Javier Martínez Dearreaza
El silencio público en los últimos dias de la vida de Juan Pablo II era su palabra más elocuente, que nos enviaba al evangelio de la pasión. “He aquí al hombre”, dice Pilato mostrando a la multitud a Jesús flagelado y mudo. El hombre, Karol Wojtyla, se mostró al mundo así como estaba, desfigurado por los dolores, limitado en sus movimientos y mudo. Su actitud de soportar estoicamente la adversidad es parte de la herencia que nos deja. Soportar la adversidad con dignidad.
Son parte de su testamento también las encíclicas en las que abarca temas desde la libertad de conciencia hasta los derechos humanos, del comunismo al aborto. En la Evangelium Vitae de 1995 hizo un llamado “por una nueva cultura de la vida humana” que partiendo de los graves problemas morales como el aborto, la eutanasia, la pena de muerte y la manipulación genética, llega a pedir una estrategia internacional de empeño político, social y cultural en defensa del “derecho a la vida”, empeño que —dice— no sólo es de los católicos sino de cada “persona de buena voluntad”. La encíclica propone la “objeción de conciencia” contra las leyes inmorales.
Su primera encíclica fue del 4 de marzo de 1979: Redemptor Hominis. En ella toma posición sobre algunas conclusiones del Concilio: colegiabilidad, ecumenismo, la relación con las iglesias no cristianas; introduce el tema de la libertad religiosa. En su última encíclica fechada el 17 de abril del 2003: Ecclesia de eucaristia dedica su pensamiento al “sacrificio eucarístico”. Setenta y seis páginas de teología y de doctrina para relanzar el misterio eucarístico y la práctica de su adoración, imponiendo rígidos vínculos a la modalidad de celebración. Prohibidas la comunicación para quien “obstinadamente persevera en su pecado grave y manifiesto” (claro referimiento a los divorciados que vuelven a casarse), prohibición absoluta para los católicos de participar a la eucaristía con los protestantes, hasta que no se establezca la “plena comunión” de fe entre las iglesias cristianas. En total 14 encíclicas en las que se define claramente el camino a recorrer por la Iglesia.
Parte de su testamento para la humanidad ha sido el enseñarnos a ser “un gran líder”. Nadie, ningún líder que haya existido ha hablado delante de masas tan numerosas, jamás ningún líder se había proyectado tan incisivamente en la mente y los corazones de tanta gente. Cuando todavía no se hablaba de globalización, el Papa intuyó que el papado debía ser proyectado en una dimensión global. Y lo hizo. Los aspirantes papales a la sucesión tendrán que medirse con esta herencia tan pesante. Después de un cuarto de siglo de era wojtyliana nadie podrá limitarse a ser Papa sólo en el Vaticano, tendrá que ser Papa de los cinco continentes.
También nos deja en herencia su actuar como hombre político, su sagacidad. Su relación con Estados Unidos ha sido una relación de coincidencias, de intereses temporales y de disensos morales, de cambios auténticamente revolucionarios pero nunca violentos, que han llevado a cinco presidentes americanos y a este Papa a caminar por un trecho largo de la historia de la humanidad, sin que jamás el Papa Wojtyla confundiera los fines y los medios, como a la superpotencia le ocurre.
Sin Juan Pablo II, la América de Carter, Reagan, Bush padre, Clinton, Bush hijo, jamás hubieran ganado la batalla contra el imperio comunista, pero sin la América, la liberación moral y política de la Europa del Este, hubiera sido mucho más difícil y violenta. Sin la protección moral que este Papa dio al movimiento de solidaridad en Polonia y del financiamiento y apoyo que recibía de América, la tentación de los jerarcas rusos por invadir Polonia no se hubiera detenido. Pero delante de la cruz de Cristo de Roma, en perfecta sintonía con la espada de Washington, Moscú fue obligada a detener sus ejércitos listos a invadir y a aceptar su inevitable fin.
El Papa siempre fue claro en condenar el uso de la fuerza, después del 11 de septiembre, con el derrumbe de las Torres Gemelas, en las horas de gran conmoción y sincera solidaridad, del Vaticano se sintió un advertimiento tanto afectuoso como profético: “No os dejéis arrastrar por la violencia y el espíritu de venganza” había sentenciado el Papa, pero desgraciadamente no fue escuchado y estalló la guerra en Irak. El Papa condenó la guerra, quizá fue la última de las grandes ansias de su pontificado.
Karol Wojtyla también tomó posición contra el fundamentalismo islámico. Él insistió en que la auténtica fe en Dios contrasta radicalmente con el abuso del nombre de Dios que se manifiesta el terrorismo integralista. Invocar a Dios para llevar la muerte y la guerra es un pecado y una blasfemia.
En herencia nos deja su preocupación continua por los jóvenes, futuro de la Iglesia y de la humanidad, la preocupación por la dignidad del ser humano, la exhortación a cuidar por la suerte de los indefensos, de los marginados, de los enfermos, en fin de las masas desheredadas de este mundo. Por eso los jóvenes siempre le respondieron a su llamado, encontraron en Juan Pablo II un mensaje de esperanza, un sentido a la propia existencia, un llamado a la solidaridad.
La herencia más difícil que nos deja es la de aceptar nuestro errores y la de pedir perdón. El Papa llevó a la Iglesia a pronunciar un solemne mea culpa por los errores y los horrores que habían cometido a través de los siglos. Entre las miles de imágenes tomadas por la televisión una de las que más impresiona es la del viejo pontífice que a pasos inciertos se dirige al Muro de las Lamentaciones, el muro del Antiguo Templo de Dios en Jerusalén, para introducir en las hendiduras su confesión de culpa por el antisemitismo cristiano.
He aquí el legado de Juan Pablo II, dependerá de cada uno de nosotros saber cuidar de esta preciosa herencia, cuando llegue la duda o las caídas tendremos sus textos de referencia que más o menos como él lo dijo: “Me voy, pero no me ausento, de corazón me quedo”.
El autor es médico, neurólogo-psiquiatra