Luis Sánchez Sancho
A sugerencia de la señora ma- ría Rocha, lectora de LA PRENSA en Managua, escribo en esta oportunidad sobre Esopo, el célebre fabulista griego de la antigüedad cuyas enseñanzas éticas perduran hasta nuestros días.
Esopo es un personaje histórico, no mitológico. Sin embargo, igual que otras celebridades de la historia sobre las que también he escrito en esta columna (como por ejemplo: Friné, Alejandro Magno, Cincinato y Bayardo), aunque existió la tradición convirtió a Esopo en una figura legendaria.
No se conoce con exactitud cuándo ni en qué lugar de Grecia nació Esopo, pero se estima que vivió durante el siglo VI antes de Cristo y que nació en Frigia. Aunque también hay versiones que ubican el nacimiento de Esopo en Tracia, la patria del también legendario esclavo rebelde Espartaco. Y otros aseguran que Esopo habría nacido en Samos, Egipto o Sardes.
Los datos conocidos sobre la vida del legendario fabulista griego se deben a un monje griego de la orden benedictina que vivió en el siglo XVI de nuestra época, de nombre Planudo, quien escribió un libro titulado Vida de Esopo. Pero los historiadores dudan de la autenticidad de esa obra de Planudo.
En todo caso, se cree que Esopo fue esclavo de un tal Jadmón, o Janto, en la ciudad de Samos. Era físicamente deforme (cojo y jorobado) y de una impresionante fealdad. Sin embargo, la anormalidad corporal le fue compensada por la Naturaleza con una extraordinaria inteligencia, gran sabiduría e inigualable ingenio, que Esopo usaba para crear sus fábulas morales, que no escribió pero se transmitieron de boca en boca y de generación tras generación.
Como reconocimiento a su gran talento Jadmón —o Janto— le concedió la libertad a Esopo, cuya fama llegó a oídos de Creso, el rey de Lidia que se hizo legendario por su ilimitada riqueza material. Creso llamó a Esopo a su corte y después de colmarlo de favores le pidió que fuese a hacer sacrificios en el Oráculo de Delfos, y para que en su nombre repartiera bienes a los habitantes pobres de ese lugar. Pero a Esopo le molestó mucho la conducta viciosa de los habitantes de Delfos, sobre todo de sus codiciosos sacerdotes que estaban asociados con los caudillos corruptos de la ciudad sagrada. Entonces, después de increpar a los corruptos y de hacer los sacrificios en el templo de Apolo, Esopo se llevó de regreso el tesoro que Creso le había pedido repartir, pues aquella gente no se lo merecía.
Los malvados sacerdotes, para vengarse de Esopo escondieron entre su equipaje una copa de oro consagrada a Apolo, lo acusaron de robo sacrílego y lo arrojaron desde lo alto de una roca llamada Hiampa. Pero el antiguo amo de Esopo mandó a investigar las causas de su muerte y, al conocerse la verdad, los sacerdotes tuvieron que declarar su arrepentimiento y ofrecieron una indemnización a los descendientes del fabulista asesinado.
Las fábulas de Esopo fueron reunidas por el historiador griego Demetrio de Falera, en el año 300 antes de Cristo. Son unas 300 narraciones breves —en las que los personajes son animales— que tienen un carácter alegórico-moral y siguen hasta hoy ejerciendo una gran influencia pedagógica en el mundo occidental. ¿Quién no conoce o ha oído hablar, por ejemplo, de la fábula de la zorra y las uvas?