César Membreño Navarro
Roman, Times, serif»>
Educación de valores
César Membreño Navarro
La Constitución Política, conforme la reforma de 1995 establece en lo relativo a educación de valores democráticos en su arto. 116, lo siguiente: La educación tiene como objetivo la formación plena e integral del nicaragüense; dotarlo de una conciencia crítica, científica y humanística; desarrollar su personalidad y el sentido de su dignidad y capacitarlo para asumir las tareas de interés común que demanda el progreso de la nación; por consiguiente, la educación es factor fundamental para la transformación y desarrollo del individuo y la sociedad.
En nuestro país la Declaración Universal de los Derechos Humanos ha sido acogida como ley en la actual Constitución Política de la República; sin embargo, sabemos que la existencia de la ley no garantiza su cumplimiento, por tanto cabe exigir que se cumplan y también conquistar nuevos derechos que nos garanticen una vida digna.
Consideramos que el proceso de construcción de la democracia en Nicaragua requiere de una profunda modificación en la mayoría de las relaciones sociales que se dan y se basan en los perjuicios, la intolerancia, la discriminación y el irrespeto a los derechos de los demás.
Desde el punto de vista educativo es fundamental el conocimiento de los Derechos Humanos, de la Constitución Política y de una serie de leyes, como la Electoral, Ley No. 331, que garanticen la defensa de los derechos, ya que ellos contribuyen al desarrollo y transformación de la conciencia y por consiguiente, al cambio de actitudes y de valores que afirman la vida, la democracia, el desarrollo y la paz.
Al iniciarse esta nueva etapa histórica, Nicaragua, y con ella el sistema educativo, se ve abocada a la necesidad de consolidar la paz, la reconciliación nacional, la democratización del país y el desarrollo económico y social.
Somos herederos de una sociedad con fuertes tensiones, en donde los individuos fácilmente conceptúan al contrario como enemigo y en donde la fuerza o la violencia se ve frecuentemente como un recurso más expedido que el diálogo y la tolerancia.
Hemos penetrado en una posición democrática para la que muchos de nuestros conciudadanos no están bien preparados.
Están vivas las huellas de gobiernos anteriores acostumbrados a operar al margen del Estado de Derecho, que crearon hábitos de pensamiento y conducta no compatibles con el tipo de actitudes que una sociedad necesita para su supervivencia.
Estamos inmersos en un mundo mucho más competitivo y difícil que el de diez años atrás, en continúa revolución tecnológica, donde los esquemas productivos del pasado, exportación de productos agrícolas tradicionales y protección a ineficientes industrias nacionales, ya no pueden más, aún en óptimas condiciones asegurar la prosperidad nacional. En los próximos años, este país tiene ante sí un hiperactivo vital: o produce para el mercado mundial, en condiciones de relativa libre competencia internacional, mejores y nuevos productos (artículos manufacturados y exportaciones no tradicionales) o se queda a la zaga, condenada al empobrecimiento medio y quizás absoluto de su población.
Las consideraciones precedentes hacen, pues, obvio que Nicaragua necesita realizar esfuerzos extraordinarios en el sector educativo, tarea difícil de lograr con una baja escolaridad en el ciudadano común.
Estos esfuerzos lo demandan tanto las necesidades de la sociedad global, como la dignidad propia de la persona humana, la cual tiene el derecho invaluable a una educación integral.
La respuesta que se dé al reto debe responder por tanto a este doble aspecto: al individual y al social, un plan educativo debe buscar el balance correcto entre ambos bandos.
En aras del interés social, la educación debe orientar sus programas de forma que respondan a las necesidades específicas y coyunturales por las que atraviesa la nación.
Así por ejemplo, puede enfatizar en la formación tecnológica y áreas específicas como la computación; pero no puede concebir al individuo como una mera herramienta de producción y olvidar aspectos de su formación integral.
La educación del alumno no se agota la transformación de conocimientos, con el aprendizaje de técnicas o habilidades diversas. Una educación de este tipo debe atender al individuo entero, a sus dimensiones materiales, morales y espirituales y a su vocación trascendente.
La educación debe inculcar en el estudiantado un acendrado aprecio por la dignidad inviolable de todo ser humano, dignidad que acompaña al hombre desde su concepción en el vientre materno hasta la tumba y que es independiente y superior, al caudal de sus bienes, a su raza, ideología política, sexo y nacionalidad.
La nueva educación debe promover ciudadanos capaces de actuar y decidir responsablemente en un medio democrático, debe ser una preparación para la libertad y la paz, donde los educandos aprendan la virtud del diálogo y el respeto mutuo.
Algunos de estos componentes como ejes transversales en los planes de estudios y reformas curriculares, animando con esto una verdadera proyección democrática.
Deberá, asimismo contribuir a la formación de estudiantes componentes, dispuestos y acostumbrados a utilizar al máximo razonable sus talentos naturales en beneficio del desarrollo y transformación del país.
La educación para el desarrollo debe incentivar la disciplina y el sentido de responsabilidad, exhortar a los usuarios a exigirse más, a no contentarse con niveles o tareas mediocres, a no concebir las buenas notas y la admisión en estratos educativos superiores como un derecho obtenible sin el correspondiente sacrificio y esfuerzo.
Más que referencial se hace necesario superar los sectarismos políticos y promover la formación de un marco de sentimiento nacional con base a un consenso y un compromiso mínimo.
En las circunstancias presentes, esto implica fortalecer los valores y símbolos patrios, comunes a todas, así como los valores democráticos y el estado de derecho.
Si la educación busca equipar a los jóvenes para las distintas vocaciones en el mundo laboral y para las múltiples demandas de la vida en sociedad, una educación plena debe reconocer que la mayoría de ellos ejercerá eventualmente sus roles familiares de padre o madre.
La nueva educación requiere que los padres de familia se involucren en una forma muy activa en la educación de sus hijos como una tarea compartida. Es a los padres de los educandos a quienes corresponde el derecho y la responsabilidad primaria en la escogencia de la educación que han de recibir sus hijos.
Pero el trabajo de los valores democráticos es un proceso delicado y de largo plazo en la que limitan e influyen factores externos de orden cultural, histórico e intereses políticos.
Las manipulaciones de este último elemento y de comunicación masiva por los diferentes medios han sido muy poco positivas.
Las manipulaciones de este último elemento y de comunicación masiva por los diferentes medios han sido muy poco positivas.
Los principales obstáculos para consolidar y avanzar en valores democráticos son de orden social y hasta cierto nivel, presupuestarios.
El autor es Asesor Técnico Principal del Inatec