La marca del Bóer

José Adán [email protected]

¿Oyen ese concierto de elogios y aplausos? Es que hay fiesta en la crónica deportiva. El equipo Indios del Bóer va a la final. ¿Cómo llegó ahí? Todavía sigo buscando una respuesta.

Sé que en marzo se inauguró una modesta liga de beisbol donde cinco equipos no profesionales disputarían un campeonato nacional. Entre ellos, cómo no, el Bóer. Sin este equipo no hay liga, no hay beisbol, porque el Bóer, más que un equipo es una marca comercial y sin plata, no hay deporte.

Lejos están aquellos tiempos cuando se decía que este equipo emblemático representaba con sus plumas, flechas y caites (quizás descalzo), al pueblo en su lucha contra los opresores. Porque el Bóer era el pueblo peleando contra el equipo del general Somoza y sus Cinco Estrellas.

Era ese mismo pueblo, enganchado en el uniforme del Bóer, el que se enfrentaba, pobre y digno, contra aquella maquinaria llamada Dantos, patrocinada por el Ejército Popular Sandinista del general Humberto Ortega en tiempos de la guerra civil de la década sandinista.

¿Qué significa ahora este equipo para el pueblo? Muchos, cronistas o no, le responderían con el concierto de lisonjas que a diario se oye en las radios y se lee en los periódicos ante la cercanía de la “serie final” entre Bóer y Matagalpa.

Es mejor buscar la respuesta en los hechos. Basta una mirada a los juegos nocturnos en el Estadio Nacional para darse cuenta que la mayor parte de la temporada las graderías están vacías y llenas de nostalgia ante la ausencia de los traseros del pueblo. Ahora hay más equipos en la Primera División del Futbol que en los campeonatos de beisbol.

¿Alguien ha preguntado por qué? Echemos un vistazo más allá de las gradas. Esta liga ha llegado a su fin sin pena ni gloria y en medio de un total relajo. No se sabe cómo, pero terminó tan mal que ni siquiera se completó el calendario de juegos y equipos menos favorecidos económicamente, como el Rivas, se retiraron ante la falta de dinero para comprar pelotas o combustible para viajar a otros estadios.

¿Y qué hicieron las autoridades? Nada, felizmente nada podían hacer. Aplicaron la ley del mercado: que sobreviva el más fuerte, el de la plata. Y así sobrevivió esta marca generadora de panegíricos: qué gran final, qué buen pitcheo, que el guante de Juanito y el bate de Pepito.

Adivinen dónde se anunciarían más empresas y habría más plata: ¿en una serie entre Rivas y Estelí, por ejemplo, o una entre el Bóer y cualquier otro equipo? Elemental mi querido lector.

Leí hace poco un artículo que anunciaba feliz: “El Bóer es el Bóer”. ¿Este equipo es el Bóer? No tengo nada contra los peloteros y los aficionados todavía leales al una vez llamado Deporte Rey, pero este equipo no tiene identidad. Desde hace muchos años no es más que una penosa maquinaria que, con el poder del dinero y la venia de los dirigentes deportivos y algunos cronistas, piratea peloteros que no puede producir y compra hazañas que no logra forjar.

¿A quién representa ahora este Bóer hoy? Las gradas están vacías y posiblemente no haya respuestas, pero ya que nos han fabricado esta “final”, sentemos los traseros en las graderías y oigamos el concierto.

El autor es periodista.

Editorial
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