José Adán [email protected]
Estuve en Estados Unidos hace tres años, en una gira por varios Estados de ese país. Visité ciudades de las dos costas, del centro y cercanas a la frontera con Canadá. Era una gira organizada por las embajadas norteamericanas en Latinoamérica, en coordinación con el Departamento de Estado, y trataba en aquella ocasión de capacitar y crear conciencia sobre la corrupción gubernamental y privada que tanto agobia a los países del trópico.
Íbamos en tal viaje periodistas, fiscales, contralores, contadores, abogados, activistas de movimientos pro-transparencia y otros. Entre todos, y de todos los países, estaba un fiscal colombiano, autóctono de Barranquilla, cuya historia no me conmovió tanto como el trato que recibió en los aeropuertos norteamericanos.
Era enero del 2002 y estaban muy frescas las huellas del 11 de septiembre. Creí en un inicio que por el recuerdo de los aviones estrellándose contra los edificios era común que a los latinos nos sacaran de las filas, nos revisaran los equipajes y nos hicieran más preguntas de las que normalmente les hacían a turistas europeos y pasajeros nacionales. Pero conforme fuimos adentrándonos al país del norte, las exigentes medidas de seguridad de los aeropuertos se fueron reduciendo para todos, sobre todo cuando nuestra edecán les comunicaba que veníamos invitados por el Gobierno; la excepción fue el fiscal colombiano.
No hubo aeropuerto en que no lo detuvieran, lo interrogaran, dudaran de él y revolvieran sus maletas. Siempre estuvo sereno, y en una ocasión mientras recorríamos un zoológico de San Diego, me contó que debido a la trágica historia de Colombia, con sus guerras eternas, sus sanguinarias mafias de narcotraficantes y su clase política cochina, los colombianos estaban condenados hasta quién sabe cuándo, a cargar el estigma y la humillación de ser potenciales terroristas o narcotraficantes a los ojos de cualquier país del mundo.
Tal historia me vino de golpe cuando miré hace poco la película María, llena eres de Gracia, la historia de una generación de muchachas colombianas que para sobrevivir sirven de mulas de los narcos y cargan en sus panzas decenas de grageas llenas de drogas que trasladan a EE.UU. Una vez allá, si logran burlar el feroz control migratorio en los aeropuertos estadounidenses, las chicas entregan la droga y reciben su paga, para volver, una y otra vez, a la misma cruel aventura que casi siempre termina mal.
“Mire nica, ser colombiano me enorgullece, pero fuera de mí país, tengo dudas”, me dijo esa vez. El último día que lo miré, en el aeropuerto internacional de Miami, iba custodiado por dos agentes de Migración que jalaban sus maletas, rumbo a una de las tantas oficinas de seguridad que conoció por aquellos días.
Evoco ahora a aquel tipo amable porque acabo de leer en las agencias de noticias una información preocupante: las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y las Autodefensas Unidas de Colombia buscan cómo expandir sus redes hacia Centroamérica, una región que ya vive, y desde hace mucho, sus propias desgracias.
Según las noticias, tales grupos armados buscan armas para mantener su negocio de la guerra y redes de apoyo para incrementar el tráfico de drogas hacia EE.UU. Algunos dicen que ya operan aquí, otros que sólo nos ocupan como puente, y otros, que son paranoias de los políticos centroamericanos que ante la imposibilidad de resolver sus propios problemas buscan desviar la atención hacia el miedo.
Sea lo que fuere, lo que más me preocupa es que tal noticia no hará más que alarmar por unos días, y aumentar el ya terrible estigma de los inmigrantes colombianos que, como mi amigo fiscal, sólo quieren olvidar por unos días, y en otras tierras, las desgracias que les ha tocado vivir en la tierra que los vio nacer y donde, por muchos años, el vallenato y el ron se mezclan con los lamentos y la sangre.
El autor es periodista