Día de la Alimentación

James Morris*

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Día de la Alimentación


James Morris*




Costaría pensar que alguien pudiera envidiar a las víctimas de Darfur. Han pasado por experiencias espantosas y han experimentado el tipo de brutalidad que para la mayoría de nosotros, habitantes del mundo desarrollado, sería muy difícil imaginar. Sus perspectivas de regresar a casa y reanudar sus vidas son, en el mejor de los casos, poco halagüeñas. Su porvenir está lleno de incertidumbres.

Pero hay algo que los favorece. La situación crítica en que se hallan ha conmovido al mundo. Llámese genocidio, limpieza étnica, conquista o violencia orquestada, todos sabemos lo que ha sucedido en Darfur y el mundo en desarrollo y el desarrollado concuerdan en su determinación de poner fin a los ataques y proteger a estas personas.

No podemos decir que lo hemos logrado. Persisten las incursiones de la milicia Janjaweed y el número de personas desplazadas aumenta cada día. Pero cuentan, al menos con lugares de refugio donde reciben abrigo y alimentos. El mes pasado el Programa Mundial de Alimentos alimentó a 1.3 millones de ellos en campamentos de Darfur y a otros 200 mil asentados al otro lado de la frontera, en el Chad.

Mientras Darfur siga siendo noticia podemos continuar alimentando a estas personas en los meses venideros. Para la mayoría de ellas —y desde luego para las más vulnerables: los niños, las madres lactantes y los ancianos— esta ayuda marca la diferencia entre la vida y la muerte

El problema es que por cada niño hambriento que es noticia hay otros millones de niños que no lo son. ¿Cuándo fue la última vez que leímos acerca de las personas que padecen hambre en Azerbaiyán, Guinea, Sri Lanka o Tayikistán? Incluso en las regiones que periódicamente aparecen en las pantallas de la televisión, a las personas aquejadas por hambre que en ellas viven no se les digna ninguna mención. En toda la información recibida sobre la Ribera Occidental y Gaza, ¿cuándo fue la última vez que escuchamos sobre los palestinos aquejados por hambre?

Se afirma que a todos les llega su momento de gloria. En ocasiones como ésta, el Día Mundial de la Alimentación, los 800 millones de personas que sufren hambre crónica en el mundo tienen, en el mejor de los casos, la oportunidad excepcional de merecer un pequeño espacio en las columnas de los diarios o unos cuantos segundos en la televisión o la radio. El día de mañana todo vuelve a la normalidad.

Y aunque es posible pensar que crisis como la de Darfur pueden ayudar a polarizar en mayor grado la atención en el problema general del hambre en el mundo, la verdad es que sucede lo contrario. Los fondos para las “personas que padecen hambre a diario”, aquéllas que simplemente son demasiado pobres para alimentarse a sí mismas y a sus familias, son incluso más difíciles que lleguen cuando una catástrofe natural o un conflicto importante capturan la atención mundial.

Cuando los conflictos se resuelven y la paz finalmente se establece en un país asolado por años y decenios de luchas, los donantes que habían colaborado durante la guerra tienden a esfumarse justo en el momento en que realmente su ayuda se necesita para prestar asistencia a personas que, a menudo por primera vez en sus vidas, tienen verdadera oportunidad de asegurar su porvenir.

Véase lo que ocurre en Liberia, Sierra Leona o Angola, donde millones de personas están regresando a casa y descubren que sus fincas están destruidas, que perdieron su ganado, que no tienen acceso a sus tierras por las minas terrestres y que no disponen de infraestructura ni de oportunidades de empleo para salir de apuros. Ellos todavía dependen de nuestro apoyo, como dependían de él cuando vivían en campamentos para refugiados o personas desplazadas en el interior de sus países. Sin embargo, de no recibir nuevas contribuciones en los próximos tres meses, tendremos que reducir sus raciones de alimentos. Ésta es la realidad. Pero traten de explicársela a los niños que padecen hambre.

O traten de decirle a una madre malnutrida de Guatemala, país donde la proporción de personas desnutridas aumentó del 14 por ciento al 25 por ciento entre 1990 y 2000, que para el mundo ella y su niño pequeño son menos importantes que sus semejantes sudaneses en Darfur.

Desde luego, sabemos que todos son igualmente importantes, que todos merecemos las mismas oportunidades en la vida. Pero mientras ahora estamos seguros que podemos entregar suficientes alimentos para mantener en vida a la madre sudanesa, sus hijos y los que todavía no han nacido, no tenemos ninguna seguridad de poder hacer lo mismo en Perú. De hecho, estamos privando de alimentos a Pedro para salvar a Pablo.

Peor aún, hacemos incluso menos por contribuir a la supervivencia de familias aquejadas de hambre crónica de los que hacíamos hace cinco años, justo antes de que la Asamblea General de las Naciones Unidas se fijara el objetivo prioritario de reducir a la mitad el número de personas que padecían hambre en el mundo. Desde entonces, el volumen de ayuda alimentaria ha descendido, pasando de 15 millones de toneladas en 1992 a 10 millones en 2003, entre las que se incluye un millón de toneladas nada más que para Irak.

El aumento de los precios mundiales de los productos básicos ha agravado el problema. Al mismo tiempo la proporción de ayuda destinada al desarrollo agrícola también se ha reducido considerablemente. Así pues, no sólo suministramos menos alimentos sino que además estamos sofocando los esfuerzos del mundo en desarrollo por producirlos.

Podemos romper esta espiral. En el mundo hay alimentos suficientes para todos. En verdad, en el mundo hay ahora más gente con exceso de peso que personas aquejadas por hambre crónica. Es una cuestión de voluntad y determinación, no sólo en el Día Mundial de la Alimentación, sino en el de mañana, en el subsiguiente y en los años por venir.

* El autor es Director Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas.

Editorial
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