Noelia Sánchez Ricarte
Hace un año, justamente un 9 de noviembre a eso de las seis de la tarde recibí una llamada de María José. ¡Percibí en su voz tanta emoción! Aunque desvelada, no podía ocultar su alegría por dar seguimiento por primera vez a un proceso electoral municipal. Al momento de su llamada se encontraba en el Centro de Cómputos de Juigalpa. Me dijo que por fin iría a su casa a reunirse con su mamá, hermana y su pequeño Néstor, que entonces acababa de cumplir tres años de edad. Como si tuviese una corazonada le pregunté ¿qué haces en ese lugar a estas horas de la noche? y le sugerí que se fuera a su casa.
Cerramos nuestra conversación con un “nos vemos el sábado” (ambas estudiábamos un postgrado en Managua los sábados) y nos dijimos chao. Después, recibí la noticia de su muerte. ¡Habían acabado con la vida de mi amiga! Me parecía imposible, una equivocación, pues recién había conversado con ella.
Convencida del hecho, pensé con profunda tristeza que ésa había sido nuestra despedida, fue su último “nos vemos” y aunque el dolor indiscutiblemente nubló mis pensamientos, sentí en el fondo de mi alma un agradecimiento profundo, con Dios, por haber tenido la oportunidad de hablar con ella por última vez.
Después de un año continúo pensando en ese trágico suceso y al igual que su familia y amigos cercanos me sigo preguntando por qué tuvo que pasar eso.
Me parece injusto que se acabara con la vida de un ser humano, me parece inhumano que ahora un niño esté sin su mamá y me parece cruel que hayan acabado de un solo tajo con los sueños de una joven luchadora y entregada.
Nunca voy a olvidar a María José y aunque trato de dibujar una sonrisa en mi rostro pensando en los momentos vividos y en los buenos recuerdos que me dejó con su amistad, no puedo dejar de sentirme acongojada de dolor por la injusticia que se cometió.
Me hace falta escucharla, extraño sus consejos, sus llamadas matutinas, su solidaridad ante los momentos de dolor, sus mensajes de felicitación por Navidad, Año Nuevo, o cumpleaños.
Pero sobre todo extraño a esa mujer trabajadora y sincera que siempre tenía una sonrisa dispuesta para dar, ¡cómo olvidar su manera tan particular con la cual miraba la vida!
Debo decirte querida amiga que este año tuve un momento muy especial con tu retoño. Lo visité junto a otras amigas tuyas el día de su cumpleaños y recordé que el año anterior me habías regalado un poco de la torta que junto a él partiste. Le cantamos un feliz cumpleaños y puedo decirte que en medio de su inocencia, él te lleva muy dentro de sus recuerdos y corazón; así como te llevamos todos los que en verdad te admiramos y quisimos. Es pues, imposible olvidarte.
Ese día de alguna manera sentí tu presencia reflejada en tu hijo, en tu mamá y en tus familiares. No puedo negar que me sentí triste, sobre todo cuando tu pequeño dijo algo de vos y tu mamá preguntó por qué te habían asesinado; pero al final asumí que ese día debía vivirlo al lado de tu Néstor y los tuyos como si vos hubieses estado con nosotros, como a vos te hubiera gustado que lo viviéramos: con alegría.
Tu recuerdo está siempre fresco en mi mente querida amiga…
La autora es periodista, corresponsal de LA PRENSA en el departamento de Rivas.