios y de las universidades y con diversas especialidades incluyendo, entre otras, la biología molecular, la medicina, la agronomía y la ecología.
Si la investigación científica ya ha confirmado la inocuidad de los nuevos alimentos y si se han implantado normas nacionales e internacionales que procuran la protección ambiental, cabe entonces una pregunta fundamental: ¿Por qué continuar ignorando la evidencia?
Como se sabe, hay gente que a falta de ciencia se hacen expertos en el engaño. Se organizan campañas para desinformar al público con el cuento del tomate gigantesco y el maíz con ojos de pescado. Y más recientemente, apelando a las emociones, han convertido al pobre Frankenstein en su símbolo antitransgénico, por aquello de que este engendro ridículo sería el producto de algún científico desquiciado y diabólico.
Pero lo que más preocupa de todo esto no es la irresponsabilidad del fraude ni el autoengaño de los creyentes sinceros, sino el daño irreparable que se le hace a toda la sociedad. La oposición fanática a los transgénicos no sólo reniega la realidad científica sino que causa daños económicos tangibles en los países atrasados. Durante la hambruna del año pasado, por ejemplo, en varios países africanos los activistas obstaculizaron el ingreso de la ayuda alimentaria por tratarse de transgénicos.
Un efecto colateral de los daños es el que se le causa a la presente generación de jóvenes quienes, por absurdo que parezca, tendrán que escoger entre la razón de Galileo y el miedo a Frankenstein.
* El autor es doctor en biología molecular