¿Resucitar a un dinosaurio?

Eduardo Luis Montiel

La discusión reciente sobre un banco de fomento en Nicaragua revela una intención de resucitar a un dinosaurio financiero prácticamente extinto. Dicha resurrección es motivada por el problema muy real de falta de financiamiento y poca capacidad de pago en algunos sectores productivos especialmente en el agro. Antes de presentar otras alternativas para solucionar este problema es necesario aclarar las causas de la extinción de instituciones financieras como la propuesta. Aunque una lista de estas causas podría ser extensa, tan sólo tres de ellas garantizan el futuro entierro del dinosaurio a un altísimo costo para el país:

Primero, la influencia política en decisiones. En todo el mundo la política y la banca han demostrado ser pésimas compañeras. Un banco estatal está siempre sujeto a lo que los mexicanos llaman “préstamos de favor”, favor que aumenta directamente en función del monto y atractivo de sus créditos. Los nicaragüenses no necesitamos de mucha imaginación para prever el fin de un banco de fomento manejado con criterios políticos.

Segundo. Subsidio en tasas de interés. Irónicamente, lo que muchos consideran una de las razones de ser de un banco de fomento es precisamente una de las principales causas de su desaparición. El fijar tasas de préstamo debajo del mercado aumenta la demanda de crédito barato por encima de los recursos disponibles, lo que resulta en un racionamiento del crédito y una concentración de la cartera. A este efecto se le conoce en la literatura como “la ley de hierro de las tasas de interés”. Entre otros muchos incentivos perversos, tasas subsidiadas incentivan el alto endeudamiento de pocos privilegiados con la consiguiente mora, además de obstaculizar la captación de recursos financieros adicionales.

Tercero. Altos costos de transacción. Con una planilla inflada por la inevitable burocracia estatal, atender a pequeños prestatarios se traduce en elevados costos tanto para el banco como para los usuarios. Un estudio de los costos administrativos de instituciones similares a la propuesta en Nicaragua reveló que los costos de operación, antes de incluir el costo financiero, oscilaba entre el 9.8 por ciento y el 19.8 por ciento por peso desembolsado. Más sorprendente aún, se encontró que el costo de tramitación de un préstamo para el propio cliente podía llegar hasta un 37.1 por ciento anual, equivalente a más de tres veces la tasa de interés nominal. Elevar el costo real de un préstamo con muchos requisitos es un mecanismo muy efectivo de racionamiento que favorece a los grandes prestatarios y estimula más la concentración.

La combinación de un margen financiero reducido, altos costos administrativos y una mora alta ha hecho que instituciones con las características detalladas no sean sostenibles y hayan desaparecido.

¿Cuál es entonces la solución? Como punto de partida, el problema de falta de capacidad de pago por una baja rentabilidad debe resolverse en su raíz. Si un sector es poco rentable por una pobre infraestructura, falta de mercados, tecnología no apropiada o una baja productividad, más crédito sólo puede agravar la situación causando distorsiones adicionales. La medicina debe ser congruente con la enfermedad atacando las causas del problema de fondo.

Un segundo frente es compensar la aversión al riesgo del sector bancario tradicional con los instrumentos e incentivos correctos. El verdadero éxito en banca de fomento en Nicaragua, imitado después exitosamente en otros países, es el FED de los años setenta, programa del Banco Central que canalizaba recursos a las instituciones financieras existentes en lo que se conoce como banca de segundo piso. En esta misma línea, una FNI fortalecida, más dinámica y proactiva, canalizando recursos bien estructurados con la banca privada y ampliando su cobertura con la red de microfinancieras tan eficientes con que ya contamos en el país, es un vehículo mucho más efectivo para llegar a pequeños sujetos de crédito.

Una tercera acción complementaria a las dos anteriores es establecer mecanismos para aportar capital de riesgo sobre todo a proyectos pequeños y medianos. Lo que muchos de estos proyectos necesitan no es necesariamente de más crédito sino de un socio accionario que esté dispuesto a compartir tanto los riesgos como los beneficios. Estas compañías de venture capital, que ya existen en la región y son administradas profesionalmente, podrían establecerse en Nicaragua con el aporte semilla de 10 millones de dólares que han ofrecido algunos legisladores más fondos complementarios del Gobierno y organismos internacionales. Opciones como éstas y no la resurrección de dinosaurios, son el camino para obtener los servicios financieros que Nicaragua tanto necesita para su desarrollo.

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.

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