¿Para qué sirven los partidos políticos en Nicaragua?

Mario Alfaro Alvarado

“Encauzar la caótica voluntad popular. Educar al ciudadano para la responsabilidad política. Servir de eslabón entre el gobierno y la opinión pública. Seleccionar a la ‘élite’ que debe regir los destinos de la nación”. Esto es, según las ciencias políticas, para lo que sirven los partidos.

Si preguntásemos a los políticos locales para qué sirven sus partidos, invariablemente responderían: para conquistar el poder. Y si volviéramos a preguntar: ¿conquistar el poder para qué? Mutismo absoluto. Ellos saben para qué quieren el poder pero no lo declaran. El pueblo, que los sufre, también sabe para qué quieren los políticos el poder.

Bruno Kreisky, fundador del Partido Social Demócrata de Austria, afirmó de su partido: “Lo que más nos importaba, y nos importa, no era ‘tomar el poder’, sino gobernar, y gobernar de tal manera que la mayoría de la población austriaca estuviera dispuesta a identificarse con nuestros propósitos. Éste fue nuestro ánimo, fundado en un sentimiento de responsabilidad para con el país; y cualquier osadía o ansia de poder estaba lejos de nuestras intenciones”.

¿Qué político o qué partido de Nicaragua podría decir que quiere gobernar para beneficio del común? ¿Alguna vez los partidos de este país han gobernado realmente? Si repartirse el botín del Estado como premio por haber conquistado el poder es gobernar, no hay dudas que liberales, conservadores y sandinistas han gobernado bien.

El teórico alemán Carl Friederich ensaya un esquema para clasificar a los partidos agrupándolos bajo dos conceptos fundamentales: los objetivos materiales y los objetivos ideales. Al primer grupo pertenecen los partidos de opinión, de doctrina, de representación individual y de principios. Todos ellos orientados a los objetivos materiales. El segundo grupo lo conforman los partidos de masas, de clase, de integración social y de patronazgo. Todos ellos orientados hacia los objetivos ideales. Inútil resulta, en todo caso, encontrar en esa clasificación algo aplicable a los partidos tradicionales de Nicaragua.

En una semejanza de prehistoria política, encontramos a los precursores de los partidos nicaragüenses que no pasaron de ser grupos antagónicos, en lucha por un solo ideal: sustituir al adversario en el ejercicio del poder. Con este origen es muy dudoso —y esto es una forma eufemística de decirlo— que se hayan producido de evolución democrática. Por eso es que solamente tenemos partidos “cazabotín”, cuya acción política se centra en la obtención del poder para apropiarse del botín Estado, que vale decir, de la riqueza que los nicaragüenses generan con su trabajo.

En este análisis debe tenerse presente que el retorno del Partido Conservador al poder, después de la expulsión de Zelaya, agotó todas las posibilidades históricas para que el conservatismo pudiera ofrecer, como instrumento político, una alternativa válida al liberalismo. Eliminado el Partido Conservador de la arena política frente al somocismo, fue sustituido, con la derrota del último Somoza, por el Frente Sandinista, que si bien de manufactura reciente, absorbió pronto todos los defectos y vicios de los partidos tradicionales.

Sus prácticas políticas disfrazadas con disonantes pronunciamientos populistas, lo excluyen como un partido de nuevo cuño y lo convierten en un partido tradicional. En esta condición han quedado como aliados protagónicos una nueva entente dominadora, los liberales de Arnoldo y los sandinistas de Daniel.

En Nicaragua la labor de los partidos ha sido destructiva y expoliadora. Han funcionado como una camisa de fuerza que no deja crecer la economía nacional, porque limitan, prohíben, retrasan la generación de riqueza por el pueblo trabajador, y encima de eso se apoderan de lo poco que con mucho sacrificio los nicaragüenses ganan con su inteligencia y esfuerzos.

Sus métodos de dominación —porque no gobiernan sino que dominan— es para mantener permanentemente a voraces camarillas que dilapidan las riqueza nacional en descarado fachadismo político, para encubrir el robo sistemático de los caudales públicos, de los dineros populares.

Por separado, cada uno a su tiempo, hasta 1990, liberales y sandinistas saquearon el Estado. Después de 1996, esas dos pandillas se conchabaron para repartirse el Estado en beneficio propio e imponer la corrupción como política oficial del gobierno.

Para detener este injusto vasallaje económico y esta corrupción política y moral el pueblo debe saber hacer buen uso de su voto. Lo comprobó anteriormente y le volverá a dar resultado.

El autor es periodista

Editorial
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