La crisis de los valores

Jérôme Bindé

¿Adónde van a parar los valores? Cabe preguntarse si al formular este interrogante estamos reproduciendo el perpetuo pasmo de los ancianos ante las costumbres de la generación que les sucede, o si por el contrario estamos planteando la pregunta crucial de nuestra época, ya que atañe a nuestro legado a las generaciones venideras y al destino mismo de la especie humana, del planeta y del sistema sociopolítico, que ya han cobrado conciencia de que son mortales.

La crisis de los valores que ha caracterizado al siglo XX reviste dos aspectos: uno serio, con la devaluación de los valores supremos, la secularización y la crisis de los valores laicos, e incluso trágico, con los genocidios, los totalitarismos y las violencias ejercidas contra la historia y las sociedades; y otro frívolo, con la fluctuación lúdica, estética y casi bursátil, diríamos, de los valores. Ésos son dos de los aspectos examinados en la obra ¿Adónde van a parar los valores?, segunda antología de los Coloquios del Siglo XXI de la UNESCO, que se vienen celebrando desde 1997 con la participación de más de un centenar de eminentes científicos, pensadores, filósofos, creadores y dirigentes del mundo entero.

Cabe preguntarse cómo se puede reflexionar todavía sobre la seriedad de los valores en un mundo dominado por la oferta y la demanda, donde son concebidos a imagen y semejanza de los valores bursátiles, es decir privilegiando su volatilidad y frivolidad, y haciéndoles correr por consiguiente el riesgo de una quiebra.

Al mismo tiempo, podemos preguntarnos también si la difusión a escala universal de esos nuevos valores —vinculados al auge que han ido cobrando la creación de redes, la asociación y la participación— permite esperar que en la selva oscura de la mundialización hallemos un camino distinto al que nos conduce la hipótesis de una colisión entre los valores, o de un choque mundial entre sistemas éticos presuntamente incompatibles.

Hay un gran riesgo de que, al amparo de la tercera revolución industrial ocasionada por el advenimiento de las nuevas tecnologías, cobre proporciones abismales la brecha digital, económica y social que separa a los pobres y los ricos del mundo. Está más que nunca de actualidad el retorno a la escena internacional del debate crucial sobre el aprovechamiento compartido de los conocimientos, los intercambios entre culturas y la preservación de la diversidad cultural.

La gran transformación actual exige nuevos cimientos políticos y sociales a escala mundial. En el informe de prospectiva Un mundo nuevo y posteriormente, con más detalle, en las obras Claves del Siglo XXI y ¿Adónde van a parar los valores? hemos propuesto que esos nuevos cimientos estén constituidos por cuatro contratos mundiales: un contrato social basado en la educación para todos a lo largo de toda la vida, un contrato ambiental, un contrato cultural y un contrato ético.

Si no se generaliza la educación para todos a lo largo de toda la vida, ¿cómo podremos erradicar la pobreza absoluta, hacer frente a los cambios radicales en los campos de la economía y el trabajo, promover eficazmente los valores democráticos y construir sociedades del conocimiento genuinas?

Sin un contrato ambiental —como el propugnado por el filósofo Michel Serres—, en el que el hombre no sea el “amo y señor” de la naturaleza, sino simplemente su depositario, ¿cómo podremos poner un término al saqueo del planeta, que amenaza con malograr todo proyecto de desarrollo sostenible e hipotecar las posibilidades de las generaciones venideras?

Sin un contrato cultural, ¿qué recurso nos quedará contra el agotamiento de la diversidad cultural?

La UNESCO ha emprendido una labor en esta dirección, preparando un anteproyecto de Convención mundial sobre la Diversidad Cultural. Si no desembocamos en un nuevo contrato moral basado en el rechazo de la corrupción y la tiranía de lo efímero, en un pacto prospectivo que haga participar a la sociedad y a los ciudadanos en las decisiones, y en una ética del futuro, ¿cómo podremos asentar los cimientos de una democracia que se anticipe a los acontecimientos venideros y reconstruir un proyecto a largo plazo? Esta tarea es fundamentalmente política, ya que —como dice Max Weber— la política es el arte de administrar el tiempo y estructurarlo, y “el futuro y la responsabilidad ante el futuro son de la incumbencia de los políticos”.

¿Adónde van a parar los valores? El debate está abierto.

El autor es Subdirector General Adjunto del Sector de Ciencias Sociales y Humanas, y Director de la División de Estudios Prospectivos, Filosofía y Ciencias Humanas de la UNESCO.

Editorial
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