Charles G. Ripley III
“La paradoja de la abundante cosecha” es un fenómeno conómico muy importante para los países agrícolas. Aunque la cosecha sale extraordinariamente bien debido, digamos, al buen tiempo, productores se encuentran, paradójicamente, con una renta disminuida. La razón es que la demanda de los alimentos básicos, como el maíz y el trigo, es “elástica”. Este léxico económico sólo significa que la demanda de un producto no responde tanto a diferentes precios. La demanda de bienes necesarios, como la de muchos productos agrícolas, tiende a ser inelástica; por ser esencial para la vida, la demanda ya es altísima, y más producción no crea más demanda, sino satura al mercado. La saturación reduce precios y, por ende, ingresos. Mas no es mejor ¡sino peor!
Sin embargo, más ha sido la norma. Ha habido una inundación de productos agrícolas —no tradicionales así como tradicionales y básicos—, durante las últimas décadas. De hecho, este sector ha crecido más rápido que casi todos otros rubros económicos. El resultado ha sido un precio decreciente de los productos agrícolas; el decrecimiento medio, aparte de tiempos de escasez, ha sido 2 por 100 anualmente desde 1950. Esto significa infortunios horripilantes para países agrícolas y pobres.
Este fenómeno es el resultado de, primero, la tecnología avanzada, tales como el tractor, el regadío y el cosechador. Además, después de la caída del muro del Berlín se ha introducido un montón de países en la economía mundial. Vietnam, por ejemplo, se ha convertido en gran exportador mundial de café, segundo sólo detrás de Brasil. Muchos países, como Tanzania y Colombia, culpan a Vietnam por saturar al mercado y aminorar el precio.
Causando más daño, los países agrícolas tienen que competir con Europa y EE.UU., países, ya desarrollados, que gastan mil millones de dólares anualmente en subsidios para los productores agrícolas. Aunque George Bush y sus homólogos europeos hablan tanto sobre el libre comercio y la ayuda a los países empobrecidos, sus políticas domésticas causan estragos en el tercer mundo. Aún durante la reunión en Escocia del G-8, no hubo un acuerdo verídico sobre la subvención agropecuaria ni el acceso a los mercados agrícolas de los países desarrollados. De hecho, el presupuesto de la Unión Europea nunca llegó a un acuerdo porque países como Francia y España rehúsan renunciar a los subsidios agropecuarios.
Aunque hay desventajas para los países basados en la agricultura, algunas soluciones existen. Primero, en un país como Nicaragua, se necesita un banco de fomento agrario. Según Álvaro Fiallos, presidente de la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos (UNAG), solamente seis por ciento de los pequeños y medianos productores agropecuarios tiene acceso a crédito. Además, señala Fiallos, hay un problema galáctico con la infraestructura; agricultores utilizan, por ejemplo, tractores que apenas funcionan porque tienen quince años o más. El acceso eficiente a crédito ayudaría a los productores a competir con otros países.
Segundo, es tiempo que haya fuerte presión para que los países industrializados renuncien a los subsidios así como a las medidas proteccionistas. Es ridículo que EE.UU. gasta más de 22 mil millones de dólares anualmente en subsidios agropecuarios mientras que sólo tres por ciento de la fuerza laboral se dedica a la producción agrícola. La ayuda para pocos provoca miseria para muchos.
Aunque va a ser una batalla difícil, tenemos que tomar este problema seriamente. Si no, vamos a atestiguar más miseria agraria, más migración rural hacia la ciudad y más inestabilidad mundial.
El autor es docente.