Joaquín Absalon [email protected]
Los teatristas políticos nicaragüenses — excepción hecha de los verdaderos histriones— agotan todos los esfuerzos, por transmitir antipatía al público asistente desde el escenario donde actúan.
La obra ejecutada no pertenece a ninguno de los dos filos: ni a la comedia ni al drama.
El pueblo está aburrido de oírlos hablar. Prevalece en el lenguaje una oscura entropía, cierto esoterismo verbal y una tendencia científicamente orquestada de destrozar el valor de los significados, haciendo dibujos escatológicos de la realidad, simplemente porque el mundo en que viven está preñado de fantasías, de mentiras, de cuervos siniestros que andan buscando a quien exterminar o de elegidos injustificados a quienes coronan aunque éstas queden muy grandes.
Se me vienen a las láminas infatigables de la memoria los pleitos y las formas de expresarse de los correligionarios de la UNO cuando ésta llegó al poder. Uno de esos distanciamientos tuvo relación con las reformas constitucionales. Entiendo que ellas se hacen para estar de acuerdo o entonar con el proceso evolutivo de cada uno de los conglomerados del mundo. No pueden ser factores sumados a las inevitables tensiones promovidas por el destino, por el hecho mismo de vivir. Tanto ayer como hoy asistir a la necesidad de reformar o de transformar ha sido negativo para los ánimos de una llanura que como lo dijo un político “sufre en silencio” porque ha comprendido que protestar no genera ningún cambio de rumbo en los caprichos del político que en la estancia de sus “trece” “no da su brazo a torcer”. Toda constitución es susceptible de gozar enmiendas, no digo de sufrir, para que a su vez los beneficiarios las tengan para enriquecer el bienestar ciudadano.
A los Estados Unidos (ejemplo) se les pone como punto de referencia del cumplimiento de los preceptos constitucionales. Pues bien si partimos de su modelo, la Constitución de Estados Unidos tiene un texto de reformas o enmiendas más extenso que el original. Ello indica que enmendar es provechoso y conveniente pero para que la sábana despejada por las modificaciones cobije a todos y no a unos pocos.
Las constituciones no son las letras estáticas de una vitrina intocable. Aquí han servido para ser la escalera del trono o de los tronos apetecidos.
A partir de la incorporación de Nicaragua a la vida Democrática 1990-1996. La UNO llegó al poder, viví intensamente los cabildeos de uno y de otro sector separados por el pleito que ha caracterizado a nuestros políticos, y aunque desde la distancia del diputado suplente, pude percatarme con profunda decepción de las nimiedades de la política como que bastaba no aparecer en la parte superior de una fotografía para ser ese, motivo de discusión o de resentimiento.
En el período 1990-1996 surgió la necesidad de reformar a la Constitución. Desde que se hizo el anuncio la peineta insistió en deslizarse sobre una superficie habitada por el vacío. Pulir sobre campo lleno de abrojos no produjo acabados beneficiosos. Unos se oponían a ponerle parches a una Constitución que nació defectuosa prefiriendo la instalación de una Constituyente para tener una novísima y no veteada Constitución. Pero algunos diputados —la mayoría— esgrimía un argumento personal “yo no me suicido”, el suicidio guardaba literal correspondencia con la pérdida del salario y de la posición política. Porque aquí lo que el diputado busca no es su aporte en tiempo oportuno sino su reelección.
No se logró nada, nadie quiso renunciar a su silla. Cuando Luis Humberto Guzmán estrenó su cargo de presidente se pretendieron reformas profundas. Éstas se produjeron aunque no de la densidad pretendida. Ha pasado mucho agua por el puente y está por verse la luz anunciada.
Si por la vía del diálogo ceden las parte en conflicto cabe revivir la idea de una Constituyente y estrenar el traje que merece el pueblo nicaragüense.
Ojalá no lo impida la tradición del pleito en la política.
El autor es periodista.