Mario Alfaro Alvarado
Nos enseña la historia patria que los ejércitos caudillescos no sobrevivieron a los caudillos que los crearon. Son ejemplos históricos los ejércitos de Zelaya, de Emiliano Chamorro, de Moncada, de los Somoza. El país ha vivido hasta ahora la oportunidad de tener un verdadero Ejército Nacional, permanente, profesional, apolítico, no deliberante, lo cual se está logrando penosamente.
Los medios de comunicación presentan la crisis institucional que vive Nicaragua, como un “match” de boxeo entre dos poderes del Estado. Enfrentamiento que motiva a muchos a apostar por un posible ganador. Los delirios deportivistas de los espectadores alientan a los comunicadores a colocar en el centro del cuadrilátero, en calidad de árbitro, al Ejército Nacional. La posibilidad imaginada de que esto pueda suceder, crea animosidades que podrían derivar en anarquía y hasta en un retorno a la dictadura. Algo que los adictos a la corrupción prebendaria anhelan con mal disimulado regodeo.
La palabra disciplina proviene del vocablo latino “discipulus”, que en el diccionario tiene varios significados relacionados con la enseñanza. Esto es, lo que podríamos decir, el significado cultural de la palabra disciplina. En cambio, los manuales castrenses definen la disciplina como “el hábito de la obediencia”. Es decir un soldado, un militar, obedece por hábito y no delibera ni pone en duda una orden recibida de un superior. Esto hace de la disciplina la primera virtud del soldado. Por la disciplina se consolida la confianza y la lealtad entre jefes y subalternos, se modela el espíritu de cuerpo de la unidad militar alrededor de una sola voluntad y, si se ofrece la ocasión del máximo sacrificio, esa virtud se convierte en fuerza invencible para alcanzar la victoria con nobleza o enfrentar la derrota con valor y dignidad. La obediencia funciona en escala ascendente: del raso a los clases, a los oficiales y a los generales. Es lo que se llama jerarquía militar. En la cúpula de la cadena de mando está el Presidente de la República como Jefe Supremo del Ejército.
La disciplina y obediencia militares no admiten un mando seccionado. El mando militar como el poder se ejerce bajo una sola voluntad. Insinuar un arbitraje de las Fuerzas Armadas para resolver conflictos o crisis políticas, es como promover el regreso a las pasadas dictaduras y a la creación de un nuevo partido armado.
El cumplimiento del deber lo establecen los reglamentos y las ordenanzas militares. El deber señala los linderos legales de la obediencia y en su cumplimiento cotidiano establece las responsabilidades de los que dan las órdenes y de los que las reciben.
Cada miembro del instituto armado tiene la doble naturaleza para actuar unas veces como jefe y otras como subalterno sin confusión de responsabilidades, porque en ningún ejército se confunden los hábitos de autoridad por razones de rango, ya que la autoridad depende del cargo que se desempeñe.
La escala de mando no admite duplicidad. Cada miembro, de arriba hacia abajo, recibe y transmite las órdenes a quienes han de cumplirlas. El Presidente de la República, como Jefe Supremo del Ejército, es la máxima autoridad militar y sus órdenes deben acatarse sin hesitación, con firmeza y convicción.
No debe el Ejército nacional dejarse confundir por políticos marrulleros e inmorales. Su misión es garantizar el orden y la seguridad de la nación y su primer deber es obedecer con fidelidad al Presidente de la República y dejarle a él las responsabilidades.
Ningún militar en servicio puede ser enjuiciado por cumplir una orden; puede serlo si se resiste a cumplirla.
El autor es periodista.