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Elecciones primarias
En todas partes del mundo donde se practican las elecciones primarias, éstas son algo sencillo, fácil de entender y de practicar para todas las personas. Lo cual es lógico, puesto que las primarias son precisamente para facilitar a los ciudadanos la participación política y la práctica de la democracia.
En Estados Unidos y Honduras —para mencionar dos países cercanos pero muy diferentes por su tamaño, cultura política y grado de desarrollo—, antes de la elección presidencial los dos o más precandidatos del Partido Republicano y el Partido Demócrata, o del Partido Nacional y el Partido Liberal, compiten en una elección previa o primaria en la que los militantes y simpatizantes de sus partidos escogen mediante el voto al o a los que serán sus candidatos definitivos.
Pero en Nicaragua no existen las primarias, seguramente por el atraso político y la escasa cultura democrática y, por lo tanto, por la persistencia del caudillismo o caciquismo como forma de liderazgo político y el tribalismo como modalidad de organización y funcionamiento partidista. Cabe señalar al respecto que el único partido que ha hecho primarias en Nicaragua es el FSLN —y por cierto que cuando las hizo, para los comicios del 2001, lo reconocimos como un avance democrático y un ejemplo que debían seguir los demás partidos—, sin embargo pronto renegó de ellas porque la participación de sus bases debilita el liderazgo personal y vertical de Daniel Ortega.
Prácticamente todos los países del mundo han pasado por etapas de primitivismo político, inclusive las naciones que ahora son paradigma de democracia. El aferramiento personal al poder es una característica humana, no de una nación o grupo social en particular. El poder, para quien lo obtiene, no es algo que deba rifarse —como decían los comandantes sandinistas cuando gobernaban el país de manera omnímoda—, ni repartirse ni cederse. Quien alcanza el poder tiende a creer que lo obtuvo por voluntad divina o por un designio histórico ineluctable, o por sus incomparables méritos personales que lo hacen superior a los demás. De manera que una vez en la cima del poder no quiere bajar de allí —hay que bajarlo de grado o por la fuerza—, ni compartirlo con nadie salvo para conservarlo.
Y eso se aplica no sólo al poder del Estado sino también al que manda en un partido, en una organización social o en una entidad religiosa.
Precisamente por eso fue que los pensadores más avanzados de la humanidad idearon el procedimiento de escoger a los gobernantes y líderes mediante el voto de cada una de las personas que forman parte de la sociedad, del partido, de la asociación, de la institución, etc. Y aunque ahora no faltan quienes menosprecian las elecciones y aseguran que democracia no es elegir, lo cierto es que en la época moderna y civilizada la política constituye básicamente una pacífica y reglamentada competición de diversos candidatos por conseguir el voto de quienes tienen derecho a elegir.
Por supuesto que esto requiere de una cultura de libertad y que haya un Estado con poderes separados, en mutuo equilibrio y vigilancia. Y requiere también que los partidos políticos y sus líderes sean verdaderamente democráticos, que su objetivo no sea sólo aprovechar las facilidades de la democracia para tomar el poder y una vez conquistado quebrantarla y mucho menos abolirla, sino para respetarla, practicarla y fortalecerla.
De manera que no hay democracia sin elecciones, aunque no toda elección sea necesariamente democrática, como es el caso de Cuba, por ejemplo, donde la gente sólo puede “elegir” a los cuadros designados por el Partido Comunista y los organismos de masas, que a su vez actúan por el dedazo comunista de Fidel Castro.
La elección, para ser democrática debe ser competitiva, libres y limpias, sin dedazos ni inhibiciones. Y si antes de la elección de las autoridades superiores del Estado los partidos celebran primarias para que sus bases escojan a los candidatos, mucho mejor. Pero deben ser elecciones primarias sencillas y claras, en la que las bases de los partidos decidan libremente si su candidato será Eduardo o José Antonio; Wilfredo o José; Herty o Daniel. Y que gane el mejor, o el que más le guste a los votantes por la razón que sea.